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Dos años para el fin del autócrata

Carlos Dávila
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Sánchez seguirá en el poder atribuyéndose las buenas noticias, como los fondos europeos y la vacunación masiva y echando la culpa de las malas a los próximos

El líder socialista ha destituido esta semana a su Jefe de Gabinete, Iván Redondo, sin que le templara un ápice el pulso.

Dirán ustedes: «¿Dos años? ¡Qué barbaridad!» Pues sí y, para ponérselo peor les traigo a colación también dos previsiones que, con toda seguridad, están ya cinceladas por ese ejército de enchufados que ha dejado Iván Redondo cobrando de todos nosotros, que también tiene guasa. La primera, se refiere al estado de euforia incontenida que, en opinión de estos profetas, va a reinar en España cuando se rieguen sobre nuestra maltrecha economía los fondos europeos (140.000 millones de euros) y cuando las empresas, engrasadas con ese capital, contraten y contraten a gogó porque estarán llenas de encargos.

La segunda es, sencillamente, una nota de calendario: en el segundo semestre de 2022 España recibirá el premio de convertirse en sede de la Presidencia Europea; llegará pasta sin freno, sobre todo, procedente de los muchos acontecimientos que se van a celebrar aquí.

Sánchez convertido en el preboste de Europa: ¡ahí, es nada! Su formidable ego le estallará en su cuerpo serrano. Dicen los empresarios (privados escasos, públicos demasiados) que cuando se sube al Falcon y viaja por el mundo, él mismo se compara con Obama, del que copia hasta los andares. Se ocupa de sí mismo y de los funcionarios que le pelotean y aclaman y desdeña a los que, casi a la fuerza, le acompañan como séquito. Ocurrió que, en su reciente llegada a Costa Rica, se olvidó hasta la grosería de los empresarios españoles, se montó raudo en un automóvil que le prepararon, y dejó a estos literalmente tirados en las pistas, esquivando aviones y vehículos de servicio. ¡Ese es mi Sánchez! Tras él, no hay más que diluvios.

Ahora va a manejar como le venga en gana el maná que le lloverá precisamente de Francfort, sede del Banco Central Europeo. No hay que descartar que cuando aterricen en Barajas (es un decir) los hombres del maletín, los funcionarios del Banco que son unos pelmas y unos aguafiestas, le recuerden que para entonces España, el país que Sánchez rige como un autócrata, habrá aumentado en 2022 su déficit hasta el nueve por ciento de su Producto Interior Bruto, lo que supone más de 100.000 millones de euros. Una bagatela para este saqueador de las arcas nacionales. Lo importante será la insoportable publicidad que los turiferarios del líder realizarán para intentar convencer a los indefensos ciudadanos de que todo se lo deben al mecenas universal que nos gobierna.

Con el nuevo Gobierno se ha quedado Sánchez con la administración total de los fondos tras enviar a su Rasputín de vía estrecha y de mucha maldad a las tinieblas exteriores. Redondo se había hecho con el control, incluso antes de que llegaran, y había otorgado, gratis et amore y sin documento alguno, el diseño del reparto a una agencia de comunicación, o cosa así, en la que, ¡oh casualidad!, Redondo había trabajado. 

El caso olía y, a lo mejor Sánchez, ha tenido la única buena idea de su vida retirándole la intendencia del chollo, así que Redondo, ya felizmente destituido, se ha quedado el hombre para vestir otros santos. Ahora, el tipo deambula por Madrid contando su versión de lo que ha perpetrado su antaño enamorado patrón, Pedro Sánchez. Musita que lo suyo no ha sido un cese inesperado, que él llevaba dos pidiendo el relevo y que, por dos veces, planteó seriamente a su jefe el abandono del Gabinete. Es más, informa el propio Redondo que el martes anterior a su laminación cenó con dos amigos comunes de Sánchez y de él mismo, y les pidió que no insistieran con el mensaje que traían de Moncloa y que no era otro que, «por favor, por favor, no dejará al presidente huérfano de su hombre de confianza». 

Ese es el cuento del exgurucillo. La verdad es otra: Sánchez, el Gobierno, el PSOE y todos los que le han conocido en La Moncloa estaban hasta el mismo gorro de su persona. 

Pero este individuo ya suena a pleistoceno, a Sánchez solo -confiesa- le interesa el futuro o, por mejor decir, «su» futuro. Y en este porvenir hay más negras nubes de tormenta que «bellos amaneceres», como escribió el genial Agustín de Foxá, ignorado y vilipendiado por este régimen porque al tipo se le ocurrió ser de derechas. 

En octubre de 2022 habrá elecciones en Andalucía, aunque Juanma Moreno, las convocará por anticipado para, entre otras cosas, quitarse de encima lo más posible a las moscas testiculares de Vox que siempre parecen trabajar para el enemigo. Aquí, en Castilla y León, las encuestas más recientes alejan a Sánchez y su aspirante de turno de la mínima posibilidad de victoria en las Cortes. Y así, más o menos, en toda España en cuyas comunidades se tocará a rebato en mayo de 2023 y no parece por ahora que el efecto Ayuso se haya congelado en el país. Mala noticia para Sánchez.

 

Egocentrismo

Sánchez que, eso resulta seguro, no abandonará su Palacio de primavera, verano, otoño e invierno. Es más que curioso, es patético que en la reciente reunión con Díaz Ayuso ésta recibiera el siguiente mensaje: «Estáis equivocados, mi política se está imponiendo y la gente volverá a votarme». Mayor dosis de estupidez egocéntrica no existe en el mundo mundial. 

Pedro Sánchez seguirá en el poder atribuyéndose todas las buenas noticias como los fondos europeos y vacunación masiva y echando la culpa de las malas como aumento de los contagios, fracasos electorales a los próximos. 

La gente y, sobre todo sus cercanos colaboradores, ya han percibido con la remodelación del Gobierno cómo se las gasta, incluso con los que, estúpidamente, le han obedecido como ovejas. La oposición deberá tomar nota exacta porque portándose como se ha portado con los suyos, ¡qué hará con sus rivales cuando ya, al borde de las elecciones, caiga en la cuenta de que, efectivamente, los votantes le puedan mandar a freír espárragos!

Imaginen lo peor: estamos ante un sujeto que, en política, no conoce ni varón, ni mujer, ni madre. Estos días me dice un veterano de las divisiones inferiores del Estudiantes de baloncesto que, en su momento, jugó con él... en los pocos minutos que el entrenador le otorgaba. «Nunca hubiera triunfado en el baloncesto; era un deporte demasiado decente para él».