OPINIÓN.- Manolo González, periodista,  radiofonista de prestigio, ha publicado un precioso libro autobiográfico, La radio que yo viví. Precioso por su refinada edición, por las fotografías que definen una vida de alta tensión periodística; y por el texto, los textos, que lo acompañan.  Una coral de amigos entre los que generosamente me incluye, le dedican su ofrenda literaria. Un honor, no digo que inmerecido, ¡faltaría más! Pero un honor del que me siento orgulloso. Manolo González tiene nombre de torero. Manolo González fue un diestro sevillano de leyenda que, me parece,  nunca triunfó en Las Ventas. Su leyenda era la  de un seductor, un rojo para más inri, que encandilaba a las altivas mujeres sevillanas de la nobleza.  Y con el que Lola Flores le puso cuernos a Manolo Caracol,  para desesperación brutal y canalla de éste, que odiaba al torero. 
Manolo González, nuestro Manolo González, es 'alguien' en la historia de la radio española. Y se siente tan palentino como riojano, profesionalmente hablando, pues  en Logroño, en la SER y en Radio Rioja, desempeñó gran parte de su labor. Manolo González ama Palencia, esta ciudad «bella y vieja» como me la definió una noche bajo los soportales de la calle Mayor Lucía Bosé, convaleciente todavía de la cornada que le había dado Luis Miguel Dominguín. Es curiosa la identidad, Palencia Logroño, que resume Manolo. En Palencia inició el rodaje de Calle Mayor, Jose Antonio Bardem y bajo los soportales de Logroño la concluyó.
CENTENARIO de GABINO ALEJANDRO CARRIEDO. 
Conferencias, mesas redondas, artículos en la prensa en el centenario de Carriedo, a las que, por causas ajenas a mi voluntad, no he podido asistir. Los lados del cubo recoge su poesía completa,  pero Gabino era un ser poliédrico, con muchos ángulos y muchos lados. Vanguardia y clasicismo, clásico y romántico. Y  en su libro Política agraria, moderadamente machadiano, del Machado de Campos de Castilla. Y postista, con Eduardo Chicharro y Carlos Edmundo de Ory cuando el postismo, del que apenas, en mi humilde opinión,  ha quedado  nada reseñable, era lo más audaz y moderno.  Emigró pronto a Madrid, a los 23 años. Palencia, encerrada en su historia se le quedaba  pequeña. Pero Palencia seguía siendo bella, con sus soportales de la calle Mayor,  su tortilla de patatas y la catedral. Y la menestra de verduras frescas.  Y el San Sebastián de El Greco, entre los tesoros del claustro,  que siempre me pareció  de mirada demasiado blanda frente a los centuriones que van a martirizarlo; como si les pusiera ojitos. 
Lo mismo que le ocurrió a Gabino con Palencia nos ocurrió a otros. Palencia era bella y plácida, y antigua pero asfixiante;  con eterno aroma a los cuadros de los Berruguete en Paredes de Nava hermanados al recuerdo de Jorge Manrique y sus coplas. Al recuerdo de su tío, Gómez Manriqe, señor de Amusco, político pendenciero y poderoso, iniciador del teatro español. Y con el de don Íñigo López de Mendoza, que tiene plaza en Carrión de los Condes, donde al parecer nació. Marqués de Santillana, el de las Serranillas, del que Gabino no era especialmente fervoroso.  Carriedo  era, sobre todo,  un ser divertido, exuberante, ¡homérico!, calificativo que yo solía aplicarle a él y le gustaba mucho. La jerarquía poética de Palencia la tenía muy clara; Jorge Manrique. Después… «!nada, nada de nada! Yo, Gabino  Alejandro Carriedo. Y  tú cuando madures». Y se quedaba tan fresco. 
Gabino era, sobre todo, muy divertido.