Lo bello es breve

A. Benito
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Desobediente, locuaz, ácida y, simplemente, genial, la poeta saldañesa Ajo es desde hace varias décadas referente indiscutible de la cultura experimental de nuestro país

Lo bello es breve

Se fue de Saldaña a Madrid con la excusa de estudiar Contabilidad, pero rápidamente se dio cuenta de que aquello no era lo suyo. La verdad es que por aquel entonces ya sospechaba que si algo tenía que pasar, no iba a ser en su localidad natal. 


Después de estar un año en Londres aprendiendo inglés regresó a España y haciendo autostop llegó hasta Berlín. «Aquel viaje iniciático y maravilloso me ha durado toda la vida», afirma Ajo, micropoetisa y referente de la cultura experimental de nuestro país.


«Adelantarse no sirve de nada», continúa esta agitadora que, al parecer, ha aprendido la lección después de haber ido toda la vida unos cuantos pasos por delante. Desobediente, locuaz, ácida, irónica y, simplemente, genial, su trayectoria artística comenzó a mediados de los 80, como integrante del grupo femenino Espérame fuera, no tengo fuego. 


«Después, junto a Javier Colis, seguí como letrista y cantante de Mil Dolores Pequeños. También creamos un sello discográfico de música experimental, Por Caridad Producciones, con el que nos arruinamos», continúa la artista saldañesa, que siempre se ha movido por las «carreteras secundarias de lo cultural». 


Cuatro discos y varios singles, entre los que destaca De la piel pa’dentro mando yo, convertido en himno antiprohibicionista, fueron el resultado de aquella intensa etapa. «Hice lo que quise, sí, pero lo cierto es que no me comí un colín», comenta Ajo, que también dirigió durante varios años los festivales de música electrónica y experimental, Experimentaclub, y de poesía y polipoesía, Yuxtaposiciones.


Fueron años «buenones», pero las crisis doblegan, y así fue como esta irrepetible artista devino en micropoetisa. «La brevedad siempre ha existido, yo no me he inventado nada, excepto el término», explica al tiempo que se confiesa fan de lo «insignificante, de los detalles, de los disparos y del doble filo». 


Considera Ajo que en estos tiempos en los que la gente «habla mucho y dice poco», no está de más valorar la economía del lenguaje. «Me gusta hasta lo que no me gusta, pero la micropoesía es mi manera de destilar el pensamiento», añade una mujer única que, como su obra, es pequeña en tamaño y enorme en capacidad de remover conciencias y sentimientos.


«La poesía es filosofía en movimiento, y siempre me ha gustado dejarme libre, por eso ahora estoy trabajando otro tipo de formatos», avanza Ajo, que piensa y traduce en palabras «para que la realidad no duela tanto». 


Preocupada por esta crisis «que lo ha devastado todo» y se ha ensañado, una vez más, con la cultura, esta poeta fuera de la ley, la más leída del siglo XXI, una heredera del rock y del cabaret que ha actuado más veces en Nueva York que en Palencia, mira hacia el futuro con incertidumbre, enfadada por el enésimo abandono al sector y aterrada por la precariedad que lo rodea. «Esto supera la ficción, debe ser la realidad», dice uno de sus micropoemas más famosos.