Muiños: "Una persona que ha sido adicta no es una fracasada"

Ical
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Entrevista con Manuel Muiños, sacerdote y presidente de Proyecto Hombre en Salamanca, que recibirá el Premio Ical al compromiso humano

El sacerdote y presidente de Proyecto Hombre en Salamanca, Manuel Muiños. - Foto: Rubén Cacho (Ical)

Aunque de raíces gallegas, Manuel Muiños (Redondela, 1966) es ahora castellano hasta la médula. Y es que al presidente de Proyecto Hombre en Salamanca, la capital del Tormes le «ha dado sentido» a su vida «como sacerdote y como persona». Pero él, por un «providencial» cúmulo de circunstancias, quizá le haya dado más a su tierra de acogida como impulsor y principal responsable de una iniciativa que lucha cada día por la reinserción «social y espiritual» de todo tipo de personas consumidas por las adicciones. «Desheredados» de la tierra que, gracias a Proyecto Hombre, cuentan con una segunda oportunidad porque «mientras están vivos, hay que pelear por ellos».
¿Qué es para Manuel Muiños el compromiso humano?
Servicio, entrega y disponibilidad hacia los demás. Porque creo que es labor de todos construir. Yo estoy muy empeñado en hacer equipo, no en competir, porque todos estamos en el mismo barco y, o cuidamos este mundo y lo mejoramos entre todos, o lo vamos a pagar caro.
¿Existe el compromiso humano hoy en día o se está perdiendo progresivamente en estos tiempos tan convulsos?
Yo quiero creer que sí, que hay compromiso. No luce como probablemente luce el lado oscuro, pero sí hay un compromiso en muchas personas. Hay gente muy solidaria, muy entregada, gente que siente. El problema es más de fondo, del sentido de la vida y del contenido que damos a nuestra existencia. Quizá nos estamos llenando de mucha formación intelectual, que es necesaria, pero nos falta esa formación espiritual. Y no digo religiosa, sino espiritual, en el sentido del crecimiento personal del ser humano. Pero sí hay gente que está ahí, comprometida.
¿Fallan los medios, las redes sociales, por comunicar más ese lado oscuro del ser humano?
Fallamos porque el mensaje que estamos dando en la sociedad de hoy es desde la superficialidad y la relatividad. A veces ponemos cara de pepinillo en vinagre, como dice el papa Francisco, por cualquier cosa y, sin embargo, cuando tenemos que ponernos serios y posicionarnos ante situaciones de injusticia de verdad, no lo hacemos.
¿La crisis nos hizo más egoístas?
Nos ha resituado, para bien y para mal. Porque a algunos los ha resituado muy bien, económicamente hablando, y a otros los ha hundido más abajo. Pero humanamente hablando, desde valores y sentimientos, por lo menos ha dado que pensar para ver que se puede vivir de otra manera, sin tanta avaricia, envidia y egoísmo, y ser más naturales, normales y sencillos. Creo que la crisis todavía nos tiene que dar una vuelta de tuerca para seguir pensando y profundizando más.
Usted que trabaja diariamente con personas marginadas socialmente, ¿existen también aquí, en Castilla y León, esos condenados de la tierra de los que hablaba Fanon en los años 60?
Condenados no lo sé, desheredados, desprestigiados y descartados sí. Existen y están muy cerca. Y no solo materialmente hablando. Hay muchas soledades, tristezas, dolores, angustias y agobios que están ahí y que descartan a la gente y resultan incómodos a la sociedad. Hay que estar y ser con el otro, porque la vida es encuentro, aunque el encuentro no es fácil con el rostro amargo de la vida. Pero hay que partir de que el otro podría ser yo, porque la vida da muchas vueltas.
¿Qué lleva a una persona a caer en la drogodependencia?
Eso no es acostarse por la noche y levantarse por la mañana. Es un proceso que va más allá de la sustancia y de la dependencia en sí. Volvemos a lo mismo: a las carencias personales, sociales, afectivas y relacionales. Es un cúmulo de circunstancias que yo comparo con entrar en una playa con mucha resaca: te metes hasta la rodilla y, cuando te quieres dar cuenta, estás metido hasta el cuello. Y si eres consciente de ello y pides ayuda, bendito de Dios, pero si no, lo tienes muy complicado.
¿Se sale definitivamente de las drogas?
Sí. He visto personas que han salido de las drogas y han vivido sin ellas toda su vida. Pero no es tarea fácil.
Y, ¿de la estigmatización social que conllevan?
Eso es más complicado. Tenemos una sociedad a la que le cuesta entender que una persona que repite curso no es un fracasado escolar, y que una persona que ha sido adicta a una sustancia no es una fracasada para toda su vida. Necesitamos una sociedad que entienda esto, porque si una sociedad no reinserta, nos lo pone muy difícil. En primer lugar a la persona que quiere hacer el cambio en su vida y, en segundo, a quienes estamos intentando arroparle y acompañarle en ese proceso. Por suerte, hay mucha gente que lo entiende, arrima el hombro y abre las puertas de su casa y de su corazón para poder echar una mano.
Hay drogas, como el alcohol y el tabaco, que están socialmente aceptadas. ¿Son igual de malas que las demás?
El problema del alcohol es grave y serio, lo disfracen como lo disfracen. Y afecta a todos los niveles y a todas las edades. Estamos viviendo situaciones muy dramáticas y muy duras. Otra cosa es que las drogas, últimamente, como las hemorroides, se sufren en silencio, de puertas para adentro. Pero mucha violencia social, de género, situaciones que se viven en la sociedad de hoy, detrás tienen un consumo inadecuado de alcohol y de otras sustancias. Su consumo está muy normalizado y es uno de los problemas: la normalización del consumo y de la presencia de las sustancias en el entorno. Y nadie se escandaliza ante el olor de la marihuana o ante el botellón y las macrofiestas. Hay que volver a educar para un consumo adecuado, porque hay algo que no estamos haciendo bien en esta sociedad cuando el tema de las adicciones está ahí y va a estallarnos en cualquier momento.
¿Qué hay que decirle a un adolescente sobre las drogas? ¿Cómo debe gestionar una familia los primeros escarceos?
El trabajo viene desde la infancia. Hay que vivir en ese acompañamiento, en ese ser y estar con el otro. No podemos pretender comprar la felicidad de nuestros hijos desde el tengo. Hay que educar en el ser y en el estar. Y eso implica estar a su lado en un proceso de crecimiento y de madurez, en un nivel de diálogo, confianza y empatía.
¿Estamos educados en la posesión y no en la comprensión?
Vivimos en una sociedad muy de imagen, de apariencia, de vender humo, y eso al final se desvanece. Porque, en el fondo, la gente lo que demanda es escucha, encuentro, diálogo, comprensión y cercanía. En cambio, nos relacionamos en las redes sociales. Pero ahí no afloran los sentimientos, porque los sentimientos no se expresan en las redes sociales ni por teléfono, sino con un apretón de manos, un abrazo o mirándonos a los ojos.
¿Es por eso Proyecto Hombre un oasis en el desierto?
Proyecto Hombre es un proyecto educativo y terapéutico, un método que conlleva un estilo de vida que intenta hacer de este un mundo más humano y más hermano. Cuando alguien entra por la puerta, ni le juzgo ni le condeno. Estamos aquí para que cuente con nosotros, para acompañarle y para decirle que la vida es posible de otra manera, y que hay gente que cree en las personas.
¿Cómo valora la gestión del problema de las adicciones desde las instituciones?
Se hace todo el esfuerzo que se puede, pero no sé si de la forma más adecuada. Se centran en los programas de prevención, pero hay una carencia en los programas asistenciales, cuando las personas ya están metidas en la charca. Creo que hay que trabajar también esa línea de tratamiento con las personas y no solo en la prevención, porque detrás de esa persona hay un entorno familiar y social donde un problema de adicción genera tensión y conflicto. Y eso hay que tratarlo y acompañarlo, y no solo con una pastilla. Porque estamos en una sociedad muy medicalizada, donde todo lo arreglamos con una pastilla, hasta el duelo por la muerte de un familiar. Y por la muerte de un padre, una madre o un hijo es normal sufrir, y quizá sea más necesario un hombro para llorar que una pastilla para dormir, porque cuando despierte seguiré igual de hecho polvo pero tendré a alguien al lado con el que sepa que no estoy solo en el dolor.
¿Cómo responde la gente de la calle? ¿Cerramos más los ojos cuanto más cerca tenemos el problema?
No queremos verlo porque duele y, cuanto más cerca, menos lo queremos ver. Pero no es verdad que la familia sea la última en enterarse, es la última en reconocerlo porque lo primero que hace es culpabilizarse: qué hemos hecho mal como padres, como pareja. Y ahí empiezan una serie de conflictos personales internos que llevan a actuar de una forma inadecuada o a bloquearse. Pero no hay nada que juzgar. Cada uno reaccionamos de la manera más imprevista porque somos humanos. Lo importante es que haya una persona al lado que te diga «se puede, se sale». No es fácil pero merece la pena el esfuerzo. Porque, mientras están vivos, hay que pelear por ellos.
Como hombre de Iglesia, ¿está sabiendo ésta dar respuesta al problema de las adicciones y a las necesidades sociales y espirituales que tiene la sociedad en el siglo XXI?
Como hombre de Evangelio, que también de Iglesia pero primero de Evangelio, creo que la Iglesia está haciendo lo que buenamente puede, pero no todo lo que puede. Siempre se puede hacer más. Pero la Iglesia en Salamanca es solidaria y está muy implicada. Creo que es de las Diócesis más solidarias que puede haber.
¿El ser humano es capaz de aceptar y aprovechar las segundas oportunidades?
Sí, lo que pasa es que hay que romper con la primera ola, que siempre te devuelve a tierra. En cuanto superas la primera, luego ya nadas tranquilamente, pero la primera es difícil. Después, cuando se lo creen, esto funciona, porque el primer protagonista es la persona que tiene el problema. Así que cuando asume, acepta y decide hacer un cambio, va para adelante.
¿Qué es lo más gratificante de una iniciativa tan dura de vivir desde dentro como Proyecto Hombre?
Las altas terapéuticas, las sonrisas y las lágrimas de emoción que vivimos en muchos momentos, porque no solo son momentos de dificultad, duros y complejos, sino que hay un final en el que ves que hay una nueva persona. Es el momento más feliz. El más triste es cuando nos dejan para siempre, que a veces pasa, desgraciadamente, y te deja una sensación de que se te ha ido entre los dedos como el agua en un cesto. Pero ver a los que salen, a su familia, y cómo han recuperado su vida, es muy gratificante.