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Personajes con historia - Hernando de Colón

El hijo del Almirante y el mejor de los Colón (I)


Antonio Pérez Henares - 28/06/2021

En el verano de 1999, 350 jóvenes, de entre 15 y 16 años, expedicionarios de la ruta Quetzal, acamparon en las playas de isla Colón, en el archipiélago de Bocas del Toro, en Panamá. Aquella misma noche, la cola de un huracán alcanzó la costa y golpeó con furor aquellas playas llenando a todos de impotencia y angustia ante la tempestad. La prudencia y sabiduría de su líder, Miguel de la Quadra Salcedo, que hizo retranquear hacia el interior las tiendas, las resguardó lo que pudo, las ancló en lugar de buen drenaje, y consiguió que el desastre, amen de quedar anegados, empapados y asustados todos y ofrecer al amanecer un espectáculo de desolación no pasara a mayores ni hubiera que lamentar nada mayor ni más grave que el miedo vivido entre el rugir del viento, la violencia del agua, el tronar de los cielos, el restallar de los rayos y el hervir del mar. El curtido aventurero consiguió comprar una vaca cebú a un indio, la sacrificamos, asamos su carne, ahumamos su hígado, nos la comimos y los ruteros de la Quetzal recuperaron el ánimo y comenzaron a poner en pie el campamento destrozado.

Por la noche, Miguel les habló de Hernando de Colón. De aquel hijo pequeño del gran Almirante que, aún más joven que ellos, con tan solo 13 años, casi 500 años atrás (1502) había acompañado a su padre, en su cuarto y último viaje a la Indias, y había aguantado durante dos años no solo peores huracanes que ese, sino en aquellos pequeños barcos de madera y a vela en medio del océano, sufrido naufragios, hambrunas y situaciones antes de las de ahora que ellos más que padecer debían en realidad disfrutar. Les leyó lo que el mismo en su Historia del Almirante había escrito precisamente allí donde estábamos y una tempestad parecida les había alcanzado como a nosotros. Y a todos se nos quedó para siempre grabada la escena, la imagen de aquel muchacho, valiente, sufrido y devoto de su padre y sus palabras describiendo lo que a él y a nosotros nos había caído encima en aquella isla que ahora llevaba su apellido: Isla Colón, con la diferencia de que ellos estaban en medio de las olas del embravecido mar y en aquellos cascarones de madera: «Con tantos truenos y relámpagos no se atrevía la gente a abrir los ojos, parecía que los navíos se hundían y que el cielo se venía abajo; algunas veces se repetían tanto los truenos que se tenía por cierto que alguna nave de la compañía disparaba la artillería -toda la armada de Castilla le pareció en alguna ocasión- pidiendo socorro». Incluso, el pequeño Colón nos advertía de lo por venir: «Se revolvía el tiempo en tanta lluvia que en dos o tres días no dejaba de llover copiosamente, de modo que pareciera un nuevo diluvio». Y lo cierto es que más o menos es lo que después, pero ya sin tanto susto, nos aconteció.

Los escritos de Hernando de Colón fueron la guía en aquel viaje y mi manera entonces, y a la que vuelvo a hora, de intentar conocerle y darlo a conocer. Pues no niego que me parece, por su talante, obra y legado, y con permiso de su señor padre el mejor de los Colón, desde luego mejor que su hermano mayor Diego, que sus tíos y demás familia.

La isla Colón es la principal del archipiélago de Bocas del Toro, situada al noroeste de PanamáLa isla Colón es la principal del archipiélago de Bocas del Toro, situada al noroeste de PanamáHernando fue el hijo menor del Almirante, fruto de un duradero amorío con la cordobesa Beatriz Enríquez de Arana, a la que no desposó ni cuando más tarde ya murió la esposa legítima, doña Felipa, madre de su hijo primogénito Diego, a la que dejó en Lisboa cuando pasó a España. Hernando nació en Córdoba, cinco años antes de que su padre llegara a las Indias, fue prontamente reconocido como vástago suyo y cuando su fama y rango con el descubrimiento lo llevaron a las alturas logró que antes de iniciar su segundo viaje, 1494, acompañara al mayor, Diego, habido en su primer y único matrimonio, a la Corte en calidad de paje de príncipe Juan, primogénito de los Reyes Católicos. Tras la prematura muerte de éste (1497) pasó al servicio de la reina Isabel y recibió con provecho una esmerada educación en la que participó de manera determinante el humanista Pedro Mártir de Anglería.

 A los 13 años, se embarcó junto a su padre en el que iba a ser su cuarto y último viaje, tras la penosa experiencia del tercero del que volvió encadenado por orden del juez pesquisidor corregidor Francisco de Bobadilla, enviado de los reyes, tras la quejas a su gobernación y cuando, además, el favor del que gozaba ante los soberanos ya no era el que había sido debido al disgusto por haber esclavizado y traído a España como tales a indígenas. Pero el exceso y la humillación a la que fue sometido hizo que la reina Isabel, tras haber ordenado su inmediata liberación y la de sus hermanos engrilletados también, y entristecida por el agravio infringido a su padre le restituyó su honor, pero las acusaciones contra él hicieron que no le reconociera de nuevo sus cargos en las nuevas tierras y enviaron hacia allá como gobernador a Nicolás de Ovando.

El Almirante no consiguió permiso para retornar a las Indias hasta casi seis años después de haber regresado engrilletado del tercer viaje. Y lo hizo en mucho perores condiciones, tanto personales como de autoridad y gobierno. Los reyes habían roto con el monopolio anteriormente concedido a Colón y permitido a otros súbditos suyos explorar aquellas nuevas tierras. El conquense Alonso de Ojeda fue el primero en aprovecharlo y le siguieron otros como Vicente Yáñez Pinzón que había sido de los del primero o Rodrigo de Bastidas así como Américo Vespucio, que acabaría por imponer el nuevo nombre que le dio al continente en sus mapas. Para concederle el permiso le habían impuesto, y para evitar más discordias, una condición: bajo ningún concepto podía atracar y desembarcar en La Española.

Facsímil de la historia del AlmiranteFacsímil de la historia del Almirante Que fue, sin embargo, donde se vieron obligados a poder hacerlo pues, tras no haber hecho atraque como en otras ocasiones y provisión de agua como en los anteriores viajes, en la Gomera, la bella Beatriz volvía a tener marido. En Gran Canaria habían cruzado el Atlántico y dado vista a la ciudad de Santo Domingo. El Almirante llevaba ya algunas jornadas barruntando señas en los vientos y en el mar que nadie más detectaba, pero que le hizo dirigirse hacia aquel puerto y pedir resguardo para sus cuatro barcos, pero Ovando se lo negó. Sabedor de las órdenes reales, estaba dispuesto a cumplirlas y hacérselas cumplir a Colón, por mucho que se creyera Almirante. Entendió que el pretexto de que se acercaba un huracán era pura y mala excusa y se tomó con burlas las súplicas del Almirante diciendo que venía uno muy poderoso y que, de quedarse fuera, en mar abierto, destruiría todos sus barcos y morirían ahogados todos, y su hijo pequeño que con él venía.

Quien se burló más que ninguno, fue el tal Francisco de Bobadilla, quien le había engrilletado y que ahora formando parte de una gran flota de 30 naos se disponía a regresar a España. De hecho, y a pesar de las advertencias lo hizo, era el 30 de junio, sin querer esperar. El mar estaba en calma y el sol lucía en un cielo limpio de nubes. Pero Colón estaba en lo cierto.

Aquella misma noche se desataron las furias del infierno en los cielos, en el mar y en la tierra. Un violentísimo huracán azotó sin piedad el mar. Toda la escuadra naufragó y perecieron ahogados todos. Entre ellos, Francisco de Bobadilla. Solo se salvó una nave, llamada La Aguja, que era la más chica y ligera y cogió ventaja sobre el resto, yendo por delante de la tempestad y logrando escapar del ciclón

Firma de Hernando de ColónFirma de Hernando de ColónColón, sin embargo, aunque no pudo entrar a puerto logró poner a salvo las suyas y a su hijo. Al observar que el huracán se dirigía hacia el norte de La Española viró hacia el sur buscando una bahía en lo posible desventada y allí ancló. El propio Cristóbal Colón lo narró: «la tormenta me desmembró los navíos, a cada uno llevó por su cabo sin esperanzas, salvo de muerte; cada uno de ellos tenía por cierto que los otros eran perdidos. El dolor del hijo que yo tenía allí me arrancaba el ánimo y más por verle de tan nueva edad, de 13 años, en tanta fatiga y durar en ella tanto». Pero, al fin, su precaución y saber marinero los salvó a todos.

Con todo, Ovando siguió en sus trece sin dejarle bajar a tierra y Colón hubo de continuar su rumbo. Su objetivo era buscar un paso desde el Atlántico hacia la especiería.

Porque, lo que preocupaba a la Corona era que el portugués Vasco de Gama había doblado el cabo de Buena Esperanza y establecido ya una ruta hacia las islas de las especies y el también portugués Cabral, amparado en el tratado de Tordesillas, había ya explorado las costas del Brasil hacía dos años, mientras que los españoles seguían sin encontrar el paso a la especiería desde las tierras descubiertas. Encontrar aquel paso era la misión encomendada a Colón, el objetivo prioritario y esencial del viaje. Y el gran Almirante estuvo a punto de lograrlo. Solo con que hubiera caminado nueve días por tierra. Pero Colón era marino y buscaba hacerlo por mar. Así lo relató su hijo Hernando.

Algunos indios nos hablaron de un gran canal de agua marina que se metía por las selvas. Se encontró en un lugar llamado Chiriquí y nos metimos por él. Pero la alegría duró poco. Al cabo de navegar un buen trecho el canal daba en tierra y no tenía salida. Entonces los indios nos señalaron un camino que ellos tenían para andar a partir de allí por los bosques y que en nueve días de atravesarlos a través de las montañas que se divisaban se llegaba a otro mar grande. El Almirante comenzó aquella ruta, pero era tal la dificultad de la marcha, lo arriesgado de internar a sus hombres en aquel territorio y para el que no venían preparados, pues eran marinos, que decidió no proseguir por ella. De haber continuado hubiera alcanzado, Balboa tardaría 10 años en hacerlo, el mar del Sur, o sea el Pacífico. Por allí fue por dónde siglos más tarde se trazó el canal de Panamá.

 El Almirante siguió buscando infructuosamente el inexistente paso por el mar pasando por el actual Portobelo y por esa isla Colón donde comenzaba este relato perseguidos por las tormentas, que se sucedían una tras otra aquel maléfico año. Al fin, con solo dos barcos, los otros se habían hundido consiguieron llegar hasta Jamaica. Pero no acabaron allá sus desdichas. Las dos últimas naos también sucumbieron al llegar allí y quedaron atrapados.

Al principio, los indios les traían comida a cambio de baratijas pero, al final, se cansaron de ellas y cada vez pedían más por menos y el hambre comenzó a ser la mayor preocupación. Encima, el capitán de una nave, un tal Porras hizo partida contra Colón, dividiendo las gentes entre ambos. El Almirante entendió que debía pedir ayuda y envió a su hombre más fiable y fiel, Diego Méndez con algunos nativos en una débil canoa a la Española. Una hazaña que se antojaba imposible, pero era la única esperanza de salvación. Pasaron semanas y meses. Los caciques ya decidieron cortar totalmente el suministro de comida. Parecía que el fin de todos, el del padre y el del hijo también estaban cerca, pero entonces el Almirante obró un milagro.

 Hizo decirles a los indios que por su maldad la luna iba a ser comida por la oscuridad en los cielos y que no regresaría nunca. Y que eso sería aquella noche. Cuando en verdad comenzó a ser oscurecida y acabó por taparse del todo el miedo se apoderó de ellos y le suplicaron que hiciera lo que pudiera para que retornara. Él les hizo prometer que volvieran a traer víveres y entonces, tras hacer don Cristóbal algunas exhortaciones hacia el cielo y rezar un padrenuestro, la luna reapareció en los cielos.

 Hernando lo contó después y la sencilla explicación de fenómeno. Su padre había hecho cálculos astronómicos, luego el también sería ducho en esas artes, y descubrió la fecha en que tendría lugar el eclipse y con ello y su treta recuperó su autoridad ante los indios. Pero seguía sin saberse nada de Méndez y la desesperación era total. Al fin, apareció una nave que enviaba Ovando desde La Española. Señal de que Méndez había llegado. Pero el navío que habían mandado era muy pequeño y no cabíamos en él ninguno ni ganas había de embarcarnos.

Aquello exacerbó aún más los enfrentamientos entre los españoles y las hostilidades acabaron en batalla entre los dos bandos. Hubo tres muertos por el bando de Porras y la pelea acabó en un combarte singular entre Bartolomé Colón y Porras que terminó con la victoria del primero que le perdonó la vida al vencido. Hernando de Colón cuidaba lo que podía de su padre, prácticamente ciego y el padre sufría por la desventura en la que había puesto a su hijo pequeño. Pero al final, cuando ya se cumplía un año allí, apareció Méndez al fin con una buena nave que el gobernador ya le había autorizado a fletar al parecer tras recibir una carta de la reina Isabel donde preguntaba por el Almirante. Dos meses después, tras haberse recuperado para poder emprender el regreso, Hernando pudo regresar con su padre a España. Llegados a Sanlúcar el 7 de noviembre de 1504, marcharon a Sevilla donde don Cristóbal hubo de permanecer en cama, aunque deseaba ir a ver cuanto antes a los reyes. Antes de poder hacerlo, el día 26, murió la reina Isabel. Al año siguiente si pudo ver a Fernando, pero éste le prestó escasa atención. El Almirante murió el mayo siguiente, en 1506.