Julio César Izquierdo

Campos de Tierra

Julio César Izquierdo


A las bolas

09/12/2023

En estos días se suele montar el Belén, el de verdad. Todo, en el ardor otoñal de un puente que anuncia las próximas reuniones familiares, las comidas y las cenas/vinos de empresa y amigos. Porque la exaltación de la paz, el amor y el buen rollo se vislumbra con la antelación de luces que nos brindan en las calles, con los puestos que ya invitan a caer en la tentación de los mejores dulces y las más sabrosas viandas. Pero yo, en este rato de asueto, estoy bajando los bártulos para montar mi particular Árbol de Navidad. Una tradición que también hemos importado de otros pagos -pero qué importa a estas alturas- y que ya se ha impregnado en los hogares de las Españas. Cuenta la leyenda que en el siglo VIII había un roble consagrado a Thor en la región de Hesse, allá por Alemania. Y que cada año, en el solsticio de invierno se le ofrecía un sacrificio. El invento se cortó de raíz cuando el misionero Bonifacio taló al pobre y, tras leer el Evangelio, ofreció un abeto como símbolo de paz que representa la vida eterna. Y lo adornó con manzanas y velas. Otras historias nos llevan hasta el año 1441 en Tallin (Estonia), donde un comerciante soltero comenzó a bailar alrededor de un árbol en compañía de varias mujeres y acabaron quemando el susodicho. El suceso, en vez de provocar queja y consternación, alimentó la costumbre de iluminarlos. Cosas de la vida. Aquí llegó de la mano de la princesa rusa Sofía Troubetzkoy en el año 1870, tras casarse en segundas nupcias con el aristócrata español José Osorio y Silva, marqués de Alcañices. En fin, sea como fuere, dicen los expertos que representa el Paraíso, donde Adán y Eva comieron de la manzana podrida dando origen al pecado original. No sé, demasiadas cosas, pero como decía al principio, yo tan solo me quiero entretener colgando bolas que tienen más años que carracuca. A veces, lo reconozco, me veo tentado a tender bolígrafos, un móvil, espumillones venidos a menos, pinochos de barro, guerras sin sentido, besos condenatorios, abrazos sinceros y cartas. Será porque el ritual supera al rito y la costumbre. Va, que lo importante es encontrarse con uno mismo, aunque sea un segundo, para luego proceder al encendido y creer que vives en el Vigo led de los Campos de Tierra.