Antonio Álamo

Antonio Álamo


Horacio Dos

29/06/2023

Si hay algo que caracteriza mejor que su obra al escritor Eduardo Mendoza es la sonrisa pícara que ofrece en las fotos y una lengua 'canalla', por guasona, que aparece tanto en cualquiera de sus novelas como en las entrevistas que le hacen. En la más reciente, publicada el sábado en el ABC tras una visita a Valladolid, lo justifica una vez más al tiempo que desvela secretos insospechados para la mayoría de la gente. Por ejemplo, muy pocos saben que el éxito financiero de los Rolling Stones -del musical mejor no hablar- se debe a Mick Jagger, quien fue el alumno más ilustre de la London School of Economics. Mendoza entró con una beca cuando el cantante se licenció, así lo cuenta, pero todo indica que a él no le convenció el mundo de los negocios porque de allí se marchó a la ONU para trabajar como traductor.
Dice que lo deja porque es mayor y que hay que dar paso a otros porque a su edad los achaques son muchos, pero que no se queja, que ya lo hará en la próxima entrevista. En resumen, que dice basta. Si es así con él desaparecerá una visión peculiar de la realidad cotidiana en la que el humor sirve para envolver un sutil retrato de la sociedad española que abarca el siglo pasado y parte del actual. En toda su obra, sin excepción alguna, no hay asunto sobre el que no haya posado la vista, lo cual es de agradecer porque el modo de enfocarlos provoca que resulten familiares se cojan por donde se cojan. Y muy divertidos.
Si definitivamente decide quedarse en casa con una mantita mientras ve la televisión y no tiene ganas de trabajar más perderemos a uno de los grandes escritores costumbristas del momento al que solo se reconoció la valía cuando le concedieron el premio Cervantes… al día siguiente descubrieron que era algo más que un humorista. Un poco tarde. En definitiva, ya no podremos reírnos con nuevas aventuras del detective zumbado, con la financiación de cierto partido catalán, con los intereses eclesiales o con los tejemanejes de esos seres que nos recuerdan mucho a nosotros mismos. Por suerte -Dios aprieta pero no ahoga- tenemos a nuestra clase política en campaña y el vacío que deja lo podemos rellenar... en vez de leer libros pondremos la tele para ver a los sucesores de Horacio Dos.