El último palentino moriría en 2249

Carlos H. Sanz
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En el último año murieron 671 personas más de las que nacieron, lo que hace insostenible la estructura demográfica de la provincia

El último palentino moriría en 2249

La esquela del último palentino se publicará durante los primeros meses del año 2249, dentro de menos dos siglos y medio si se mantiene el actual saldo vegetativo de la población, es decir, la diferencia entre los que nacen y los que mueren, y que según los últimos datos del Instituto Nacional de Estadística (INE) publicados ayer, es de 671 a favor de los segundos.
A ese ritmo, y sin tener en cuenta otros factores, los 153.008 españoles que residen en la provincia querán reducidos a polvo en poco más de 228 años. Es lo que los expertos en sociología denominan «colapso de la estructura demográfica», y es que, a día de hoy, Palencia carece de cualquier capacidad endógena de recuperación de su población, ni siquiera para alcanzar un nivel de crecimiento cero o, lo que es lo mismo, para igualar nacimientos y muertes. 
Este es el mejor escenario posible porque seguramente el fin de Palencia llegará mucho antes si depende del comportamiento de la población nacional en la provincia. El alto envejecimiento tiende al incremento de la tasa de mortalidad, y la cada vez más escasa dimensión de las generaciones en edad de tener hijos conduce a la disminución progresiva de la natalidad. Ese saldo vegetativo negativo, que ahora es de 671 personas, se incrementará en el futuro.
La pirámide de población de la provincia da una visión de este aciago futuro. Los  datos definitivos a fecha de 1 de julio de 2019 revelan se ha pasado en un año de 161.168 a 160.280 habitantes, 888 habitantes menos, un -0,55%. El descenso es especialmente acusado en la población nacional que baja de 154.359 a 153.008 personas, 1.351, un 0,87%, menos.
Si se ordenan los datos por franjas de edad [tal y como se muestra en el gráfico que acompaña esta información] el dibujo que ilustra la  población de la provincia es «la imagen perfecta de una población en regresión», según explica el sociólogo, Javier Gómez Caloca. 
«La de Palencia es una pirámide  que ya no tiene forma de pirámide sino de bulbo o ánfora, porque la mayor parte de la población se sitúa en los escalones intermedios -entre los 40 y los 69 años- y con una cúspide que agrupa a las mayores edades, próxima a tener tantos efectivos como la base, formada por los habitantes de menor edad».
 Es un efecto directo de la reducción de nacimientos y del retraso de los fallecimientos que representa una población muy envejecida que ya no garantiza el reemplazo generacional, es decir, que tiene un crecimiento vegetativo negativo.
«La mayoría de la población está entre los 50 y 65 años, y por encima de los 70, existe una preponderancia de mujeres debido a su mayor esperanza de vida», detalla el sociólogo Javier Caloca, que pone el acento sobre el hecho de que «en una década más del 32% de la población que hoy todavía está trabajando dejará de ser activa. 
De hecho, las personas de 65 y más años representan más de la cuarta parte de la población (25,41 %), que si se compara con la población joven arroja un fuerte desequilibrio: hay 66 personas del primer grupo por cada menor de 16 años.
Esto va a tener consecuencias directas en la economía provincial. En primer lugar, porque progresivamente Palencia sufrirá un descenso del potencial de mano de obra que no tendrá remplazo con la población nacional; y, por otra parte, porque cuando esa población que ahora es mayoría envejezca, la tasa de dependencia se disparará y, con ella, un incremento de la demanda de cuidados.
¿Cómo sostendrán las próximas generaciones esa situación y, no menos importante, cómo lidiarán las administraciones con una mayor demanda de servicios de atención a mayores son preguntas que corre prisa responder. 
la clave de la inmigración. Las únicas formas de alargar la fecha de caducidad de la marca Palencia pasan, en primer lugar, por incrementar la natalidad para lograr que nazcan más personas de las que mueren, lo que implica no solo un impulso de las políticas natalistas sino también una auténtica revolución social que logre cambiar cuestiones como la edad a la que las mujeres conciben  o el número de hijos por familia. 
La otra, más sencilla y menos costosa, hace que el futuro demográfico de Palencia dependa de la inmigración, sobre todo, del extranjero. Es cierto que se pueden atraer habitantes de otras provincias, pero los últimos datos revelan que por ahí también se escapa el aire del padrón. El saldo migratorio interprovincial fue negativo entre el 1 de julio de 2018 y de 2019, concretamente, en 23 personas. A ese ritmo, la fecha de defunción del último palentino se adelantaría ocho años.
Por lo tanto, nuestro futuro depende de los extranjeros que decidan vivir y trabajar en Palencia. «El debate ya no es si ponemos o no barreras a su entrada, sino si organizamos y preparamos su llegada», asegura Javier Gómez Caloca. En realidad, la inmigración ya está aminorando el golpe de la despoblación, ya que su número sí aumentó de 6.809 a 7.272, es decir, 463 más, un 6,80%.
Es más, se se construye la pirámide de población de los inmigrantes que viven en la provincia, las diferencias son resaltables. «Es una población todavía joven, con una importante base entre los 20 y los 44 años, con más de la mitad de su vida laboral por delante, y una cúspide con un reducidísimo número de personas de más de 65 años», añade.