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Javier Santamarina

LA LÍNEA GRIS

Javier Santamarina


La gran muralla

17/12/2021

Las dimensiones de China y las estadísticas que le acompañan la transforman por sí sola en un gigante. Cualquier variable que utilicemos hace que resalte por su impacto mundial. A principios del siglo XX, Occidente poseía ese estatus porque éramos un territorio populoso, dinámico y la economía vibraba por todos lados. No debemos menospreciar la población, cuando es obvio que el talento individual pasa a otro nivel cuando le acompaña un número creciente de compatriotas. La historia la escriben países con población generosa, porque aunque Suiza o Suecia sean países prósperos, sus dimensiones les impide tareas más ambiciosas.

Alemania, Francia, Gran Bretaña e incluso España tenían parte de esa fuerza, pero con los años ese ímpetu ha pasado a otros territorios. Estados Unidos cogió con ganas el testigo, gracias a una extraordinaria Constitución y a un individualismo encomiable; mientras que los criollos desaprovecharon la oportunidad de su independencia para hacer sus nuevos países ricos. La concentración del poder y vivir de las rentas hacen pobres a las naciones.

La clase política norteamericana y los grandes empresarios del país pensaron que la apertura económica hacia China con el ingreso en la Organización Mundial del Comercio sería la fase previa para la libertad política. El análisis se ha comprobado erróneo, ya que el Partido Comunista Chino tuvo la oportunidad de ver su futuro en la antigua Unión Soviética y decidió que no sería su caso. Estaban dispuestos a librar una batalla en todos los frentes, pues morir sin luchar es indigno; sobre todo cuando tienes casi 90 millones de afiliados.

El aura de su gigantesco mercado animó a las multinacionales, pero salvo honrosas excepciones y con altísimos peajes, ninguna empresa extranjera ha triunfado en China. El gobierno, el Partido, dirige la economía, la sociedad y desde luego aplasta a la disidencia. Su férreo nacionalismo y actual culto al líder han impuesto la represión en Hong Kong, la censura informativa y el ataque a sus empresas tecnológicas.

Siento decirlo, pero 23 millones de habitantes libres no impresionan a una dictadura apoyada en la fuerza de 1.400 millones de súbditos. Occidente debería dedicar más tiempo en analizar qué le hace singular porque es la esencia de su prosperidad. La libertad no es un dato más, sino nuestro mejor atributo. El mercantilismo barato no tiene recorrido y contamina más. No es descartable que China nos obligue a poner a prueba nuestro compromiso por la democracia.