Guardianes del diálogo

P. Velasco
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Premiados por sus programas de convivencia, alumnos del colegio Francisco Pino de Valladolid o el IES María Moliner de Segovia rompen tópicos con una formación en valores

Alumnos de Bachillerato del IES María Moliner de Segovia. - Foto: Ical

Tópicos, frases hechas, insultos, palabras que van calando y que al final amargan la vida a un chaval. Bromas para algunos que no son tal y que se convierten en acoso. Pero ni todos los adolescentes son violentos ni todos van a lo suyo ni en todas las aulas existen problemas de convivencia. Hay mucha generosidad, mucha preocupación por el bienestar de otros alumnos y ejemplos de convivencia dignos de ser reconocidos y que muchas veces sorprenden a los propios adultos. Son una generación generosa y conciliadora que quiere quitarse de tópicos y que muchas veces «tienen más paciencia y tranquilidad para resolver conflictos» que los propios adultos. Muy conscientes de los problemas generados con las nuevas tecnologías, reconocen que «la exclusión social» está detrás de muchos de ellos, aunque en su caso no los esconden y salen de ese «anonimato» en el que se esconden muchos de los que utilizan las redes sociales para hacer la vida imposible a algún compañero.
Reconocidos públicamente por sus programas de convivencia que les han servido para conseguir el premio de Castilla y León, los alumnos del colegio de Educación Infantil y Primaria Francisco Pino de Valladolid y los del Instituto de Educación Secundaria María Moliner de Segovia -dos de los cuatro galardonados durante el curso 2019-2020- afirman que no tienen la solución mágica para terminar con el bullying, el acoso o los problemas de convivencia en los centros, aunque sí tienen claro donde está el origen de muchos de ellos: en la falta de educación. Pero no solo se remiten a la que se imparte en las aulas, también es extensible a los hogares y a la sociedad en general.
Han crecido con palabras como integración, mucho más conscientes de los problemas que generan las nuevas tecnologías, no ven excesiva violencia en las aulas, aunque saben muy bien en qué consiste y sobre todo, se preocupan por los demás. Son un ejemplo e incluso tienen abrumados a profesores y padres, que principalmente destacan su generosidad. Son una generación del futuro que ha crecido en unos valores reclamados por la mayor parte de la sociedad y que parece que se dan por perdidos hoy en día pero que cuando rascas un poquito en estos centros te das cuenta de que nunca se fueron. Ellos son el reflejo de una sociedad en la que todavía existen esperanzas para el entendimiento, la resolución de conflictos mediante el diálogo y una convivencia en paz. Once o doce años de vida les han bastado para darse cuenta de que hablando se solucionan mucho mejor los problemas y que a veces es mejor retirarse a tiempo y dejar madurar las ideas antes de actuar.

Miembros de los equipos de ayuda del colegio Francisco Pino.
Miembros de los equipos de ayuda del colegio Francisco Pino. - Foto: Miriam Chacón (Ical)
¿Pero es necesario un programa para lograr esos objetivos? «Es tan necesario que hay que trabajarlo», afirma Ricardo Boyano, coordinador de este plan en el María Moliner, un centro con más de 1.300 alumnos en el que la convivencia es un ejemplo y en el que los estudiantes mediadores, los hermanos mayores y los ayudantes son claves para mantenerla. «Sin ellos esto no sería posible, hay zonas del tiempo, entre clase y clase, en el autobús o en el recreo donde están solos, no oímos ni estamos en sus redes. Sin su trabajo esto no funcionaría», recalca.
Motivos de sobra para que Elena, María, Laura, Marc, Santiago, Nico, Cristina, Carlos, Alejandra, Irene, Alba, Adriana, María, Alicia, Marwan y Monir se sientan orgullosos de ejercer como hermanos mayores. Dieciséis estudiantes de primero de Bachillerato que renuncian voluntariamente a tiempo de su recreo para «ayudar, controlar, socializar» a los recién llegados al centro y que lo pasan mal por «el salto» al instituto. «No todo el mundo lo solicita, solo los que proceden de colegios muy pequeños que les cuesta adaptarse. Son los profesores los que deciden qué alumnos participan y también a los hermanos mayores», explica Alejandra.
Elena detalla sus funciones en sus reuniones, una vez a la semana en la hora del recreo, para analizar sus problemas, ya sean escolares o ayudarles con su integración, aunque todos están disponibles para ellos también fuera de las aulas. «Nuestro niño tenía un problema de socialización con los demás. Al final con nuestra ayuda ha salido un poco pero todavía le está costando desarrollar esas herramientas, aunque los compañeros tampoco ayudan. Le cuesta porque le cierran», comenta.
Guardianes del diálogo
Guardianes del diálogo - Foto: miriam chacon
La formación que reciben para ser hermanos mayores, sus propias experiencias, ya que reconocen que a ellos mismos les hubiera gustado contar con esta ayuda cuando llegaron al instituto, así como unos valores que sus familias les han inculcado son bases para reconocer cuando se enfrentan a algún problema. «Normalmente en los grupos de niños siempre hay un líder que es al que todos siguen. La solución es hablar con el niño problemático y si se soluciona el problema con ese niño, los demás le siguen, se abren y dejan meterse a gente nueva», aclara Marc.
Ellos no ven peleas de forma habitual aunque reconocen que la llegada de las nuevas tecnologías ha cambiado la violencia: «Ha aumentado, aunque es verdad que hay más conocimiento ahora por lo que podemos poner más remedio, pero con la llegada de internet se ha aumento todo». 
No se ven como chivatos, es más saben que ellos son el mejor canal para que este tipo de casos se denuncien. «Yo personalmente prefiero hablar con una persona con una edad parecida a la mía, que pueda entenderme más, que los problemas sean los mismos dentro del centro. Es otra figura totalmente distinta que te produce otro respeto y es más fácil», explica María.
Nuevas tecnologías

Reconocen que existe una mayor presión con las redes sociales, «ya que con las nuevas tecnologías es mucho más fácil meterse con las personas, ya sea alterando fotografías, llamando a las tantas de la madrugada o insultando por redes sociales».
La responsable del programa de convivencia de este centro, Inmaculada de la Fuente, advierte que estos problemas de acoso, de bromas que no lo eran, ya existían hace mucho. «Lo único que ahora le hemos puesto nombre, pero la persona estaba sufriendo igual, ahora actuamos y le ponemos nombres, y se actúa mucho más rápido. Pero yo creo que ha habido mucho sufrimiento a lo largo de la historia que no le hacíamos caso».
La llegada de las nuevas tecnologías cambió el modo de acoso entre los alumnos, aunque ellos reconocen que nacieron con ello y son mucho más conscientes de los problemas que pueden generar. «Se ponen límites, aunque sí hemos tenido problemas por el móvil en primero y segundo de la ESO. En el IES no está permitido el uso del teléfono, solo en el patio o entre clases, porque se vio que tenían que aprender a hacer uso del mismo», explica De la Fuente.
Ellos mismos afirman que son más «conscientes» de las consecuencias que pueden conllevar su uso o hacer fotos sin permiso, para ello han recibido charlas de la policía, «pero si es cierto que muchas veces por mucho que hables de una cosa, hasta que no ves el problema que le sucede a alguien no ves la realidad», indica Marc.
En etapas anteriores

Estos adolescentes ven que la solución a muchos problemas se encuentra en etapas anteriores, antes de llegar al instituto, porque muchos de ellos ya eran excluidos en sus colegios. «Probablemente en Infantil ya se pueda trabajar con ellos, no sé cómo, pero estaría muy bien que se responsabilizaran de su propio bienestar», señala Boyano.
Esa posibilidad es algo que ya está en marcha en centros de Infantil y Primaria de la Comunidad como el Francisco Pino, en el barrio de Parquesol de la capital vallisoletana. Allí, Vanesa Casas coordina a un grupo de alumnos de 11 y 12 años que forman los equipos de ayuda. Estudiantes de quinto y sexto de Primaria a los que eligen todos los años por votación sus propios compañeros y son los encargados de «vigilar» que todo se desarrolle con normalidad en los recreos o en otros espacios del centro, como el comedor.
El colegio, como define Casas, es un reflejo de la sociedad donde se repiten todos los roles. A estos niños les dan la responsabilidad de ejercer de agentes mediadores y guardianes del diálogo y que buscan la integración de todos los alumnos. «Los principales problemas los tenemos con los de primero y segundo, son los más conflictivos, no saben controlarse», comenta Pablo, a lo que apunta su  compañera Claudia que la clave está en «poner siempre buen tono».
«Hay que aprender a ser solidario, no estar nunca ni de un lado ni del otro», comenta Ángel, quien añade que cuando no pueden controlar una situación en el patio, dejan que se desahoguen y después optan por el diálogo.
Porque al final eso es lo que más destacan todos: solucionar los conflictos sin violencia ni insultos. Un diálogo fluido y eficaz que termine con los problemas generados por el fútbol, «los más habituales». Una experiencia sobre cómo observar y ser imparcial, para después escuchar a ambas parte y alcanzar un acuerdo que trasladan a sus hogares y que ponen en práctica con sus hermanos y padres. «Será una buena base para su futuro», destaca la coordinadora del programa de convivencia, que recuerda que hay que valorar «su esfuerzo, empatía y sus ganas por ayudas a los demás» y eso «les dura» para siempre.

La integración de todos, su mayor satisfacción

La integración de un alumno es su mejor éxito, su gran satisfacción. Ese es su principal objetivo y ponen empeño para conseguirlo. Tanto los más pequeños como equipos de ayuda como los adolescentes como alumnos mediadores buscan eliminar la exclusión social de las aulas. En el colegio Francisco Pino de Valladolid para acoger a todos por igual, ya que cuenta con niños con problemas motóricos y de otro tipo que a veces «extrañan» a los menores y que con la ayuda de estos equipos todos ven como iguales.
En el caso del IES María Moliner de Segovia también han tenido un «caso especial» este curso, como explica Marwan. «Al inicio del curso nos propusieron que fuéramos hermanos guía de un alumno con autismo que se iba a matricular en el centro, ya que venía de uno más pequeño». «Se dio la casualidad de que Marc le conocía de años atrás, y entonces también se unió a nosotros para poder ayudarle y cuidar de él, y esa es nuestra función», recalca.
Entre sus tareas se encuentran «estar con él, integrarle y cuando hace acciones que puede llegar a ser molestas para los demás pues le decimos que no lo haga, según qué actos, qué comentarios, y él nos hace caso». Marc indice en que no son vigilantes, «porque ya desde el principio ya nos dijeron que no estar encima de él todo el rato». «Es progresivo, vigilarle, lo que no querían ellos era molestamos, echarle un ojo de vez en cuando y dio la casualidad que está en nuestra clase. Son alumnos acompañantes que le iban a facilitar la integración», añaden.
Los resultados han sido muy positivos y uno de los «grandes cambios» que ha tenido es que al principio le costaba socializarse con la gente y ahora mismo ya habla con gente de otros cursos, «incluso las chicas». La satisfacción ha sido para todo el equipo.