Saturnalia: tiempo de bromas y felicidad

Jero Díaz Galán (EFE)
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El origen de los Santos Inocentes se remonta a la época romana, cuando los ciudadanos se desprendían de la severidad para dejar espacio a los chistes y los grandes banquetes

Saturnalia: tiempo de bromas y felicidad

El espíritu de la Saturnalia, la gran fiesta de invierno de los romanos, era propiciar la felicidad, la risa y la jocosidad, por lo que las bromas adquirían un especial significado, una costumbre que ha conseguido llegar hasta hoy en día centrada en la celebración del Día de los Santos Inocentes.
En honor a Saturno, como un dios bueno que propició la paz y la bondad entre los hombres, los romanos abandonaban su tradicional virtus o severidad en Saturnalia, para adoptar la obligación más importante de la fiesta, que era «transmitir y desearse felicidad unos a otros».
Para la historiadora Pilar Caldera, conservadora del Museo Nacional de Arte Romano y experta en tradiciones, mentalidad y forma de vivir en la Antigua Roma, muchas de las manifestaciones de estos antiguos festejos perviven en el espíritu y los rituales privados de la Navidad actual, como, por ejemplo, los grandes banquetes, el intercambio de regalos o las bromas en el día de los inocentes.
En el aspecto de la jocosidad más asociada a las celebraciones del solsticio de invierno, Caldera sostiene que la Saturnalia romana debe considerarse como una simbiosis entre la Navidad y los carnavales actuales, pues las fiestas en honor de Saturno, que tenían lugar en el Imperio Romano del 17 al 23 de diciembre, conllevaban también una gran relajación de la moral y «subvertir el orden».
Por ello, los ciudadanos de la época se desprendían durante esos días de la toga y se colocaban un gorro en forma de pico -el pileo- que era propio de los esclavos o libertos, lo que supone ya en sí una forma de broma.
De hecho, en los banquetes privados que tenían lugar durante esos días «los esclavos eran quienes se sentaban a la mesa y los amos les servían», el mismo principio que mantiene «el carnaval de los locos medieval».
Además, entre los sirvientes se elegía al rex saturnalicus, que era quien encontraba un haba entre los panecillos que se servían -una tradición que pervive en la actualidad en nuestro roscón de Reyes- y cuyas órdenes jocosas debían obedecerse, además de amparar a los demás siervos que podían decirle a sus amos lo que pensaban de ellos.
Y es que Saturnalia, en su vertiente más parecida al carnaval, tenía también un gran componente de crítica social. Eran habituales los discursos irónicos que llevaban a la carcajada, algo muy parecido a los monólogos de hoy en día; y se utilizaban caretas para asustar o provocar la risa.
Aunque se sabe que Jesucristo nació en torno al mes de abril, la primera iglesia cristiana sitúa su nacimiento en diciembre para, según Caldera, hacerle «heredero de toda esa amplísima tradición de siglos» que relaciona a la divinidad con el solsticio de invierno, con ese «tiempo mágico» en el que los hombres saben que la simiente, ya bajo tierra, renacerá en primavera, «lo que lleva implícito el concepto de inmortalidad, de renovación del tiempo y de la vida».

Cambios con el cristianismo 

Para la investigadora emeritense, también fue el cristianismo, presente ya en el siglo III en el Imperio Romano, el que utilizó los excesos que por entonces se vivían en Saturnalia, sobre todo en lo relativo a la relajación en el sexo que conllevaba la fiesta, como pretexto para quitarle a esta celebración, profundamente arraigada en el pueblo romano, todo ese componente de libertad en la moral y en las costumbres y de crítica social que tenía.