Las obsesiones de Dalí

J. Villahizán (SPC)
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El genio del Ampurdán rompe todos los moldes del Surrealismo con sus obstinaciones por el mundo onírico, la sexualidad y el psicoanálisis

Las obsesiones de Dalí

Hablar de Salvador Dalí es adentrarse en un mundo desconocido lleno de prismas. Un universo artístico y personal repleto de locuras, confusiones y obsesiones. 

Ahora, 35 años después de su muerte y 120 de su nacimiento (11 de mayo de 1904, Figueres-23 de enero de 1989, Figueres) el genio del Alto Ampurdán sigue siendo un personaje casi desconocido. Con una infancia marcada por la timidez y unas actitudes muy significadas, como el hecho de ser un niño excesivamente mimado o tener un miedo atroz a las langostas, se convierte en un joven que sufre sus propias manías, como la de ofrecer una determinada imagen, mostrarse como un genio o realizar excentricidades constantemente. 

Todo ello sin olvidar su obsesión por la sexualidad, su ansia por conocer al maestro del psicoanálisis, Sigmund Freud, su ambigüedad respecto a las dictaduras -entre ellas la franquista- y su excesiva afición por el dinero.

Artísticamente, Dalí estuvo influenciado por los artistas del momento, como Luis Buñuel, Federico García Lorca, André Bretón y Joan Miró, entre otros.

Pero fue a Picasso, quizás, al que más admiró. Tanta fue su pasión por el malagueño que cuando le conoció en París en 1926, el catalán le lleva dos lienzos -Muchacha de Figueras y Venus y un marinero- para que le diese su aprobación. Para el genio ampurdanés, la visita a Picasso fue crucial en su carrera, sobre todo por la admiración que mostraba hacia su obra, un gran halago del que, según él era uno de los mayores pintores contemporáneos. 

Uno de los episodios más controvertidos de la vida del pintor de Figueres fue su exhibicionismo -no en vano se le llamaba el Gran Exhibicionista- y su sexualidad. Dalí tuvo una vida sentimental afectada por las cerradas creencias de su padre, que le repetía en numerosas ocasiones que la pasión era una actividad pecaminosa, lo que provocó en el artista un hondo trauma que marco toda su existencia. 

Otra de sus grandes obsesiones fue su musa y amante Gala, mujer con la que compartió su vida hasta la muerte y que sirvió como modelo e inspiración para sus obras, aunque sus comienzos con ella no fueron del todo ortodoxos. 

Dalí conoció a Gala en Cadaqués en agosto de 1929, donde acudió junto a su marido Paul Eluard y su hija Cecile. Diez años mayor que él, pero aún joven y bella, Gala dejó prendado a Dalí, un hecho que no molesto a su esposo Eluard, que mantenía una relación abierta con su mujer. Así que ambos comenzaron un flirteó que continuó en una surrealista relación marital. 

Además, la mente del catalán estaba ampliamente ocupada en ciertos procesos oníricos y ensoñaciones. De hecho, tal era su obstinación con Freud y su libro La interpretación de los sueños, que intentó conocerlo a toda costa... hasta que lo consiguió. Su delirio fue tan exagerado que para impresionarlo montó una exposición solo para él, a lo que Freud comentó:  «Nunca había conocido a tan perfecto prototipo de español. Qué fanático».

Precisamente, fueron las manías del pintor las que le llevaron a realizar magníficas creaciones surrealistas, que le dieron el reconocimiento y le auparon a ser el máximo representante de dicha corriente.

Sería poco decir que Dalí estaba loco, que creó su propio mundo a la vez que transmitía su interpretación del mismo a través del arte y que buscaba una explicación a su ser. Realmente, lo que perseguía era reinventarse una y otra vez, hasta el infinito, como lo haría un auténtico genio.