La Estrella de Campos celebra ocho siglos de fervor popular

Noelia Tadeo
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Feligreses y devotos arroparon ayer a su patrona durante la travesía por el santuario ampudiano

La Estrella de Campos celebra ocho siglos de fervor popular

La música de los Dulzaineros de Ampudia comenzó a llenar las calles del municipio en torno a las 10,30 de la mañana, con lo que se daba paso al momento más especial para todos los ampudianos. Por fin, después de una larga espera, llegó la hora de acercarse hasta la pradera ataviados con las mejores galas para venerar a la patrona, la Virgen de Alconada.
A pie, en moto o en coche acudieron los devotos para acompañar a la Estrella de Campos. Como cada año, a primeras horas de la mañana se acercaron hasta la campa los más madrugadores con la intención de concluir la novena que comenzó el pasado 30 de agosto y, que como manda la tradición, deben terminar a pie.
La Virgen de Alconada estuvo arropada desde muy temprano, pero cuando el reloj del santuario marcó las 12,30 horas ya no cabía ni una persona más en el templo. Era el momento de comenzar la eucaristía presidida por el obispo, Manuel Herrero, junto a otros sacerdotes de la zona, mientras aquellos que no encontraron sitio se agolpaban en la puerta para escuchar la homilía en la que se recordaba la celebración de los 800 años de devoción popular. 
Más tarde, llegó el turno de salir en procesión. Los miembros de la corporación municipal se acercaron a la imagen de la Virgen para  llevarla a hombros por la pradera, mientras ampudianos y devotos danzaron frente a ella. La comitiva espontánea formada tras la imagen mariana vitoreaba con fervor a la patrona a su paso por la campa, con aclamaciones como «¡viva la Estrella de Campos!», una herencia generacional que aún pervive. Aunque en algún momento estuvieron a punto de surgir ciertas desavenencias, el recorrido transcurrió con tranquilidad. 
Una vez en el interior del templo fue el momento de cantar la Salve y besar las medallas que cuelgan a ambos lados de la Virgen de Alconada. Con ello se ponía fin a los actos religiosos de la mañana, al tiempo que se daba paso a la comida, puesto que fueron muchos los que decidieron pasar el resto del día en la pradera. No obstante, por la tarde continuaron las actividades lúdicas en Ampudia, primero con la suelta de vaquillas y después con el desfile de disfraces.