Emilio Romero

Antonio Pérez Henares
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Maestro de generaciones periodísticas

El profesional, durante la entrega de los Premios Mayte de Teatro en 1983.

Emilio Romero fue mi primer director. Él era quien mandaba, y mandaba mucho en el edificio de la calle Huertas de Madrid donde estaba situado el diario Pueblo, por donde yo comencé a ir por las noches desde la cercana Guadalajara donde trabajaba desde 1970 en una de las ediciones provinciales del medio. Lo conocí muy ligeramente, llegué a saludarle unas cuantas veces y poco más. Yo era un meritorio, un becario de los de ahora y tras acabar mi trabajo en la ciudad alcarreña me iba a la central con quien era mi jefe allí, Pedro Lahorascala, que había conseguido que yo hiciera un pequeño doblete y comenzara también a tener un puesto en el cierre del diario vespertino. 

Aunque nunca, ni en uno ni en otro lado me dieron de alta, ¡y era el periódico de los Sindicatos! Me habían provisto de un carné de prensa y me pagaban un sueldo que cada mes recogía. Yo en las páginas provinciales era ya por entonces un poco alguien, incluso me atrevía ya con columnas de opinión, pero en las nacionales me costó mucho más y hubo de transcurrir un tiempo, tras pasar por platinas, o sea por donde estaban los linotipistas y la rotativa, rehacer teletipos, cubrir lo que me mandaban, de sucesos a una exposición hasta conseguir al fin que saliera mi primera pieza firmada y mi primera entrevista con alguien de relumbrón. Me dieron hasta cierta categoría en el cierre, hice guardias en aquellas semanas de la agonía de Franco, fui sacando la carrera de Políticas en la Universidad y acabé ya por establecerme en Madrid. Pero se me acabaron las prórrogas de la mili, me tuve que ir a hacerla y hube de dejar Pueblo atrás.

El todopoderoso periódico de la tarde, por su lado, estaba comenzando a hacer aguas. Era un parte del Régimen y este se estaba desmontando ya. Me ofrecieron coger por los casi siete años allí una, para aquellos días, suculenta indemnización y en contrapartida mi renuncia a todo derecho adquirido y yo pensando que cuanto me licenciaran podía haberlo licenciado a él también. Cogí la pasta y me fui a vestirme de caqui.

Pero lo cierto es que ya iba bastante enseñado. La impronta de Romero, aun para los últimos de la fila y a través de los grandes profesionales intermedios, en Pueblo estaban muchos de los mejores, habíamos aprendido muchos más el oficio y hemos llevado a orgullo el haberlo hecho allí. Un joven pero mucho más adelantado y curtido que yo, Arturo Pérez Reverte, o Julia Navarro, de mi misma edad, y estrellas ya entonces como Raúl del Pozo, Vicente Talón, José María García, Eduardo García Rico, Aguirre Bellver, Juan Luis Cebrián, Cercadillo, Navalón, Yale, Tico Medina y decenas y decenas más fueron mis compañeros. A nada que lean esta muestra de nombres comprobaran que algunos, como yo mismo, estábamos metidos de hoz y coz en el antifranquismo mientras que otros eran acérrimos del búnker azul. Y Emilio Romero lo sabía. Es más, lo hacía aposta para que fuera así. Quizás barruntaba mucho mejor que otros el porvenir y se preparaba para él.

El viejo gallo abulense, con ese sello firmaba sus artículos, gustaba de peleas y se las tenía tiesas con muchos, entre ellos con su competidor, Jaime Campmany, del Arriba, con quien protagonizó sonoras peleas.

Romero, franquista desde su temprana juventud aunque no llegara a combatir en la Guerra Civil, vio pronto venir lo que venía en cuanto la década de los 70 comenzó a asomar.

Antes de desembarcar en Pueblo había dirigido ya dos medios del movimiento, La Mañana de Lérida con 23 años, en 1940, y luego Información de Alicante. En 1946, llegó a Pueblo como primer editorialista político y en el 1952 ya fue nombrado director manteniendo su cargo y no era fácil durante 22 años, hasta que fue cesado en 1974.

 Se dice, y es verdad, que tres generaciones de periodistas nos formamos allí. Más que en la escuela Oficial de Periodismo de Madrid, que también dirigió y desde la cual impulsó la creación de la actual Facultad de Ciencias de la Información. Una cosa sí puedo decir, y con mucha claridad, a su favor. Defendía a sus periodistas. Lo hizo incluso conmigo, un don nadie, y con muchos otros y hasta contra ministros, que en época de Franco era mucho ser... La contrapartida para nosotros era una gran exigencia en el trabajo y hacernos todoterrenos de la información. Yo seguí, tras su salida, algunos años más en el diario y fue con un director burgalés que le sucedió, Luis Ángel de la Viuda, con quien ya tuve una cierta y hasta intensa relación, quien ya me dio cierto rango y un lugar al sol. Y siguiendo la estela de Romero también me defendió cuando bien la censura o alguna detención me pusieron en ciertos y no muy agradables bretes.

A Emilio Romero tras cesar en Pueblo el Gobierno lo nombró delegado nacional de Prensa y Radio del Movimiento en 1975 pero en 1977, perdida ya su anterior influencia, con su paisano Adolfo Suárez nunca se llevó bien, refundó el diario El Imparcial, histórica cabecera que se había procurado registrar a su nombre, pero acabó a nada tarifando con el banquero que había puesto los cuartos y aquel mismo año terminó por dirigir el diario Informaciones, que había sido su competencia directa en la tarde madrileña. 

Pero todo aquello ya era pasado, a poco aquellos medios fueron rápidamente sustituidos por los de nueva creación, Diario 16, El País, etc. Era la democracia y lo otro, y Romero también, olían demasiado al Régimen. Pero él siguió ejerciendo la profesión y fue en la radio donde encontró cobijo, participando en tertulias en la COPE y también y al final en RNE, donde tuvo un programa de entrevistas. Fue entonces cuando me entrevistó. Gustaba de hacerlo con quienes habiendo comenzado con él habíamos alcanzado la condición de director. Y fuimos muchos. Una vez ya muy mayor se le dio un homenaje y resultó que periodistas con renombre y alto rango había por allí más de 100.

Emilio Romero fue, sin duda, un verdadero personaje y una figura de poder. Un poder, sin duda, vinculado al Régimen. Y lo usó siempre que pudo. No se le puede negar su valía ni tener buena y afilada pluma, pero no hubo premio que se le pudiera resistir. Y no solo todos los periodísticos, el Mariano de Cavia, el Luca de Tena, el Jaime Balmes y el César González Ruano, sino que también quiso picar alto en literatura y consiguió el Planeta en 1957 y el Nacional de Literatura en 1963. Era el Gallo. Murió en 2003.

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