EL INICIO DEL TRIENIO LIBERAL EN PALENCIA

Fco. Javier de la Cruz Macho
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El primer año estuvo marcado por una profunda actividad institucional y ciudadana que buscaba, no siempre con éxito, legitimar el nuevo régimen

EL INICIO DEL TRIENIO LIBERAL EN PALENCIA

Tras la definitiva expulsión de los franceses de España, en 1814, se produjo el regreso del monarca Fernando VII a la península y, con él, la anulación de la Constitución de 1812 y la reinstauración del absolutismo. Pero los liberales intentaron, en varias ocasiones, alzarse en armas y acabar con el absolutismo, hasta que uno de esos intentos tuvo éxito. Fue el 1 de enero de 1820, cuando el coronel Rafael de Riego puso en marcha un levantamiento militar que, poco a poco, ganó adeptos y provocó que, el 7 de marzo, Fernando VII se viese obligado a jurar la Constitución de 1812. Se iniciaba así el período conocido como Trienio Liberal que finaliza en 1823, al reinstaurarse, de nuevo, el absolutismo.
En este artículo vamos a explicar cómo fue ese primer año de liberalismo en Palencia, marcado por una profunda actividad institucional y ciudadana que buscaba, no siempre con éxito, legitimar el nuevo régimen político, así como reprimir a los partidarios absolutistas.

 

Tras la proclama de Riego, los militares destinados en la ciudad de Palencia permanecieron en sus cuarteles. Sin embargo, la ciudadanía mantenía otro talante. Estaba nerviosa y más dispuesta a impulsar el movimiento revolucionario.
Así quedó de manifiesto cuando el 1 de marzo de 1820 aparecen dos pasquines en las calles de Palencia. Uno en un poste frente al edificio de Correos (en la actual Valentín Calderón) y otro frente al Peso Real (actual Don Sancho) en los que se leía «Palentinos todos unidos. Viba la libertad y mueran los opresores», escrito con letras de molde.
EL INICIO DEL TRIENIO LIBERAL EN PALENCIAEL INICIO DEL TRIENIO LIBERAL EN PALENCIAEse pasquín desató el enfrentamiento entre bandos y la respuesta tardó poco en llegar. El 5 de marzo aparecen dos nuevos pasquines, esta vez escritos a mano y contrarios a la Constitución. En ambos se leía: «Ciudadanos Palentinos. Todos unidos a defender a Nuestro soberano Nuestra Familia, Nuestra Patria y Religión, y mueran los que intentan la Constitución».
Nuevamente replicaron los liberales el 6 de marzo con una nueva proclama, esta vez firmada bajo el seudónimo de Juan Cierto, pidiendo a los palentinos que se sumasen al levantamiento a favor de la Constitución y del liberalismo que se iba extendiendo por toda España.
 

Tras el triunfo del levantamiento, con un nuevo Ayuntamiento liberal al frente de la ciudad, las autoridades trataron de involucrar a la Iglesia en el proceso constitucional. Desde el principio se pretendió aprovechar su poder para difundir la Constitución desde las iglesias y conventos, otorgando así un halo de religiosidad al nuevo sistema político. Las autoridades dictaron una orden para que se leyese y explicase la Constitución durante las celebraciones eclesiales. La Iglesia no estuvo dispuesta a la colaboración, y aunque la mayoría de los sacerdotes no acataron la medida, hubo quienes lanzaron soflamas equiparando Constitución y Evangelio.
Además, se intentó sacralizar el nuevo régimen, especialmente su norma fundamental: la Constitución. Para ello, el 19 de marzo, día de San José, se procedió a celebrar el aniversario de la Constitución de Cádiz mediante una ceremonia religiosa seguida de un Te Deum. Esta fue presidida por los canónigos, no así por el obispo quien intentaba, de esta manera, «quitar importancia» al acontecimiento.
Esa identificación entre Constitución y religión quiso manifestarla el Ayuntamiento en un bando publicado el 7 de abril de 1820 en el que exponía: «Que esta Constitución manda que todos los españoles sean no solamente justos, sino también benéficos y que recíprocamente se amen los unos a los otros según lo manda el adorable Evangelio de Jesucristo». No se podía ser más claro, la Constitución tenía el mismo mensaje que el Evangelio y viceversa.
Más allá del ámbito religioso y festivo, los poderes públicos locales, desarrollaron también una activa labor propagandística del liberalismo y la Constitución. Así, el espacio público se convirtió en un elemento más de exaltación. El nuevo Ayuntamiento, a semejanza de lo que ocurría en otras ciudades, dispuso inmediatamente la colocación en la fachada de la casa consistorial de una lápida con la leyenda «Plaza de la Constitución». También se difundió la norma constitucional en los colegios y centros de enseñanza sostenidos por el Consistorio municipal. Por su parte, el jefe político de Palencia, José Álvarez Guerra, estableció una tertulia patriótica en la ciudad en el verano de 1821 y fundó un periódico llamado Semanario patriótico de la Provincia de Palencia, ambos destinados a explicar la Constitución y a alabar las bondades del liberalismo.

 

La ciudadanía también tomó partido, tanto a favor como en contra del nuevo régimen político. Ya hemos aludido a los pasquines que circularon por la ciudad durante el pronunciamiento. Pero esta movilización continuó tras el triunfo liberal. Recién estrenado el nuevo régimen político algunos «exaltados» cometieron «perturbaciones y alborotos callejeros», atacando especialmente edificios religiosos. Fueron constantes los alborotos nocturnos, las peleas, cánticos y desórdenes en estos primeros meses, tanto a favor como en contra de la Constitución.
Por otra parte, la presencia de la Iglesia y de sus símbolos en la calle parecían atraer a los alborotadores. En marzo de 1821, con motivo de la cuaresma, el jefe político ordenó que se suspendiese la predicación que durante los jueves se realizaba en la calle. El motivo no fue otro que evitar desórdenes, puesto que varios vecinos pasaban al lado de los predicadores pronunciando palabras soeces. Algo que no sólo hacían delante de los predicadores, sino también ante las diferentes imágenes religiosas que existían en las calles de la ciudad, por lo que se solicitó que éstas se retirasen de los sitios públicos.
La tensión era constante. Las autoridades se temían que, en cualquier momento, se pudiese producir un alboroto de cierta magnitud. Ocurrió en diciembre de 1821, cuando el jefe político solicitó el establecimiento de patrullas militares. Poco a poco la tensión fue creciendo y durante los días 24, 25, 26 y 27 de diciembre, milicianos (defensores del liberalismo) y absolutistas mantuvieron una serie de enfrentamientos que provocaron el miedo en la ciudad, obligando a la movilización del ejército.
El 25 de diciembre, a las cuatro de la tarde, dos milicianos voluntarios llamados Blas Sánchez y Tomás Pérez abofetearon a Tomás Rodríguez y a Juan Soto. El conflicto no parece que fuera casual pues, de forma inmediata a la agresión, un grupo salió en defensa de Tomás Pérez, mientras que Blas Sánchez se refugió en una casa cercana propiedad de otro miliciano llamado Juan Picón. En ella, curiosamente, se encontraban otros tres milicianos armados. Uno de ellos, Pedro García Prádanos, mostró amenazante su fusil por la ventana.
Los hechos provocaron un gran alboroto. Quedó rodeada la casa de Juan Picón, y las autoridades tuvieron que recurrir al ejército y a la Milicia Nacional para disolver a los amotinados. No se calmaron los ánimos hasta que no se produjo el arresto del agresor, Tomás Pérez, y el desarme del resto de milicianos involucrados.
El día 26, a las nueve de la mañana, una multitud de partidarios del absolutismo empezó a desfilar por las calles clamando contra la Milicia Nacional y protestando por la agresión sufrida por Tomás Rodríguez. Ante la magnitud de la protesta, el jefe político estableció patrullas por las calles, sin conseguir que los manifestantes volviesen a sus casas. A las seis de la tarde salieron del Ayuntamiento diferentes comisiones, escoltadas por tropa del ejército, para «amonestar a los bulliciosos» e intentar se disolviesen las concentraciones y que regresasen a sus domicilios. De nada valieron estas medidas. Fue necesaria la movilización de todo el ejército, y la amenaza de arresto a todo el que encontrasen en las calles, para disolver a los manifestantes.
El día 27 volvió a salir la gente a la calle. Al mediodía, llegó a Palencia el capitán general de Castilla la Vieja, con tropas de caballería e infantería, quien se hizo cargo de la situación. Prohibió reuniones de más de tres personas, ordenó el mantenimiento del alumbrado durante toda la noche y exigió que toda persona que tuviese necesidad de salir por la noche llevase su propia luz para poder ser identificado. Avisó de que todo altercado sería severamente castigado. La presencia del ejército y las medidas adoptadas por el capitán general, intimidaron a la población que, finalmente, regresó a sus hogares. La ciudad recupero la calma.
LOS PROCESOS DE DEPURACIÓN. Además de exaltar la Constitución y tratar de evitar tumultos, las autoridades llevaron a cabo una labor de «limpieza» política de su personal, expulsando a algunos trabajadores y contratando a otros, en función de sus amistades y simpatías políticas. Un colectivo sobre el que se pidieron informes fue el personal de Hacienda interesándose sobre su «adhesión a las nuevas instituciones y demás calidades morales, políticas y civiles...». El Ayuntamiento realizó también informes de todos los abogados de la ciudad, y se revisó la gestión municipal anterior. Aquellos no adeptos al nuevo régimen fueron apartados de sus cargos.
La solicitud de información alcanzó incluso al antiguo corregidor, Agustín Tosantos Laprada, cesado tras el triunfo liberal, que aún permanecía en Palencia ocupando el cargo de juez de primera instancia. El Ayuntamiento había emitido en dos ocasiones un informe sobre él. El gobierno, finalmente, le cesó como juez de primera instancia el 1 de enero de 1822. La población lo celebró con cohetes. Según el relato del propio corregidor, tras su cese recibió insultos en la calle, además de cantarle el «trágala» y ser amenazado con la horca por parte de algunos ciudadanos.

 

El liberalismo palentino tuvo también que hacer frente a las amenazas externas en forma de partidas y guerrillas. La obsesión por evitar que agentes venidos de fuera perturbasen la tranquilidad y alterasen el orden era una constante. Por ello el jefe político dictó una orden por la se obligaba a las personas que acogiesen a un forastero a dar parte al gobierno, a que las posadas extramuros informasen de los que hubiesen dormido durante la noche y que los dueños de fincas y huertas no permitiesen que en ellas pasasen la noche gentes de paso.
El miedo no era infundado pues en los entornos de la ciudad existía un continuo movimiento de entrada y salida de absolutistas. Pequeñas partidas merodeaban por los alrededores, alimentándose de los absolutistas descontentos que huían de la ciudad. De estas partidas se encargaba la Milicia haciendo continuas batidas. Se llegaron a contabilizar más de 100 salidas al mes durante el año de 1821.
EL FINAL DEL TRIENIO.  En 1823 el Trienio Liberal fue derrotado por las armas. Un ejército francés, conocido como los Cien mil hijos de San Luis, ayudó a Fernando VII a recuperar el carácter absolutista de su trono. Habrá que esperar hasta 1833, con el fallecimiento del monarca, a que España inicie un camino sin retorno por la senda liberal.