Una oportunidad desde el Sáhara

Esther Marín
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La familia que durante años acogió a Hasina Salek durante los veranos ha logrado salvar la burocracia para traer a su hijo y ayudarle con los problemas de salud que padece

Una oportunidad desde el Sáhara - Foto: Á“scar Navarro

«En toda España, no creo que haya una familia más buena». Hasina Salek es tímida, apenas habla, pero esta frase le ha salido de lo más profundo, sin pensarla. Hace apenas dos semanas que ha regresado a España, a la casa a la que vino desde el Sáhara por primera vez hace 16 años y en la que se siente como una más.
Pero su regreso a Palencia ha sido por un motivo muy diferente. Aquellas vacaciones de verano en las que tanto disfrutó y en las que compartió todo con su familia de acogida, hoy se han convertido en una estancia para ayudar a su hijo Brahim. El pequeño, a sus cinco años, padece un problema hormonal, lo que ha motivado que sea necesario realizarle pruebas y comprobar su estado de salud.
«Allí la sanidad es muy precaria y desde que supimos que al niño le pasaba algo hemos estado luchando para que pudieran verle aquí profesionales médicos», explica Patro Alonso, la madre española de Hasina, como a ella le gusta llamarla.
Los trámites no han sido fáciles. Dos años han sido necesarios para conseguir que la madre y el niño se trasladaran desde el campo de refugiados en el que viven y, de esta manera, que el pequeño reciba la asistencia médica que precise. «Al no ser un problema grave, las autoridades sanitarias no querían dejar que saliera del Sáhara, pero para nosotros y para su familia es algo importante», apunta Patro Alonso. Por ello, en este tiempo ha sido mucha la documentación, los trámites y las reuniones que han tenido que mantener ambas partes para lograr cruzar fronteras con todo en orden.
«El padre del pequeño ha estado allí luchando mucho para que pudieran concederles el visado y permitir que recibiera atención aquí. Además, Jesús Merino, el presidente de la Asociación de Amigos del Pueblo Saharaui, se ha volcado desde el primer momento y ha llamado a todas las puertas que ha sido necesario para conseguirlo», cuenta Laureano García, su padre español. Al final, un visado hasta el 20 de noviembre, con la posibilidad de ampliarlo un mes más.
Brahim estaba recibiendo un tratamiento que le pusieron en Argelia, «pero a los médicos de aquí no les ha gustado mucho», por eso está pasando por diferentes especialistas para lograr acertar con el adecuado.
un respiro. El pequeño parece ajeno a lo que los mayores comentan. En silencio, con la mirada atenta a lo que le rodea y con una sonrisa permanente en su boca, este tiempo fuera de su entorno supone para él un respiro y una renovación de fuerzas para continuar con la vida en el Sáhara. «Todo es muy diferente, pero allí está mi vida. A mi marido le gustaría venir a España, pero yo quiero estar con mi familia», dice su madre,  que ahora tiene 25 años.
La primera vez que vino a Palencia tenía 9 años. Una amiga de la familia de acogida les animó a participar en el programa Vacaciones en Paz por el que cada año llegan niños saharauis para disfrutar del verano. «Pedimos una niña, pero  había más niños y nos pareció bien que viniera con nosotros», recuerdan. Entonces vivían también en casa las dos hijas del matrimonio, Yoana y María del Mar. «La pequeña no estaba muy convencida de que fuera un chico, pero al final lo disfrutó como la que más y lo tuvimos durante cuatro años», comenta la madre.
Ese pequeño era el hermano de Hasina. «El vínculo que creamos con su familia con el tiempo comenzó a ser muy fuerte y, cuando la familia decidió que viniera su hija, solo querían que fuera con nosotros», recuerdan. Y así fue durante los cinco años siguientes, tiempo en el que los lazos entre las niñas y las familias se hicieron cada vez más estrechos.
De hecho, la relación ha sido tan buena en estos años que, en distintas ocasiones, también han estado en casa de forma temporal otra hermana, un sobrino y un cuñado. De igual modo, los García-Alonso han viajado hasta el Sáhara. «Hemos estado seis veces allí y son personas maravillosas. Siempre que hemos ido se desviven por nosotros. Si no tienen algo lo buscan donde sea para que estemos cómodos», señala Laureano García.
Patro Alonso recuerda la primera vez que visitó los campamentos. «No tenían nada más que la haima en la que vivían todos. Para llamar a casa a mis hijas tarde más de hora y media en llegar a un teléfono y no pude contactar con ellas. Me pasé todo el día llorando», cuenta. «Me recordaba a mi niñez, a mi pueblo, Las Cabañas de Castilla. Allí se acoge a cualquiera que llegue a una casa y la unión que tienen las familias es algo especial, algo que aquí se ha perdido», dice. «Su vida es completamente diferente a la nuestra, por eso cuando la conoces o te engancha o no vuelves», reconoce García.
Las cosas han cambiado algo. «Les compramos dos placas solares para la luz y ahora tienen algo más parecido a una casa, con cocina y suelo de baldosas», dice el padre. Parte de todo ello es gracias a la ayuda que reciben de personas anónimas como esta familia palentina, que cada dos meses envía paquetes con alimentos, enseres de limpieza y otros útiles que allí necesiten.
Hace unos años, a Hasina Salek le ofrecieron la oportunidad de quedarse a estudiar aquí, «pero su madre no quiso; prefería tenerla allí». Está contenta en Palencia, pero deseando que el niño mejore para regresar a su casa, donde ha dejado a su hijo pequeño de dos años y medio. «Estoy muy agradecida. Espero que mi hijo mejore y podamos regresar a casa, pero no olvidaré todo lo que están haciendo por nosotros», concluye.