scorecardresearch

Sánchez y Aragonès se necesitan mutuamente

Pilar Cernuda
-

El presidente del Gobierno fue claro con el líder catalán en Barcelona: «la autodeterminación, ni mencionarla»

Sánchez y Aragonès se necesitan mutuamente - Foto: David Zorrakino

Nadie cree que Pedro Sánchez y Pere Aragonès hayan centrado su primera reunión de la mesa en cómo diseñar las negociaciones para apaciguar las tensiones entre el Gobierno español y el catalán, entre los independentistas y los ciudadanos que se sienten españoles, entre estos últimos, la mayoría de los catalanes, a pesar de que los indepes presumen de ser más. Sí en votos, no en sentimientos. 

Dos horas de reunión es mucho tiempo como para dar vueltas solamente a la manera de desarrollar las conversaciones y los grupos de trabajo que por parte de Moncloa estarán coordinados por el ministro Bolaños. Sánchez y Aragonès dedicaron una mínima parte de la reunión a la fórmula negociadora pero, sobre todo y por encima de todo, cada uno de ellos puso encima de la mesa sus exigencias: Aragonès mantiene su empecinamiento en la autodeterminación y la amnistía. Sánchez le dijo que la autodeterminación ni se menciona, ni se aborda. Aragonès estaba obligado a pronunciar la palabra autodeterminación, aunque sabía que Sánchez no iba a tomarla en consideración. 

Años atrás, Artur Mas, Puigdemont y Torra presentaron a Zapatero, Rajoy y al propio Sánchez esa misma exigencia, siempre incluida entre los 30 y 45 puntos que fueron entregando al presidente de turno. 

La negativa de Zapatero y Rajoy para abordar la autodeterminación y referéndum de autodeterminación fue tajante. La gente de Pedro Sánchez asegura que el actual presidente fue igual de tajante con Quim Torra, pero no trascendió ese talante supuestamente tan defensor de la constitucionalidad sino que, por el contrario, lo que se percibió fue que era tanta la ansiedad de Sánchez por garantizarse el apoyo parlamentario de los independentistas que les dio alguna que otra alegría. La más importante, el indulto a los dirigentes del procés condenados por el Supremo, probablemente la decisión de Sánchez más controvertida en todos sus años de Gobierno, la que provocó más polémica y malestar, incluso, entre miembros de su propio Ejecutivo. 

El miércoles pasado, sin embargo, el presidente del Gobierno fue claro con su homólogo en la Generalitat: «la autodeterminación, ni mencionarla». Había muchas otras materias con las que contentar al Ejecutivo catalán, no a los independentistas catalanes. Que parece que es ahora el objetivo de Aragonès: dar prioridad a la gestión del gabinete autonómico, aparecer como un dirigente volcado en solucionar los problemas de sus ciudadanos, que no son pocos. Sin dejar de lado los afanes secesionistas, pero lo que toca ahora, como diría Pujol, es investirse del manto de gobernante.

El día anterior se había producido un hecho inesperado que no habían previsto Aragonès ni Sánchez: Junts tiró tanto de la cuerda que la rompió. Desde hacía meses, las tensiones entre Junts per Cat y ERC crecían de forma vertiginosa, tanto que se preveía una clara ruptura. 

Autoridad

El ala más radical de JxCat, la de Puigdemont, anunció a pocas horas de que se reuniera la llamada mesa de negociación, que los expresos Jordi Sánchez y Jordi Turull formarían parte de su delegación. Aragonès, por primera vez, tuvo un gesto de autoridad: no. En la reunión solo participarían miembros del Gobierno español o como dicen ellos -del Estado- y del Gobierno catalán. Resultado: Junts renunciaba a formar parte de las negociaciones.

¿Una preocupación para Sánchez y Aragonès? Ninguna. Al contrario: la visualización de la ruptura entre los dos partidos independentistas confirmaba la estrategia de Moncloa de intentar dividir a los separatistas para debilitarlos. 

En cuanto a Pere Aragonès, la ruptura daba más fuerza a su figura, permanentemente ninguneada por Puigdemont. Daba inicio, además, algo que, según su círculo más cercano, era su principal objetivo cuando presentó su candidatura a la Generalitat: presentarse como un presidente más moderado que sus antecesores, que no habían avanzado en sus objetivos independentistas a pesar de la dureza de sus políticas e, incluso, de las manifestaciones callejeras de una violencia tal que provocaron rechazo y miedo en un sector importante de catalanes que aspiraban a la secesión de España pero a través de métodos políticos; en ningún caso, con la violencia identificada con partidos y formaciones antisistema, incluso, grupos filoterroristas. Métodos que no tienen nada que ver con el seny catalán.

La ruptura separatista es fundamental para analizar el futuro de las negociaciones. El inicio formal de los trabajos de la mesa coincide con el momento más bajo de la figura de Puigdemont, que ha llevado la voz cantante del independentismo en los últimos años y ha dirigido, desde Waterloo, los gobiernos de la Generalitat.

El expresident fugado es el primero que se ha dado cuenta de que las cosas no van como había previsto y el retorno a España se presenta tan lejano que, incluso, se ha llevado a su familia a Bruselas. Sus hijas ya han empezado allí este curso. 

El Tribunal Europeo le ha retirado la inmunidad como eurodiputado, lo que significa que no tendrá libertad de movimientos porque podría ser detenido, y el Parlamento Europeo investiga sus conexiones con la inteligencia rusa, de la que siempre se sospechó que cooperaba con los independentistas y ahora ha publicado algún dato en ese sentido el New York Times. Pero lo más alarmante para él es que la unidad brilla por su ausencia en Junts.

A esta formación se sumó el PDeCat, el partido que recoge a los ex miembros de Convergencia, el partido de Pujol y Mas. Nacionalista convertido en independentista, aunque no en su totalidad, siempre ha sido un partido democristiano y conservador, de la burguesía. Hace tiempo que la nueva generación muestra discrepancias profundas con Puigdemont, hasta el punto de que fueron separados en las elecciones últimas catalanas. Cuentan con cuatro diputados en el Congreso, que han trasladado a los socialistas que no se sienten vinculados a las decisiones que se tomen en Waterlooo. Es decir, que pueden contar con su apoyo. 

Por otra parte, ha perdido peso el círculo de Puigdemont, y cada vez tienen más influencia Laura Borras, presidenta del Parlament, Turull y Jordi Sánchez -aunque se llevan muy mal- y el vicepresidente Puigneró. Formalmente, obedecen a Puigdemont, pero los viajes a Waterloo son menos frecuentes, también los telefonazos y, desde luego, Aragonès no se conecta telemáticamente a diario con el expresident como hacía Quim Torra.

La España azul. Esta situación da cierta capacidad de maniobra a Aragonès que, asegura una persona cercana, «sigue soñando con la independencia, pero es realista», dando a entender que no va a imponerla como prioridad en la mesa de negociación.

Tanto para Sánchez como para Aragonès esa mesa es fundamental para su futuro. A Sánchez no le preocupa excesivamente la aprobación de los Presupuestos, puede prorrogarlos. Mira más lejos, a las elecciones generales. 

Le preocupan las autonómicas y municipales, que se celebran antes, y que hoy por hoy son azules, porque los barones y alcaldes del PP tienen predicamento y Sánchez teme que ese voto arrastre al de las generales, donde cree que Casado no tiene tanto respaldo como algunas de sus figuras regionales. 

La única posibilidad de Sánchez de remontar lo que dicen las encuestas -excepto el CIS- que auguran su fracaso en las generales, es la recuperación económica, hoy muy difícil. Borrar del mapa el problema del independentismo catalán podría darle el margen de confianza para atraer de nuevo al voto de izquierda, aunque sabe que borrar ese problema le va a costar chorros de dinero y una indignación generalizada, sobre todo por parte de los presidentes autonómicos, incluidos los propios, por el trato desigual. 

Aragonès no será nadie en Cataluña -como Torra- si no demuestra autoridad, si no se aleja de Puigdemont y se vuelca en gobernar. La mayoría de los catalanes, hoy consideran prioritario su bienestar vital, muy deteriorado por la aventura secesionista.

El resultado de lo que se negocie en esa mesa, el clima de las negociaciones, y la capacidad de los reunidos para dar pasos sin que los independentistas, los catalanes no independentistas y el resto de los españoles no se sientan maltratados, tendrá mucho que ver con quién gobernará en España tras las próximas elecciones generales.