La impotencia de no poder arropar más al paciente

J. Benito Iglesias
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La enfermera de la planta de oncología y digestivo del Río Carrión Carmen Germaín, que acoge enfermos con Covid-19, echa de menos el abrazo y la cercanía habitual limitada por el riesgo de contagio

La impotencia de no poder arropar más al paciente

Carmen Germaín es una de tantas profesionales de la sanidad  pública que, desde el hospital Río Carrión, convive a diario con la pandemia del coronavirus y la lucha por aliviar el dolor que causa entre los enfermos. «En la planta de oncología y digestivo, donde se han incorporado camas para personas con Covid-19, hemos notado un gran cambio ya que lo habitual era abrazar y dar cariño a los familiares y ahora se ha dado la vuelta a la tortilla», lamenta,  ya que ese ánimo no puede aportarse de forma efusiva por  el riesgo de contagio.
En este sentido -plena de vocación de servicio y consciente de que el equipo de enfermeras y auxiliares hace una labor muy necesaria- sostiene que es complicada la cercanía con el paciente, tocarle y aportar palabras que puedan reconfortarle. «Eso nos tiene descolocadas, cuando en nuestra planta  lo normal es tener un contacto muy directo con el enfermo, estar mucho tiempo con él y extender el cariño a la familia», expone.
A la planta llegaron al inicio de la pandemia casos de jóvenes con problemas respiratorios, «hasta cierto punto bastantes autónomos», como señala Carmen Garmaín, pero ahora la situación ha cambiado. «Para el paciente de menos edad el aislamiento es un poco menos duro al usar mejor las nuevas tecnologías y comunicarse con allegados, pero para las personas mayores de residencias que nos llegan ahora es distinto. Nadie les puede visitar, están muy solos y es una situación muy dura», explica.
Protección adecuada. Carmen Germaín señala que como mucho se junta a dos personas positivas en Covid-19 en una misma habitación y se usa la máxima proteccion individual. «Llevamos una bata o buzo impermeable, una mascarilla FFP2 protegida con otra quirúrgica, gafas o pantalla, un gorro para la cabeza, calzas y doble guante, ya sea en una habitación donde haya casos inicialmente sospechosos o que ya son positivos», manifiesta.
Otro de los aspectos que preocupan a los sanitarios es el de los familiares o personas con los que se puede convivir fuera del trabajo cuando se termina una dura jornada laboral con pacientes enfermos de Covid-19.
Quien puede, y en la medida que se lo permite su entorno doméstico, lleva a cabo una especie de distanciamiento social en su domicilio. «En el caso de los que tiene niños es más complicado porque estas cosas no las entienden tanto. Hay otros sanitarios que viven en pisos más pequeños y cuesta reducir ese contacto. Muchas compañeras tratamos al llegar a casa de domir en habitaciones separadas por miedo al contagiar a alguien si fueras positivo sin saberlo. Aunque estás trabajando como en una alerta constante no sabes del todo dónde has tocado o si has hecho todo el protocolo bien aunque la precaución es máxima», asevera.

relajación mínima. Carmen Germaín reconoce que esa actitud  de tensión en el plano laboral tiende a relajarse al abandonar el recinto hospitalario. «Cuando sales al párking y te da el aire respiras y esa sensación de alerta parmanente disminuye en buena parte», dice.
Ya en casa, «todo se hace de forma sistemática», relata la enfermera como un mantra que da paso a una vida normal. «Tras dejar la ropa para lavar e ir a la ducha empiezo a ser yo», añade, y concluye con la parte positiva del sanitario: «ahora, cuando despides a un paciente que estuvo muy malito por el virus, aunque no necesitase UVI, se saborea como un triunfo».