El sabotaje de Sánchez

Antonio Pérez Henares
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El presidente será uno de los responsable si Bélgica no autoriza entregar a Puigdemont y a los otros independentistas fugados

Dos años de esfuerzos de la judicatura española para conseguir la extradición del prófugo Puigdemont y sentarlo en el banquillo de los acusados pueden haberse ido por el desagüe por una monumental cagada, no encuentro expresión más ajustada, de nada menos que nuestro presidente en funciones quien, más que actuar como tal, se comportó como un chulo de billar.
Había ya amagado en el debate de sus calladas por respuesta a los pactos con el separatismo y a su concepto de España y cuales son sus naciones según su parecer, pero ya soltó la primera perla de que «él lo iba a traer». El remate tuvo lugar ante los micrófonos donde Sánchez, en su versión más insensata, con sonrisilla sobrada, airecillo de matón y escorzo de fantasmón, la metió hasta el corvejón con su bravata de que la «Fiscalía estaba a sus ordenes y haría, por tanto, lo que él gustara mandar». Con ello, se ciscaba en la separación de poderes, inherente y preceptiva en toda democracia, ponía a la Justicia y a nuestro Estado de Derecho en un brete y daba la más peligrosa munición al separatismo quien, de inmediato, la aprovechó y reiterará hasta la saciedad por Europa y el mundo. Porque, fuera por torpeza, por ignorancia, por estupidez, por oculta intención o por todo a la vez, Pedro Sánchez, presidente en funciones del Gobierno de España, ha cometido un verdadero acto de sabotaje contra nuestra Nación. En una cuestión trascendental, donde está en juego nuestro prestigio internacional y nuestra propia vertebración territorial, es quien más debiera mirar por garantizarla y defenderla quien nos hace estallar una bomba en las tripas. Y los españoles podremos pensar y colegir, por ello, que si los siempre reacios belgas negaran ahora la entrega de los prófugos con Puigdemont en cabeza, uno de los responsables directos de tal bofetada a España no otro que su propio presidente Pedro Sánchez sobre el que este mismo domingo habremos de votar.
Han sido esas urnas, que cuando pensaba tenerlas de dulce se le han comenzado a amargar, el detonante del tremendo petardazo. Se vislumbró ya su estado anímico convulso en el debate. En su mirada huidiza, en su envaramiento corporal y sus silencios ante lo que estaba en la obligación de responder. Sánchez fue, junto al cada vez más desahuciado Rivera, el perdedor del debate, a pesar que desde las terminales del PSOE se hincharon a votar a mansalva en las encuestas digitales para trampear el resultado. Al día siguiente, además, le reventó lo que había conseguido que no lo hiciera el día anterior, el terrible dato de los 100.000 parados más y la cínica sandez de su lugarteniente Ábalos aseverando que era cosa buena porque significaba que las gentes confiadas en encontrar trabajo eran las que se habían ido a apuntar. El jueves llegó la sentencia de la UE. Las predicciones sobre el aumento del PIB se rebajan un 0,4% y ya quedan por debajo del 2%. Y eso, en nuestra economía, es letal para la creación de empleo.
La ocultación de la realidad para resguardar a Sánchez ante sus rivales de debate y el intento de minimizar el asunto y sus aún más desastrosas perspectivas no hizo sino empeorar la pulsión de la opinión general y se convirtió en otra de las costaladas que se ha venido dando desde que decidió a reconvocar elecciones pensando en que las ganaba de calle. El comodín Franco ya se lo jugó y solo le ha servido para engordar a Vox. Y lo de Cataluña y lo que oculta su inanición, tras su embanderamiento de atrezzo y baladronadas preventivas, puede darle un pescozón de todavía no medidas dimensiones.


Incapaz

Porque algo va quedando cada vez más fijado en la percepción ciudadana. El Gobierno es incapaz, y ni siquiera lo parece intentar, tratar de garantizar los derechos y las libertades de las gentes. Viene a aceptar que su conculcación y la intimidación y coacción que los separatistas ejercen en carreteras, vías férreas, estaciones, aeropuerto, colegios y universidades es algo «normal» con lo que hay que tragar y que el ser amenazado, insultado, escupido, agredido y hasta impedido de asistir a un acto del Jefe del Estado es algo que al Gobierno no le corresponde atajar.
La jugada, siempre para Sánchez en clave de conseguir mantenerse en el poder al precio que sea, aflora cada vez con mayor claridad. Blanquear a una parte de los secesionistas, Junqueras y Rufián, y convertirlos a través del Agitprop mediático, en ello están, en los «separatistas buenos» -como si no tuvieran que ver con los «separatistas malos», los incendiarios de Torra, el Gandalf de los encapuchados CDR- y con los que si le dan los números pactará de nuevo y a quienes, claro, habrá que exonerar de sus delitos y liberar de la cárcel. 
Con ellos y con Podemos es, no tengan duda alguna, con quienes pretende seguir en Moncloa. Convocó creyendo que no tendría tanta necesidad de ellos, pero si para seguir en el poder le hacen falta ¿alguien tiene la más leve duda de que recurrirá a ellos y que nadie, pero nadie, en su partido rechistará?
Estamos en boca de urna. Lo expuesto hasta aquí algún efecto final sí que puede tener en los resultados, aunque no parece probable que pueda suponer un vuelco total. Hay algo, sin embargo, que flota en el aire y que sí podría tener imprevisibles consecuencias. Es lo que puede suceder en Cataluña en la propia votación. Si las acciones de los separatistas supusieran la conculcación del derecho al voto, ya estaríamos en un escenario de definitiva gravedad. Y el responsable de no haberlo prevenido y evitado, como lo es ya de lo que hasta ahora se ha consentido desde el día 14 del mes pasado, no tiene otro nombre que el de Pedro Sánchez y del partido que lidera y le da soporte político, el PSOE.