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Monte El Chivo, atalaya natural

Alfonso Santamaría Díez
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Entre los montes de Magaz y Villalobón, a unos 4 kilómetros de la capital, se encuentra este espacio que se puede recorrer íntegramente por sendas y que alcanza una altitud cercana a los 870 metros

Monte El Chivo, atalaya natural

A unos 4 kilómetros de la capital, entre los montes de Villalobón y Magaz, se encuentra el popularmente conocido como monte El Chivo, al que se puede acceder por dos caminos: el más popular, transitado y de menor dificultad parte del cementerio de Nuestra Señora de los Ángeles; el menos conocido, concurrido y de mayor pendiente se inicia en el polígono de San Antolín y nos lleva a la subestación eléctrica, donde comienza una empinada subida. También se puede subir por los múltiples senderos que surgen de estos caminos y nos introducen de lleno en la peculiaridad de este paraje, hasta hace treinta años degradado, pero que ha sido lentamente recuperado con repoblaciones de pinos, encinas y cipreses. 

Este monte se puede recorrer íntegramente por sendas localizadas en las faldas, en la zona intermedia o en la cumbre de ladera, que alcanza una altitud cercana a los 870 metros y nos descubre una sorprendente panorámica de Palencia y cuanto la rodea, además de los pueblos que la circundan, las cercanas poblaciones del Cerrato, sus montes, valles y cerros, y una magnífica visión de la Montaña Palentina. Mirador natural, atalaya que permite también observar el trazado y tráfico de las autovías, la circunvalación y el vial, El Chivo es un paraje que evade, atrae, engancha y se disfruta por igual si se transita a pie, corriendo o en bici. 

En invierno tiene encanto. Si hay niebla en la capital y luce el sol en el páramo, es un privilegio caminar por encima de la bruma que oculta la ciudad. Si, como este año, cae una buena nevada, puedes tener la sensación de pisar nieve en el norte palentino. La primavera transforma el paraje, lo envuelve en magia, el paseo es placentero e invita a recorrer los caminos del páramo y ver crecer los cultivos de cereal. En verano no es fácil aguantar la canícula, a no ser que madrugues, o transites con la brisa, pero también tiene atractivo superar el calor y la dureza de este paraje y sus temperaturas extremas. En otoño seduce y la amplitud del páramo invita a pisar las rastrojeras, atajar por las tierras mientras percibes sensaciones que te liberan de rutinas y disciplinas. 

Monte El Chivo, atalaya naturalMonte El Chivo, atalaya naturalSi estamos en El Chivo al atardecer podemos disfrutar del ocaso del sol, ver cómo languidece el día y la ciudad pierde su luz natural, a la espera de la oscuridad y de que nos sorprenda la noche y la luminosidad y belleza que desde los cielos de este monte muestra Palencia.

REFUGIO Y PÁRAMO. Hace bastantes años un selecto y reducido número de andarines frecuentaba este monte como lugar de recreo, de paseo y bronceado, de encuentro y tertulia. Los más activos construyeron, con mucha paciencia y dedicación, al menos tres casetas con las piedras que los labradores sacaron de sus tierras. De los tres refugios solamente se conserva el que se encuentra al coronar el camino que parte del cementerio, original construcción que sujeta su techumbre con barras de hierro, sobre la que se depositaron lonas, cartón piedra, matorrales, ramajes y piedras. Con asientos de piedra en el interior y en el exterior, este ejemplo de arquitectura popular, es un lugar privilegiado para divisar la ciudad, tomar el sol y charlar en el que los jubilados emplearon horas, ingenio, ilusión y trabajo, para resguardarse del sol, de la lluvia y de las inclemencias del tiempo. 

Muy cerca del refugio se inicia un camino que recorre el árido y pedregoso páramo de Magaz y que nos lleva a un terreno que hace años tuvo atracción y ambiente gracias a un pozo y una caseta, donde los jubilados charlaban y ocupaban su ocio. Allí plantaron cipreses y arbustos. 

Monte El Chivo, atalaya naturalMonte El Chivo, atalaya naturalEl pozo, único lugar con agua en el secarral del páramo, tiene un ancho brocal de piedra, protegido con tapa de chapa y armazón de hierro para sujetar la polea de donde colgaba la soga que ataba el caldero para sacar agua fresca, agua buena que calmaba la sed de quienes disfrutaban del paraje, y servía para regar los árboles y plantas, y llenar la pila y la canaleta para que bebieran las aves. Desaparecieron hace unos años el caldero, la soga y la alargada caseta y aún se pueden ver amontonadas sus piedras y su techumbre de chapa.

LAS TERRAZAS Y EL CHOZO. Desde el terreno del pozo seguimos el camino al encuentro del que lleva a Magaz, para llegar al final del páramo, donde se encuentra una pequeña central que hace frontera con las laderas de pinos con vistas a Magaz, Soto y Reinoso. Desde aquí podemos volver a Palencia por el mismo sendero que vinimos o seguir la ladera en busca de las amplias sendas que la bordean y que mi amigo, el nativo del Chivo, denominó terrazas, miradores privilegiados para caminar o correr y disfrutar de las vistas. 

Las terrazas nos llevan al encuentro del chozo del pastor, nativa construcción que, junto con el pozo y el refugio, resistieron el paso de los años. Desde este punto podemos tomar el camino que viene de Magaz y nos lleva a Palencia por la subestación, pero si tenemos tiempo y ganas, merecerá la pena seguir caminando por las terrazas y bordear todas las laderas y valles que pertenecen a Magaz. Aparecerán derruidas tenadas y un original chamizo excavado en la ladera, con sotechado de chapa, que tiene como vigas viejos postes de madera que se usaron en los tendidos eléctricos. 

Monte El Chivo, atalaya naturalMonte El Chivo, atalaya naturalLas terrazas nos muestran vistas cerrateñas hasta alcanzar las laderas del monte El Chivo, del que descenderemos por el camino de la subestación, o por sus empinados senderos, mientras divisamos el polígono y la capital.

PERSONAJES DEL CHIVO. Entre las personas que he conocido en mis muchos años de andar por el monte El Chivo y el páramo de Magaz, he de destacar a Carlos, guardia civil jubilado que subía a diario y disfrutó de innumerables horas de tertulia y solana junto al refugio o en el pozo. Plantó los chopos que encontramos en el inicio del camino del Chivo, una vez pasado el cementerio, y los que hay antes del puente de la autovía. Por iniciativa de Carlos, algún árbol de estos planté yo. También se preocupó de reclamar unos altillos, para evitar pisar la abundante agua de un manantial que inunda el paso inferior bajo el puente de la circunvalación. 

Recuerdo que recogí su petición y escribí una carta al director del Diario Palentino, que entregué al entonces redactor jefe, Gonzalo Ortega Aragón. La carta se publicó y al poco tiempo se adosó un altillo en la parte izquierda del pasadizo y otro en el pasadizo del camino que parte del polígono de San Antolín, con el mismo problema. 

Monte El Chivo, atalaya naturalMonte El Chivo, atalaya naturalOtros personajes que conocí en El Chivo fueron Ofelia, Dori y Ramoni que subían a diario, tanto en invierno como en verano. Además, subían casi todos los días las conocidas como La madre y la hija; La rubia y la morena; y Berta y Pilar. La mayoría de estas personas ya no pueden subir, salvo Ofelia que es más joven y sube con Faustino, su marido. Vaya este recuerdo para estos peculiares y amables personajes, nativos del Chivo, que tanto disfrutaron de este monte, algunos tristemente fallecidos.

'GUARDIANES DEL CHIVO'. Con este título, en el año 2013 Diario Palentino publicó un trabajo de su redactor Carlos H. Sanz sobre la altruista labor de dos jóvenes palentinos que, hartos de encontrar basura durante sus escapadas en bici al monte, decidieron ponerse manos a la obra y limpiar lo que otros arrojaban. 

Grabaron y colgaron en Internet videos-protesta con los distintos desperdicios que encontraron, como botellas, envoltorios de barritas energéticas, latas, sillas rotas, incluso escombros. Pedían a los palentinos responsabilidad y, al mismo tiempo, solicitaban a las autoridades que prestasen un poco más de atención al Chivo.

Monte El Chivo, atalaya naturalMonte El Chivo, atalaya naturalestado actual. Mucha importancia tuvo la denuncia de estos jóvenes del lamentable estado de abandono del Chivo y, a partir de entonces, parece que se observa mayor cuidado en no arrojar desperdicios. En las podas se recogen los ramajes y se amontonan al lado de los árboles, con lo que el peligro de incendio sigue estando presente; al menos hay menos botellas que puedan provocar un incendio, y parece que los senderos y sendas están limpios. 

En el interior del refugio es una pena que se acumulen desperdicios y algunos desaprensivos deterioren lo que tanto costó hacer a aquellos jubilados, que ya no pueden disfrutar, ni siquiera ver, su monumento, porque sus piernas están tan cansadas que no les permiten realizar esas distancias, y otros porque se agotó su vida y murieron con el recuerdo de sus muchos días pasados en El Chivo. La parte negativa la aportan los moteros, que han marcado todas las laderas con sus sendas y trialeras, erosionando de forma notable este monte.

AEROGENERADORES. Los asiduos del monte El Chivo observamos hace unos años que un paraje que no había cambiado en mucho tiempo iba a experimentar un espectacular cambio, con la futura instalación de cinco aerogeneradores, en terrenos cercanos a los cerros conocidos como Los Cinco Picos y, más tarde, otros seis en fincas del páramo de Magaz. Los molinos del Chivo dependen de sus vientos, pero han transformado el monte, quitado protagonismo a sus cimas y cambiado su peculiar hábitat.

Monte El Chivo, atalaya naturalMonte El Chivo, atalaya naturalplantas solares. El páramo de Magaz está sufriendo una profunda transformación: las antiguas parcelas agrícolas se han vendido para instalar en ellas una gigantesca planta solar fotovoltaica, declarada de utilidad pública, en la que se invirtieron once millones de euros para colocar 74.520 paneles fotovoltaicos. La planta ocupa una gran extensión del páramo de Magaz, que ha dejado de ser un productor de cereal, para convertirse en un productor de energía solar. 

La tranquilidad de este páramo se ha visto quebrantada de la noche a la mañana por los ruidos de máquinas taladradoras que perforan el terreno, camiones y material de obra, tránsito de vehículos por unos caminos por donde apenas circulaban tractores. Al menos salvaron el pozo, los cipreses y el chozo, que se mantienen frente a la alambrada que protege y limita la planta solar. «Es imposible ya pasar por estas tierras, ni se puede atajar por ellas, ni volverá a haber rastrojos que pisar». Ofelia y Faustino no encuentran ya -qué pena- su hábitat ideal para caminar.

PANDEMIA. Tras el confinamiento por el Covid-19, los andarines pasearon por el campo, lejos de la ciudad, y se llenó de personal el monte El Viejo, los caminos, las orillas del Carrión y del Canal de Castilla. El Chivo fue otro de los parajes elegidos para evadirse de la tragedia, vi en este monte más gente en estos tiempos de pandemia que en los últimos 25 años: atletas, cuadrillas de andarines, ciclistas, motoristas, y hasta coches. Nuevas gentes han descubierto este singular paraje, muchos se han hecho adictos.