Jesús Martín Santoyo

Ensoñaciones de un palentino

Jesús Martín Santoyo


Maurycy, un pobre en Modesto Lafuente

11/02/2024

Me cruzo todos los días a las ocho de la mañana con un mendigo que a esa madrugadora hora coloca su banqueta de plástico y su platillo petitorio de enea en la avenida de Modesto la Fuente, muy cerca de la plaza de España. Mi frutero del barrio, con un saber enciclopédico sobre las gentes del lugar, me ha informado de que es polaco, de que se llama Maurycy y  de que lleva meses pidiendo en la ciudad. 
Maurycy no ha cumplido aún los sesenta años, pero su rostro, curtido por la calle y la intemperie, aparenta más edad. Tiene el pelo canoso, encrespado y abundante. Adorna su cara con un bigotazo que le da aspecto de malote de película de piratas. En su mirada se refleja toda la tristeza de una vida atrapada en el fracaso. Es la viva imagen de un perdedor.
Hoy arrojé una moneda a su cestillo. Me lo agradeció sin palabras, endulzando su gesto.
Maurycy trabajaba antes de la pandemia como camionero de transporte internacional. Viajaba toda la semana por las carreteras europeas y regresaba los sábados a su Cracovia natal para disfrutar de la compañía de su esposa y de sus dos hijos adolescentes. La enfermedad de la covid le afectó dramáticamente en el invierno de 2020. Permaneció ingresado cuatro meses en el hospital provincial de Palencia, con períodos en los que fue necesaria su atención en la UCI. Cuando por fin recibió el alta médica, dos noticias destruyeron su proyecto vital para siempre. La empresa para la que trabajaba le había despedido. Se veía en la calle con muy poco dinero en su poder, ya que todo su salario se ingresaba directamente en su cuenta familiar de un banco polaco. Pero esa no era la peor de las noticias. Un compañero de trabajo de su misma ciudad que transportaba por media Europa los coches que salían de la factoría Renault en Valladolid, le informó con detalles de que su esposa le había abandonado.
Llevaba varios meses sin noticias de Ekaterina y de sus hijos. Su familia no respondía ni al teléfono ni a los mensajes de Whatsapp. Desde que desapareció su teléfono en uno de los últimos días de estancia en el hospital, posiblemente robado por un desalmado, estaba incomunicado, sin noticias ni contactos. 
Maurycy siempre había temido que su mujer algún día se cansara de su errática vida como camionero. El duro oficio sólo compensaba por el suculento salario que ganaba y que permitía vivir desahogadamente a su familia. Cuando desaparecieron sus regulares ingresos, Ekaterina no tardó en buscar consuelo en un vecino de su urbanización que gestionaba un restaurante enfocado a la clase trabajadora polaca. La esposa comenzó a trabajar en la hostelería cuando fallaron los ingresos de su marido y acabó liándose en un anodino romance con su jefe. 
El carácter de Maurycy no estaba diseñado para la lucha. Escribió una larga carta a su mujer solicitándole la separación matrimonial y concediéndole absoluta libertad para comenzar una segunda vida con su nueva pareja. 
Había decidido no regresar nunca más a Polonia. Las secuelas producidas por la enfermedad de la covid no le facilitaron conseguir un trabajo estable. Tampoco, el carecer de un domicilio fijo, ya que desde que salió del hospital dormía en casas de caridad o pisos de acogida para la más variada población marginal. Acabó en la calle. Pidiendo limosna. Comía en los comedores de auxilio social que organizaba el ayuntamiento para los indigentes. Dormía a la intemperie en buen tiempo y en diversas casas okupas en el invierno. Tras la información del frutero de mi barrio comprendí la razón del exceso de equipaje que el polaco acarreaba hasta la esquina donde mendigaba. Vestía con demasiada ropa y se cubría con una manta desde las rodillas a la cintura. 
En verano, a partir de las diez de la mañana, toda esa vestimenta le sobraba. Los treinta y muchos grados provocaban un bochorno que invitaba a desnudarse. Pero a las ocho de la mañana aún no apretaba el calor y Maurycy arrastraba a su rincón petitorio todas sus pertenencias.
Cuando regresé de mi paseo matinal, el polaco seguía en su esquina, impertérrito, con su rostro endurecido y su mirada perdida en un horizonte ficticio donde a buen seguro correteaban sus hijos y su mujer cocinaba en la lejana Cracovia.
Le agradecí que premiara mi limosna con una dulce mirada de complicidad.