GASPAR OSORIO, MÁRTIR PALENTINO

Juan Luis Hoyos, S.J.
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GASPAR OSORIO, MÁRTIR PALENTINO

Nació en Castrillo de Villavega el 2 de julio de 1595 y murió a los 41 años

En el pueblecito palentino de Castrillo de Villavega nació el 2 de julio de 1595 el protagonista de esta historia. Quién iba a decirle a él mismo o a sus padres  -Fernando de Bustillo y Valderrábano e Inés de Robles- que el chiquillo acabaría siendo mártir en las reducciones del Paraguay, en una de las establecidas en Argentina.  Y parece que se puede aplicar aquello de «sangre de mártires, semilla…», pues en la restaurada Compañía ha habido al menos cinco jesuitas nacidos en el pequeño Castrillo. Él entró en el Noviciado de Villagarcía de Campos, Valladolid, el 22 de abril de 1612. Diez años después, destinado a las misiones, a la provincia del Paraguay, que entonces abarcaba gran parte de América del Sur, incluida Argentina. Llegó a Buenos Aires el 12 de marzo de 1622, el día que en Roma se canonizaba a Ignacio de Loyola y Francisco Javier, junto a Teresa de Jesús, Isidro Labrador y Felipe Neri. (En broma, en Italia se dice que aquel día el Papa subió a los altares a cuatro españoles y a un santo). Fue rector en los colegios de La Rioja (de 1627 a 1629) donde aprendió la lengua quechua.

Trabajó ya desde entonces con los indios Tobas y Mocovis siendo el primero en enseñarles a construir viviendas y poblados. Fue, además, rector del colegio de Salta (1633 a 1635). Desde esas ciudades y desde  Jujuy, dio misiones itinerantes en El Chaco. En 1638 formó parte de la expedición dirigida por el gobernador Martín Ledesma al territorio de los chaguás, al este de Jujuy. Fundó allí una reducción de ocloyas, que por estar en territorio confiado a los franciscanos, más tarde les fue cedida.

En 1639, con Antonio Ripari, un italiano 12 años más joven que él,  hizo una entrada a la región de Jaujau. Les acompañó el joven Sebastián Alarcón, que deseaba ser jesuita. Cuando éste iba a buscar provisiones, el 28 de marzo, fue asesinado por chiraguanos, que unos días más tarde hicieron lo mismo con Osorio y Ripari, llevándose como trofeo sus cabezas. Debido a estas muertes, las misiones en El Chaco fueron abandonadas durante un tiempo.  

BEATIFICACIÓN. El obispo de Tucumán decía al Rey de España en el proceso de beatificación: «…. varón sencillo, de prudencia cristiana y cuya vocación se mostró por el celo grande de dar a conocer a Cristo y convertir las almas de los indios, dando ejemplo con sus obras. Con los ocloyas bautizó…pasó grandes extensiones de tierra donde apenas a pie se puede andar. Se ganó a los indios con dádivas, predicación y obras».

En la historia de la provincia del Paraguay, escrita en latín por Manuel Serrano Sanz, traducida por el P. Nicolás del Techo y publicada en 1879, se habla bastante del P. Osorio. Leemos: «Los ocloyas residen en las fronteras del Perú y del Tucumán, en la jurisdicción de Jujuí. En años anteriores los visitaron frailes franciscanos por mandato del obispo y les predicaron; un religioso de otra Orden bautizó algunos indios; mas con el transcurso del tiempo, gentiles y neófitos, vivían diseminados sin tener sacerdotes ni recibir Sacramentos. Un tal Ochoa, rico santanderino, encomendero de los ocloyas, solicitó los auxilios del P. Gaspar Osorio, que se preparaba a entrar en el Chaco, pues sabía que sin falta cruzaría por el país de dichos indios.

Lo que sé de estos se reduce á que eran de carácter pacífico, y enemigos de hechiceros, y que estaban envueltos en errores nada más que á causa de no regirlos sacerdotes cristianos; parecía cosa indudable que una vez instruidos en la sana doctrina, la abrazarían resueltamente. En Sicaya, primer pueblo de los ocloyas, acogieron bien al P. Osorio los principales indios; muchos recibieron allí el bautismo, y en otros lugares cien niños y bastantes mayores. El P. Osorio se dirigió á los guisparas y el P. Medina á los guarcontíes, y hallaron los propicios. Luego anduvieron fructuosamente por las tierras de los homoguacas; el P. Medina enfermó y tuvo que regresar a Salta; el P. Osorio pasó la Cuaresma en Jujuí; después volvió al país de los ocloyas con el P. Antonio Ripario, y procuró congregar en un paraje los indios vagabundos, a fin de con más facilidad catequizarlos.

En efecto: los caciques, sabedores de esto, se reunieron, y á once millas de Jujuí echaron los cimientos de una reducción; acudieron pronto más indios, a excitación (por el empeño) de la Compañía, y construyeron un templo y casas, con grande alegría de los españoles. Seiscientos ocloyas recibieron el bautismo. Cuando el P. Medina recobró la salud, le fue encomendado por el P. Osorio el gobierno de la reducción. Mas los frailes de San Francisco alzaron la voz diciendo que los jesuitas segaban mies ajena, pues ellos, en años anteriores, habían predicado á los indios mencionados. Enterados de esto el gobernador y el Obispo del Tucumán, rogaron á los franciscanos que dejaran sus reclamaciones hasta que la expedición al Chaco tuviese lugar, y entonces se vería lo que procedía según derecho. No se aquietaron los frailes, y llevaron la cuestión á la Audiencia y al arzobispo. El Provincial, Diego de Boroa, amante de la paz, con increíble dolor, accedió á que los franciscanos se encargaran de regir el pueblo de los ocloyas, convertidos y reducidos por la Compañía con harto trabajo».

EXPEDICIÓN. Se habla de la expedición de Gaspar Osorio y Antonio Ripario (como le llamaban allí). Cuenta con cierto detalle cómo emprendieron el viaje a pie por medio de bosques espesos y espinos. Se añade: «Quedó solo el P. Ripario, expuesto a las acometidas de los salvajes y a la voracidad de los tigres, y el P. Osorio volvió a Jujuí en busca de un guía. Una voz interior le decía que no dilatase la expedición, y por tanto, sin oír los consejos de los españoles, se puso de nuevo en marcha. Al fin llegó donde estaba el P. Ripario. Ambos, muy de mañana, celebraban Misa en un altar portátil, doctrinaban a los indios con quienes tropezaban, y los atraían haciéndoles pequeños regalos; algunos de los llamados por los españoles palomos y pintadillos ó labradillos, se les murieron.  Como faltasen víveres á los pocos días, el P. Osorio dispuso que el Padre (sic) Alarcón fuese a Jujuí a fin de procurarlos, y con él varios labradrillos; éstos, instigados por Satanás y por odio á la religión, dieron muerte al P. Alarcón, devoraron sus carnes y, llevando el cráneo del mártir como trofeo de semejante crueldad, se dirigieron al sitio en que pernoctaban los PP. Osorio y Ripario, con ánimo de asesinarlos». Como se ve los datos no coinciden en todo con lo más confirmado por los historiadores. Llaman Padre al joven Sebastián, que aún no era jesuita.

El caso es que dedican el capítulo XXVII a la muerte de los dos sacerdotes. «Llegó la noche y los bárbaros quitaron violentamente a los misioneros el equipaje que les servía de cama y el altar portátil.

Ellos, viendo cercana su última  hora se pusieron a orar, animándose mutuamente. Por la mañana fueron asaeteados por los indios, quienes, con golpes de macana les cortaron la cabeza en señal de triunfo. Algunos afirman que el no devorar la carne de los cadáveres fue por ser éstos muy flacos, efecto del prolongado ayuno. Al llegar la noticia a Salta se celebraron exequias con más pena que ostentación y lo mismo hizo en la capital del Tucumán el obispo D. Melchor de Maldonado.

Curiosamente, fue un fraile de San Francisco el encargado del panegírico de los mártires. En la semblanza del P. Gaspar Osorio se lee: «Algún grave dominico, oyéndole predicar, lo comparó á los Apóstoles. Murió a los 41 años de edad, de los que 27 había sido jesuita». El P. Nieremberg (Varones Ilustres) dice: «Tuve la dicha de vivir seis meses con él y le consideré siempre un gran siervo de Dios».