El otoño clausura La Tejada

David Herrero (Ical)
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El yacimiento romano situado en Quintanilla de la Cueza, que cierra la temporada el 6 de noviembre, ocupa 1.000 metros cuadrados con 27 estancias visitables

El otoño clausura La Tejada

Fin de temporada. La villa romana La Tejada cierra sus puertas debido al frío y la disminución lumínica. Por ello, a falta de una semana, la posibilidad de ser visitada finaliza por este año el próximo 6 de noviembre. Menos conocida que la Olmeda, los mosaicos y sus baños volverán a ver la luz el próximo 28 de febrero.

El yacimiento arqueológico está situado en el municipio palentino de Quintanilla de la Cueza y se localiza al pie de una ligera elevación, en el pago conocido como ‘La Tejada’. Su origen se remonta al siglo II d.C., con un apogeo a finales del siglo III y durante el IV d.C., donde se produce un deterioro final a partir del siglo siguiente.

La villa fue encontrada por el agricultor Gonzalo Argüello, quien dos años después, en 1970, halló un trozo de mosaico, por lo que se lo comunicó a Guillermo Herrero Martínez de Azcoitia, presidente de la Diputación en aquellos momentos. A partir de ahí, el presidente contactó con el director del Museo de Prehistoria y Arqueología de Santander, Miguel Ángel García Guinea, para realizar unas prospecciones y sondeos por diversas zonas.

Tras ello, y al observar que era un yacimiento de grandes dimensiones, García Guinea convenció a la institución provincial para que costease campañas oficiales de excavación, las cuales fueron realizadas desde 1970 hasta 1979, con la aportación de operarios, estudiantes y técnicos del Museo de Mérida.

Desde las sucesivas campañas, ha quedado descubierto un posible recinto termal, aunque, todavía no está claro lo que puede llegar a ser el conjunto, dado que pueden conformar unos baños públicos de todo un poblamiento cercano a la calzada Aquitana o ser finalmente una villa más grande que la Olmeda.

Estancias y estructura

El guía del yacimiento, Santiago Peral, detalla a la Agencia Ical que “el conjunto ocupa unos 1.000 metros cuadrados en un total de 27 estancias visitables”, de las que la Diputación de Palencia vela por su integridad, así como el acondicionamiento y la gestión de las mismas. El nombre se fija durante la “Edad Media, momento en el que se viene a expoliar el terreno”, quien añade que hace referencia al “gran número de tejas y material de construcción existente en la zona, no porque realizaran tejas, sino por la abundancia de este material en la superficie como resultado del derrumbe de los edificios y estancias”.

La configuración se desarrolla a partir de tres bloques de edificaciones, con una zona de baños, otra de comedores con una sala de servicio colateral y una tercera parte conformada por un conjunto de almacenes. Este último bloque poseía gran número de cerámicas, las cuales fueron “importantes para datar todo el yacimiento a finales del Siglo IV o principios del V, del entorno de Nájera o Clunia”, aunque los técnicos observaron que había zonas “anteriores que correspondían al siglo II”, aclara Peral.

Una de las riquezas arqueológicas y artísticas más señaladas de La Tejada son los mosaicos que cubren la mayor parte de las habitaciones, aunque muchos de ellos han desaparecido, seguramente por el expolio. En esta línea, destacan los mosaicos de ‘Hojas cuadripétalas’, ‘Octógonos y óvalos’, ‘Nudos de Salomón’ o ‘Las Cuatro Estaciones’.

Mosaicos

La tendencia acuática es muy recurrente, como animales marinos y delfines, o motivos marinos, conchas y crustáceos. Entre ellos se localiza el ‘Mosaico de los peces’ o ‘Neptuno’. Al mismo tiempo, Peral explica el mosaico de ‘Leda y el Cisne’, el cual es un “motivo de mitología grecolatina, lo que significa que la población estaba romanizada completamente”. El animal representa la “metamorfosis de Zeus para acercarse a la hija del rey de Esparta, que es Leda, con la que Zeus o Júpiter tiene dos pares de gemelos”.

Santiago Peral subraya que “la gente se sorprende con la presencia de la esvástica en un mosaico, pero ese motivo aparece en monumentos megalíticos a finales del neolítico, así como en numerosos motivos decorativos de pueblos germanos, indos, celtas e itálicos”.

Simplemente es un esquema de la “representación solar”, dado que para aquellos el “sol formaba parte de sus creencias”, por lo que configuraba la “mentalidad e ideología de su religiosidad”, añade. Por ello, es normal que aparezcan en zonas con “origen Indo-europeo", dado que “los romanos los empleaban como decoración por ese contacto con diferentes pueblos”. El problema sucede en el momento en el que “los nazis se apropiaron del símbolo, al que se le define como un motivo con cierta maldad apropiada”, apunta.

Líquido y combustible

Hoy en día las piscinas son tratadas con cloro y otras sustancias higiénicas, pero en aquella época todo era distinto. El guía de la villa afirma que “el agua se cambiaba cada poco tiempo”, el cual era transportado por “unas atarjeas formadas por tejas que había en el límite entre Quintanilla de la Cueza y Calzadilla de la Cueza”.

Solían tener diferentes espacios de “decantación, por lo que el agua discurría con la misma pureza que en el manantial”, aunque en el recorrido había distintos “areneros donde se depositaban las impurezas para que así el agua fuera más clara”, explica. En ese sentido, “su noción se centraba más en la pureza y claridad”.

Por otro lado, para beber empleaban fuentes, al ser agua que procedía del manantial, pero “no bebían directamente de él, ya que separaban el manantial de la fuente para proteger la reserva”, destaca. Además, para que “no hubiera suciedad en el depósito de la fuente realizaban una bóveda de cañón a modo de protección”, relata el guía de La Tejada.

Las estancias termales se diferenciaban por la temperatura del agua, por ello, los hornos se convertían en un elemento fundamental. Motivo por el cual se encontraron “cenizas negras y otras más grisáceas, por lo que se piensa que utilizaban maderas diferentes como combustible para los hornos que calentaban, tanto las piscinas como las diferentes estancias”, asegura Peral.

En mayor medida utilizaron encina y roble, al ser maderas que se conservaron hasta la Edad Media, ya que, por cierta documentación, desde Carrión de los Condes hasta Sahagún había montes con esta tipología de arbolado.