Jesús Fonseca

EL BLOC DEL GACETILLERO

Jesús Fonseca

Periodista


Ante el dolor del otro

24/03/2024

Estarás de acuerdo, amable lector, en que la indiferencia frente al sufrimiento ajeno, se ha convertido en algo normal en nuestras sociedades del bienestar y del hartazgo. Se mira hacia otro lado, nos distraemos con el consumo compulsivo y pasamos sin ver, sin detenernos. Una realidad que empobrece nuestras vidas. El amor, la entrega, la atención al otro, han pasado a ser un antigualla. Leía, estos días, en uno de esos Papeles que valientemente hace públicos, siempre que puede, Cristianismo y Justicia, que nos hemos acostumbrado a todo. Ya no nos indignan las villas miseria de esas periferias de las que habla el Papa Francisco. El apartheid, que sigue ahí, aunque lo neguemos, ha dejado de ser noticia, al igual que los millones de muertos de hambre, o la guerra silenciada del Congo, porque pone rostro a la codicia y la crueldad occidental. Sí, nos hemos acostumbrado a todo: hasta a la pobreza infantil en España, cada vez más presente. No hay tiempo para detenernos, para agacharnos a acompañar y mitigar el sufrimiento ajeno; y, mucho menos, para alzar la voz contra los padecimientos, tantas veces evitables, de los demás. Pero sería un error pensar que esa indiferencia es solamente fruto de una irresponsabilidad individual, «como si, de repente, nos hubiéramos puesto a mirar hacia otro lado por decisión propia». Se trata de algo más sutil: la indiferencia de la que estamos hablando, forma parte de la estrategia de un sistema que hace aguas. Sólo hay que echar un vistazo y ver cómo está el planeta para darse cuenta. «Ante el sufrimiento de tantos inocentes, no cabe la asepsia del lenguaje políticamente correcto, hay que gritar contra la perversión de un sistema asesino», asegura José Laguna, quien se ha atrevido a defender el cuidado de los demás como horizonte político, ante una población envejecida. Realidad que, más pronto que tarde, deberemos afrontar, sino queremos ser cada día más despreciables. Las desigualdades y violencias que estamos viviendo, claman al cielo. Apechugar con estas verdades, cargar con ellas y encargarnos de ellas, es lo que se nos exige. Todas y todos debiéramos sentirnos implicados en el cuidado de nuestro prójimo, porque no hay nada más importante en esta vida. La externalización de los problemas sociales, no es la respuesta. Lo recordaba el Papa Francisco con estas palabras: «delegar en otros es fácil; ofrecer dinero, es un gesto generoso, pero la vocación de todo cristiano es implicarse en primera persona». La situación es la que es: una anestesia colectiva que amenaza a la humanidad. Urge, para la recuperación de una sociedad más compasiva y comprometida con el bien común, con la paz, que dejemos esa impasibilidad en la que todo nos invita a instalarnos. Estamos banalizando el dolor ajeno, como si nada pudiéramos hacer por remediarlo y volviendo la cabeza, ante la incomodidad que nos provocan las imágenes de bebés y adultos asesinados por el terrorismo de estado, o ahogados. Importa lo que importa: lo trascendente, la misericordia, lo inabarcable.