Javier Santamarina

LA LÍNEA GRIS

Javier Santamarina


Los Mercenarios 4

17/11/2023

No hay nada como quedarse a gusto, con lo que se dice. Dejar claro lo listo que se es. Observar lo bueno que es uno y lo incoherente, malvado y despreciable que es el contrario. Y según la ideología del sujeto, Greta es una diosa o Trump es resolutivo.

Iba a recitar el decálogo de las buenas personas, pero es imposible no alterarse con su despliegue. Comprendo el agotamiento mental de C.S. Lewis con Cartas del diablo a su sobrino.

La política exterior y militar (aunque la denominemos de defensa, ahora) son materias complejas. Su dificultad no reside en la exigencia de un vasto conocimiento previo para su correcto análisis; eso pasa en casi todas las áreas importantes de la vida. Lo que hace especial a estas materias es que siempre te mueves en el mal menor; se chapotea en él y solo el tiempo despeja el acierto o fracaso de la medida.

Visto con perspectiva histórica, la intervención americana en Corea del Sur fue todo un acierto y la de Vietnam, un profundo error. La Unión Soviética encontró con Afganistán el último clavo de su ataúd. Estados Unidos lleva dos acciones militares seguidas fallidas: la segunda guerra de Irak y la retirada acelerada de Afganistán. Es prematuro afirmar que su no intervención en Siria haya sido un acto de inteligencia política. Como somos un pigmeo militar, la Unión Europea tuvo el honor de destrozar Libia y transformarlo en un estado fallido.

Los malos, los cuales existen, solo se frenan si perciben que hay consecuencias negativas tras sus actos. La historia está llena de ejemplos. Ese vacío de poder militar siempre acaba en guerras regionales y si se desmadran, en mundiales.

Estados Unidos decidió con Barack Obama emprender esa retirada, Trump la impulsó con su errática oratoria y Biden se la creyó. El planeta no está preparado para transformarse en un lugar donde la paz y la concordia sean la norma. Los conflictos están aumentando y con ellos el número de muertos. El mal menor es un ejercicio de autolimitación inteligente, no de cinismo.

Las víctimas no pueden construir el futuro, porque sus heridas los acompañan. Pero es un error mayor ignorar que existieron agresores, verdugos o delincuentes responsables de dicho sufrimiento. Despreciar la pedagogía de la pena es el principio de cualquier injusticia.

Cuando justificamos la violencia dotamos de soporte intelectual a un acto de barbarie. Al iniciar esa senda, abrimos la puerta a la crueldad humana.