El menú de cada día teje redes con personas que están solas

Almudena Álvarez (EFE)
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La cooperativa Lovepamur, radicada en Saldaña, sirve comida a domicilio desde hace nueve años y en estos tiempos de confinamiento se ha vuelto más necesaria que nunca

El menú de cada día teje redes con personas que están solas

Estos días de aislamiento Everilda se queda sin sus besos de llegada y despedida, con el único consuelo del timbre que anuncia su menú diario, el que cocinan en Palencia las mujeres de la cooperativa Lovepamur con el mismo cariño con que tejerían una red de salvamento.


Esta cooperativa, puesta en marcha en Saldaña (Palencia) con el impulso de la Federación de Asociaciones de Mujeres Rurales (Fademur), lleva nueve años sirviendo comida a domicilio por los pueblos de la provincia de Palencia, pero es en estos días de confinamiento, en que todo es silencio, cuando el rugir del motor de sus furgonetas más conforta a sus clientes.


No solo por la comida que llevan en su interior, a razón de un primero, un segundo y un postre de lo más casero, sino también porque a cada menú le acompaña un buenos días, un qué tal estamos, algo de alegría y muchos ánimos en medio del confinamiento.


«La gente está asustada y sola, les falta el contacto diario con su familia, con los vecinos del pueblo, tienen miedo», asegura a Efe Loreto Fernández, una de las promotoras de este proyecto. Dice que cada día se dirige al trabajo con el susto metido en el cuerpo y una sensación muy extraña porque «no ves a nadie por la calle».


En medio de este silencio reconforta entrar en su cocina para oír voces, cazuelas, cuchillos y carreras desde bien temprano, aunque ya el día anterior hayan dejado gran parte del trabajo adelantado, tal y como marca la hoja de ruta de Gloria, que es quien coordina las compras y los menús.


Tienen que darse maña para llegar con sus menús a más de cien personas repartidas por medio centenar de pueblos de toda la provincia de Palencia. «Casi tantas como viviendas porque la mayoría de la gente vive sola», apunta Loreto.


Por eso, a medida que salen guisos de las ollas se van termosellando raciones y distribuyendo según las especificaciones de cada uno, para mantener a raya el colesterol, la diabetes o la hipertensión, los males habituales en la mayoría de los casos porque lo del gluten y la lactosa son alergias más modernas.


«Aquí trabajamos con los nombres de las personas, nuestros clientes no son números», afirma Loreto Fernández, que coordina un equipo que es todo amor, como ya adelanta su nombre, Lovepamur, y que, con su reparto diario, toma el pulso a la soledad y al estado de ánimo de cada cliente en estos días en que todo ha cambiado.

 

MUY BUENA GENTE. «En Roscales de la Peña, Everilda, que es mundial, se tiene que quedar sin sus besos de llegada y despedida y conformarse con unas palabras de aliento», afirma Loreto. Las chicas del reparto no pueden quedarse a escuchar las historias de Gertrudis, que tiene 95 años y «es como un libro abierto» y Gloria que hizo 90 años el día 19 de abril tuvo que conformarse con la felicitación de la Guardia Civil.


«Todos son muy buena gente», aseguran en esta cooperativa que suma clientes «de toda la vida» y de todas las edades, mucha gente mayor y unos cuantos de más de 90.


Como Florencio, que está todo el día en el huerto y luego se lo da a los vecinos; Amparo,  «que tiene noventa y pico y siempre ha sido muy activa»; Hilario, «que lleva con nosotras desde el principio», o los hermanos de Pedrosa de la Vega, que se cuidan el uno al otro. «O los otros dos hermanos de San Mamés que son muy agradecidos y no se quejan por nada. Todo les parece bien».


Ellas les sirven en casa un menú diario que lleva de todo menos pan, porque también hay que dejar su hueco al panadero, y que también alimenta el alma porque en muchos casos es el único contacto que van a tener en todo el día sus parroquianos, ahora con distancia de seguridad por medio.


«Antes entrábamos en las casas y hablábamos con ellos mientras les colocábamos la comida en el frigorífico, nos contaban anécdotas y nos reíamos», afirma Loreto. Ahora dejan la comida en la puerta mientras saludan para ver que todo está bien y se alejan. Todo el mundo tiene miedo y es más distante. Ellas también. «Tenemos miedo de contagiarnos y contagiar a nuestros clientes, cómo no».


Por eso sus jornadas se han alargado con desinfecciones y profundas limpiezas en cocina y furgonetas para espantar al bicho con las más estrictas medidas de seguridad. Incluso han confeccionado mascarillas que han regalado a todos los usuarios con guantes y mensajes de ánimo incluidos.


«Y hasta nos ofrecemos a hacerles la compra en el súper para que no tengan que salir a nada, porque ahora ya no hay mercado en los pueblos», añade Loreto, confiando en que, cuando todo esto pase, en sus rutas no falte ninguna parada.