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La grosera trampa del referéndum

Carlos Dávila
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Lo que el Gobierno denomina consulta en Cataluña esconde realmente detrás un cambio brutal de la Constitución mediante la reforma del Estatuto de Autonomía

No hay mayor traición al país que la que ya ha emprendido el presidente con la colaboración de los independentistas. - Foto: VALDA KALNINA

De frente y por derecho informo de lo que traman Sánchez, su cuadrilla y sus imprescindibles socios de la sedición. Este «referéndum consultivo», como lo llama el aún presidente, consulta según su deteriorada vicepresidenta, Carmen Calvo, pretende un cambio copernicano, brutal, de nuestra Constitución, por medio de la reforma del vigente Estatuto de Autonomía catalán. Los ingenieros de esta martingala piensan evitar así el enojoso y muy complejo trámite que marca nuestra Norma Suprema, Artículo 167, para la celebración de este tipo de procesos políticos convocando una consulta para modificar, hasta convertirlo por las buenas en papel mojado, el Estatuto catalán que rige ahora mismo. Aquel texto -recuérdenlo- fue desprovisto por el Tribunal Constitucional de todos los signos nacionalistas que, en extremo, radicalmente, contenía.

El ardid es una auténtica desvergüenza. Sánchez negocia (porque lo está negociando) un acuerdo que permita a los separatistas convertirse prácticamente en un Estado independiente y, eso sí, impidiendo a la par que, como marca nuestra Constitución de 1978, cualquier revisión que ataña al Título VIII, que tiene que tener un cuerpo electoral de todos los españoles. Lo que está acordando, con gran felonía, es que «solo» sean los catalanes los que puedan votar el día en que se abran las urnas. Sánchez tortura la Carta Magna, invade sus competencias, transgrede sus dictados y hace mofa, befa y escarnio de todos los españoles. 

Como aseguran varios profesores de Derecho Político, lo que se pretende en definitiva es nada menos que esto: complacer a los secesionistas con un nuevo Estatuto que signifique, en verdad, el nacimiento de un Estado que, en todo caso y como mucho, pueda acoplarse a otro de estirpe confederal. Todo está pensado por Sánchez para obtener el aprobado de los independentistas de aquí a que termine esta desgraciada legislatura. El Estado Confederal -ya se sabe- permite a cada uno de los territorios asociados ir y venir, salir y entrar del ente general a voluntad. 

Desde luego, en el nuevo texto que concuerda ahora mismo Sánchez con sus voraces cómplices, no se incluirá el adjetivo «confederal» para no despertar suspicacias en esta España entera pero dormida, simplemente se otorgará al antiguo Principado una categoría absoluta que un día le permita huir de España en las mismas condiciones que le confería la sonada (asonada más bien) Declaración Unilateral de Independencia. 

No es extraño que la antigua presidenta del Parlamento de Cataluña, la expresa penada por sedición Carmen Forcadell, ya haya anticipado que renuncia a la famosa DIU, las siglas que envuelven la citada Declaración de octubre de 2017. Ella sabe lo que dice, entre otras cosas porque formará parte de la Mesa bilateral de Negociación, de Estado a Estado, que empezará a reunirse en septiembre próximo. No habrá sorpresas: en esos días los componentes de la Mesa ya tendrán el texto de lo que se propone y, casi con seguridad, la fecha del referéndum.

Y es que, la hoja de ruta que han emprendido conjuntamente el aún presidente y sus conmilitones separatistas está perfectamente diseñada: primero fueron los indultos; ahora, ya muy rápidamente, seremos testigos de un descomunal hachazo del Código Penal para dejar el delito de sedición en las raspas, en una práctica falta, nada de nada; en tercer lugar, asistiremos, como ya estamos asistiendo, a una campaña de mentalización subliminal o descarada para que los españoles nos acostumbremos a la monserga del referéndum; en cuarto, los coligados se complacerán conjuntamente con una amnistía para todos los pecados, presentes y futuros, que los delincuentes puedan haber cometido; en quinto, y esto nadie parece percibirlo, se formalizará el definitivo embate contra la Corona, también por la vía de aparcarla como una sencilla Oficina de Relaciones Públicas de la que, en cualquier momento, se puede prescindir.

Este es el nuevo ciclo político que, con el mayor de los desahogos, ya ha anunciado el aún presidente. Tiene una triple característica: para él, Sánchez, es imprescindible para continuar en el poder, es además un ejercicio de chantaje de unos pocos, los sediciosos separatistas, a todo el Estado, y supone un real sometimiento a esta presión sin precedentes que se cobran Junqueras, Aragonès, Puigdemont y demás patulea para deparar a su interlocutor la posibilidad de permanecer un par de años más en La Moncloa. Es el «estado de necesidad» que reconoce este alevoso presidente y que tan gráficamente ha señalado muy recientemente el charnego Rufián en el Congreso de los Diputados.

 

«Descarada intoxicación»

Por más que algunos medios, bien intencionados o no, parezcan y finjan no enterarse, sus gestores ya está logrando éxito con esta campaña descarada de intoxicación que engordan febrilmente y a diario los 300 asesores que le hacen el caldo gordo a Sánchez y a su gurucillo Redondo. Cuando el término «referéndum consultivo» se cuela -y ya se ha colado- en nuestras conversaciones habituales, se puede afirmar que sus proponentes han obtenido la victoria. Ésta, inicialmente, consiste en que los españoles aceptemos ese denigrante «después de todo, tampoco pasa nada».

Cuando esta especie tóxica haya cuajado del todo, se abrirá la segunda etapa: la de la realización práctica de cada uno de los episodios que cubren la hoja de ruta. Uno primario, el de los indultos, ya nos lo hemos tragado como si se tratase del más dulce de los postres. Los demás irán llegando por añadidura. Es imprescindible una nueva mención: asistimos a la urdimbre de un monumental engaño, henchido además y para mayor inri, con el dinero de nuestros impuestos, y destinado a que el país, tras un referéndum mentiroso, torticero, soporte que una de sus partes, de sus territorios sempiternos hasta ahora, Cataluña, salga de madre para convertirse en una sociedad independiente, alejada para siempre de España. 

No hay mayor traición que la que ya ha emprendido Sánchez con la secuaz colaboración de los independentistas, el aplauso de los antiguos terroristas, la ayuda del leninismo y, lo que es tremendamente grave, el silencio de quienes, según parece, no se están dando cuenta de lo que ocurre. A nuestro lado están volando siglos de la Historia de España y nosotros solo nos estamos preocupando de las fechorías que perpetra ese maldito virus, el COVID-19, que está siendo la muleta, el engaño, con la que Sánchez construye su descomunal traición.