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Ilia Galán

Ilia Galán


Ella

13/09/2021

Salieron las gentes, los pueblos, a festejar su cumpleaños, alegres pese a los tiempos molestos de virus, recordando las hermosas tradiciones de sus abuelos. Carrión de los Condes, Paredes de Nava, Baltanás, Ampudia, Frómista, Torremormojón y otros evitaron las procesiones tradicionales, porque la prudencia impera, pero acudieron a las misas donde los asientos estaban limitados; algunas celebradas al aire libre. La festividad de la natividad de la Virgen María, la Madre de Jesús de Nazaret, del Dios hecho carne, según creemos los cristianos en estos tiempos cada vez más paganos, es una fiesta singular en el santoral, que normalmente celebra la muerte o culminación de los santos, pues es entonces cuando han logrado dar de sí el máximo de sus logros. En el ocaso de nuestra vida seremos juzgados en el amor, decía San Juan de la Cruz, y eso es lo que cuenta.
Dulzainas y tamboriles sonaron, los danzantes bailaron en más de una plaza en honor de quien hizo, según el Evangelio de San Juan, comenzar con la vida pública y de milagros de su hijo, Jesús, en las bodas de Caná: «No tienen vino». A lo que respondió Él, en apariencia desabrido, «¿qué nos importa a ti y a mí?». Pero ella confió: «Haced lo que Él os diga». La maternidad que se preocupa de todos quienes la rodean, la ternura convertida en amor práctico, que fuerza a Dios a obrar lo extraordinario, aquí se manifiesta como grande intercesora. Era una fiesta que podía aguarse por la falta de previsión, pero ella tuvo compasión. Jesús hace que lo anodino, agua, se convierta en jugoso y buen vino, fuente de alegría: continúa el baile. Y Jesús también bailó, probablemente, con su Madre, alegres, como era habitual entre las buenas gentes. María, con virginal embarazo, choca hoy con un ambiente donde todo tipo de ejercicio sexual se considera apropiado, al margen de la moral, donde la perversión desplaza a la contención. Donde se nos diluye, atropellados por el deseo, la canción del amor.
Devoción mariana de norte a sur; hasta el Marqués de Santillana tenía grabado en su escudo el símbolo de la Madre Santa, feminidad sensata: guía de cariño en nuestra vida cotidiana.