Nuevas nuevas de alegría, que parida es María

César Augusto Ayuso
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Un códice procedente del monasterio de Santa Clara de Astudillo revela los orígenes del villancico

Nuevas nuevas de alegría, que parida es María

Para los palentinos de hace un siglo y más, la inminencia de la Navidad la anunciaban las voces de los niños que recorrían las calles entonando villancicos, amén de los guirlaches, turrones y frutas escarchadas que aparecían en algunos escaparates que todos conocían. Eran voces juguetonas que celebraban tanto su liberación por un tiempo de las aulas como el misterio y la poesía que encerraba el ritual cristiano de la Navidad, entonces más entrañado en las iglesias y el calor de los domicilios que en el aire congelado de las calles, que, sin embargo, ellos querían caldear con sus letrillas y sus voces inquietas. Frente a aquella tenue y medrosa luz primera, la lucilina de entonces, se alzan hoy otras luces más deslumbrantes y sofisticadas, y los villancicos, etéreamente enlatados, suenan con estridencia comercial, llamando a la adquisición compulsiva.


Pero este artículo no tiene como fin suscitar nostalgias del pasado ni suspicacias del presente, sino dar noticia de la relevancia de Palencia en la primera literatura castellana de la Navidad. Estrenado este siglo se ha hecho público un hallazgo muy notorio que tiene que ver con el monasterio de Santa Clara de Astudillo. Monasterio que, a los restos de arte mudéjar que conserva, algo insólito en estas llanuras tan dadas al arte gótico y renacentista, y a la leyenda de doña María de Padilla, su fundadora en 1353, añade ahora el de ser eslabón fundamental para el estudio de los orígenes del villancico y del teatro en lengua castellana. Se debe al profesor Pedro Cátedra, de la universidad de Salamanca, tan fundamental descubrimiento, quien oportunamente lo ha estudiado y dado a conocer. Creo que merece la pena que deje de ser solo noticia para filólogos y especialistas y llegue, al menos en su provincia de origen, a conocimiento de otros interesados. 


Se trata de un códice que contiene un cancionerillo de once canciones o villancicos navideños en castellano -el par primero, además, con su pentagrama de música añadido- más un procesionario latino para diversas fiestas. Lo denomina este estudioso Cancionero Musical de Astudillo, y como tal pasará ya a la historia de la literatura. 


¿En qué reside su importancia? El cancionerillo sería el primer corpus o manojillo importante de villancicos en lengua castellana, o, para ser más exactos, de poemas de temática navideña. Porque hoy la voz villancico significa propiamente canción de navidad, y como tal quedó desde el siglo XIX, pero en sus orígenes, villancico era cualquier canción que cantase el pueblo, que si en su temática era muy variada, con predominio de los motivos amorosos, en lo formal no era así, pues obedecía a una métrica contrastada, de versos de arte menor y rima, si no fija, sí reconocida. 


Villancicos se llama a los primeros poemas de la lírica popular castellana, recogidos en cancioneros a partir del siglo XV, y villancicos de carácter religioso se entonaban en las catedrales en las vísperas de las grandes solemnidades: Navidad, Corpus, fiestas de la Virgen… a partir del siglo XVI. Las 11 canciones o poemas que reúne este cancionerillo, y que las Claras entonaban la noche de Navidad, serían de la primera mitad del siglo XV, y se habrían compuesto para glosar antífonas o dar réplica a los himnos latinos que conmemoraban la venida del Niño Dios. 


Este primitivo cancionero romance tenía, pues, un fin litúrgico; es decir, estaba destinado a reconocer y celebrar el gran acontecimiento religioso la noche de Navidad dentro del clima más puro de la tradición franciscana, pues desde aquella viva recreación del pesebre de Belén que hizo san Francisco de Asís en vida con sus frailes y el pueblo, el misterio de la navidad se conmemoraba en los conventos de la orden buscando los detalles más humanos y emotivos, y así se lo transmitían al pueblo valiéndose de la poesía, la música y la dramatización. 


Leyéndolos, se puede ver en ellos los motivos navideños que hasta hoy han pervivido en cualquiera de los villancicos que se han hecho populares. El estribillo del primer poema o cantica es una invitación imperiosa a la alegría: «Nuevas nuevas de alegría, / que parida es María». La Encarnación y el Nacimiento se glosan en ellos, acudiendo tanto a lo que transmiten los evangelios canónicos como a otras leyendas apócrifas. El segundo es una canción de bienvenida al recién nacido: «¡Bien sea venido, / Jhesú niño!». Y su estribillo es glosado con letrillas que refieren tanto el anuncio y la algazara de los ángeles, como el frío del infante en el pesebre y el de aquellos que se lo mitigaban: «Por Segnor le cognoscían / las bestias e lo cobrían / con el feno que comían, / al Chiquito». No falta en otras la adoración de los pastores: «Esta sancta gentezilla, / vyendo tan grand maravilla, / ofrecieron mantequilla / por lo que les prometiste». En realidad, todos estos poemas o cánticos se corresponden con el llamado por la liturgia navideña Officium pastorum o adoración de los pastores, y así hay varios en que son estos los que alzan la voz para decir lo que han visto o saludar a María, a quien no dudan en proclamar virgen tras el parto y corredentora en la obra de salvación: «¡Oh, qué hora tanto bella, / cuando tú, Virgen donzella, / pariste la clara estrella, / con que al mundo redimiste!».


Hay indicios de que su entonación podía ir acompañada de una elemental dramatización, o incluso que alguno ofrezca estructura de danza de pastores previa a la adoración y ofrenda de regalos. Serían una muestra de esos primeros balbuceos del primitivo teatro castellano, tan ligado al ciclo navideño de lo pastoril. Un paso considerable supondría en este itinerario la Representación del nacimiento de Nuestro Señor, escrita por Gómez Manrique para las Claras del monasterio de Calabazanos unas décadas después. (El mismo que con tanto mimo y sentido de lo patrimonial representan últimamente cada año los buenos aficionados de Villamuriel). Un paso más, digo, hasta llegar, finalizado el siglo XV, a los autos de pastores de Juan de Enzina y Lucas Fernández, que tienen ya trazas bien apreciables de teatro. 


El Cancionero Musical de Astudillo es, de esta manera, una prueba evidente de la importancia que tuvo la liturgia de los monasterios franciscanos femeninos en el nacimiento del teatro castellano y en el arranque de los villancicos populares. Es bueno, pues, recordar dónde está el origen verdadero de la Navidad, sus rituales más prístinos y sus cantos más entrañables, y cómo luego se fue extendiendo entre el pueblo a través de los siglos. Hasta esta época, tan delicuescente y dada a los retales.



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