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Pero, ¿de qué se ríe este hombre?

Carlos Dávila
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Sánchez se piensa invencible, por eso pulula de acto en acto con una sonrisa de superioridad, rictus de desdén como diciendo: «Estos chicos no se enteran»

El presidente cada vez que comparece en público se adorna con una sonrisa para aparentar lo que se cree de sí mismo: un líder mundial a la altura de Biden, Merkel o Draghi. - Foto: Emilio Naranjo

Ha llegado septiembre y estamos peor que en julio cuando, en aluvión y con ganas de asfixiar nuestras carteras y tarjetas, nos dispusimos a gozar -es un decir- de nuestras playas calenturientas. Así que, sin ánimo de agotar exhaustivamente nuestra relación de males, recalentaré el ambiente político con tres aseveraciones fatales: en julio, en sus finales, pagábamos la luz a una media de 83,33 euros. Un megavatio que ya entonces nos parecía una estafa. Hoy ya nadie descarta que en veinticuatro o cuarenta y ocho horas, el recibo pasará de los 140. Antes parecía una estafa, ahora resulta directamente un latrocinio. En julio, los ecos de Afganistán eran los de un país en guerra permanente, del que únicamente teníamos una constancia: que allí se producía el noventa por ciento de la heroína que desgraciadamente va a las venas de todos los drogadictos occidentales. En julio, todavía el Gobierno central, el del todavía presidente, Pedro Sánchez, discernía sobre qué hacer con la marabunta marroquí que había invadido Ceuta al término de la primavera. Nadie preveía que un Gobierno legítimo (el de Sánchez, ¡qué le vamos a hacer! lo es) empezaría un devolución masiva, ardiente, que se saltará leyes tan elementales como, sin ir más lejos, la del Menor. En julio, para todos nosotros, conductores, el precio de la gasolina permanecía en 1,344 euros el litro, una semana después, ya en agosto, rebotó un 0,97 por ciento, el máximo desde hacer dos años.

Hasta que advino este septiembre reciente, el jefe político del país se dedicó mayoritariamente a tostarse al sol de Lanzarote, rodeado de una cuadrilla de amigos, que los españoles no tenemos derecho a conocer. ¿Cuánto tiempo han estado sobando el lomo al preboste? ¿Quién les pagó el viaje? ¿Cuánto dinero han costado al Erario las vacaciones del sátrapa de la Mareta? Desde el Ejecutivo se ha sentado esta doctrina: el presidente del Gobierno tiene todo el derecho del mundo a veranear privadamente aunque sea en un territorio público. Transparencia ha preguntado y los recauchutados muchachos de La Moncloa lo más que han respondido, eso sí, privadamente, que los tiempos de Sánchez los maneja solo él. Y fíjense: por contra, en estos pasados días agosteños, el ministro de Sanidad del Reino Unido ha tenido que dar todas las explicaciones posibles al Parlamento, porque, con la pandemia del maldito virus azotando, el tipo se tomó unos días de asueto.

 En la coda de este agosto brutal, Sánchez apareció en carne mortal para encabezar una operación: la recuperación de los afganos parahispánicos que le había montado un Ejército que Sánchez desprecia desde que el estulto personaje, todavía en la oposición, propuso nada menos que la desaparición del Ministerio de Defensa. «¿Para que vale ese Ministerio?», se preguntaba entonces esta pesadilla nacional. Nada de eso le ha importado ahora para fotografiarse con los refugiados, con nuestros soldados que se han dejado la vida en aquel frustrado país, para presumir de la acogida el mismo día en que los talibanes o sus primos hermanos del Dáesh, asesinaban con bombas de repetición a más de una centena de personas, hombres, mujeres, niños y ancianos incluidos. Sepan ustedes, lectores, que un militar que se ha llevado mucho tiempo en Afganistán y que ha estado a punto en varias ocasiones de saltar por los aires, se quejaba off the record de la conducta aprovechada del presidente. «¡Hace falta desahogo para apropiarse de una operación de la que solo se ha ocupado al final!», denunciaba.

Pero ya se ve que todos estos artilugios de marketing parvulario no le están dando nada en las encuestas. Tras la propaganda está la dura realidad. El tremendo desafío de los separatistas catalanes que le exigen presencia y compromiso en la próxima mesa de negociación en la que se le va a chantajear con más parné y una puerta abierta a la secesión. 

La economía tampoco le ofrecerá bonitos resultados al aún presidente. España bordea ya, a punto estamos claramente, del cuatro por ciento de la inflación, un dato que hace que nuestras empresas se resientan en su competitividad y, claro está, que no puedan crear empleo en una situación en que los leninistas del Gobierno pretenden la subida del Salario Mínimo. La deuda está ya por las nubes y engordará hasta proporciones incompatibles con su propio pago. Y todo esto, sin hablar de esos once mil millones de euros que tenemos que abonar mensualmente a nuestros pensionistas. ¿Hay quien dé más?

Líder de altura

Pues sí, este Sánchez que cada vez que comparece en público, como este miércoles en la Casa de América, se adorna con una sonrisa para aparentar lo que se cree de sí mismo: un líder mundial a la altura de su entontecido Biden, de la última Merkel que tienen (ella y su partido, la CDU) los días contados en la Cancillería alemana, o de Mario Draghi que en poco tiempo ha conseguido que Italia, un Estado de plastilina, difícilmente fiable en el concurso mundial, retenga hoy el aplauso general de los mejores analistas de Occidente, incluidos sus compatriotas, ¡qué ya es decir! En Moncloa -se sabe- no dan jerarquía a los sondeos que se están publicando, y alguno de los que se difundirá próximamente, que sitúan a Sánchez y a su residual partido, el PSOE, en poco más del veinticuatro por ciento en intención de voto. Tampoco parece preocupar a la legión de enchufados monclovitas la semana de espectacular presencia que prepara el Partido Popular con una convención valenciana que, al cabo de los años, llenará de nuevo la emblemática Plaza de Toros de Valencia. 

Sánchez se piensa invencible, por eso pulula de acto en acto (siempre, desde luego, sin público en sus alrededores) con sonrisa de superioridad en su boca, rictus de desdén como diciendo: «Estos chicos no se enteran». Pero, ¡vaya si se enteran! Se enteran tanto que, por primera vez y quizá prematuramente, piensan que Sánchez tiene en almoneda su prórroga en el poder hasta el cumplimiento de la legislatura. ¿De qué se ríe este hombre? Lo recojo de la calle veraniega: del juicio que tiene sobre él una España harta de sus permanentes fechorías.