Los últimos guardianes de la Amazonía

F. Bizerra (EFE)
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Situada en pleno pulmón vegetal del planeta, la aldea guerrera de los xikrin trata de defender su territorio expulsando a los invasores que amenazan con acabar con una de las zonas más valiosas de la Tierra

Los últimos guardianes de la Amazonía - Foto: Fernando Bizerra

Los xikrin tienen grabada la lucha por la supervivencia en su genes. El viejo chamán Tedjore aún recuerda la reconquista de Rapkô, la aldea que recuperaron del hombre blanco, el mismo que ahora, tres décadas después, vuelve a invadir su hogar.
Situada en el interior de Pará (norte de Brasil), la tierra indígena Trincheira Bacajá es la Amazonía en estado puro. Un reducto en el pulmón vegetal de la Tierra donde merodean jaguares y cobras, y donde los árboles milenarios resisten a la tala y a las oleadas de incendios.
Allí, el pajé (curandero) se enfrentó a los invasores, un grupo de madereros y mineros ilegales (grileiros), cuando era niño. El duelo fue duro, pero consiguieron expulsarlos sin una gota de sangre.
Los últimos guardianes de la AmazoníaLos últimos guardianes de la AmazoníaEl anciano Bep_Djáti Xikrin, antiguo cacique de la aldea, desconoce su edad, aunque esconde más de 90 años. Nueve décadas entre la espesa selva de Trincheira Bacajá, donde el pueblo se asentó en 1920 tras años de nomadismo. Le cuesta caminar y su mirada denota cansancio, pero es la memoria viva de los xikrin. «Soy un guardián de la selva», advierte, y es que, al igual que el chamán, luchó «junto con los hermanos guerreros para frenar la invasión» del hombre blanco, que entonces temía entrar en la reserva indígena. «Hoy entran y salen y no podemos hacer nada», cuenta.
En la piel de Iretõ reposa parte de la historia de los xikrin. Sus brazos están cubiertos por tinta de jenipapo, el fruto con el que los indígenas elaboran sus pinturas. Centinela de la cultura, ella y el resto de mujeres de la Trincheira Bacajá son responsables del futuro de las nuevas generaciones y, sobre todo, de mantener la identidad de los indígenas. «Pienso en el futuro de los niños. Esta área indígena tiene que ser preservada para ellos», sentencia.
Los satélites reflejan cómo la deforestación ha avanzado a pasos agigantados en la región, un área frondosa de 1,6 millones de hectáreas, 20 veces la superficie de Nueva York. Tras siglos de lucha, los posseiros (invasores) han tomado la delantera: en los siete primeros meses de 2019 fueron destruidos el equivalente a 1.309 campos de fútbol.
Los últimos guardianes de la AmazoníaLos últimos guardianes de la AmazoníaA unos 30 kilómetros de Rapkó, los grileiros se han abierto paso en la reserva y han levantado asentamientos en los que impera la Ley del Talión. Cansados de esperar la actuación del Estado, al que ya casi perciben como ajeno, los xikrin emprendieron una expedición para incautarse de motosierras y armas, y exigir su retirada.
«No fuimos para pelear, fuimos para conversar. Yo les pregunté: ¿quién os mandó entrar en este área, quién es vuestro jefe?», relata Dep_Djati Xikrin, guerrero de Rapkó. Como respuesta, obtuvieron amenazas: mensajes de audio que les advertían de que había un grupo de hombres en la selva dispuesto a «cazar a los indios».
Con la creciente presión mediática y judicial, algunos han dado marcha atrás, pero los indígenas siguen temiendo un enfrentamiento. «Fuimos allí y se marcharon unos pocos. La Policía Federal va a echar el resto. Si no lo hace, les echaremos nosotros», avisa el cacique Beberi Xikrin, otro de los hombres fuertes de la etnia.
La última ocupación ilegal ocurrió en 2018, pero los activistas aseguran que la situación se ha agravado con la llegada al poder de Bolsonaro, partidario de la explotación de la Amazonía, quien ha sido acusado por las organizaciones de incentivar las actividades ilegales.


Ríos de mercurio

La vida a orillas del río Bacajá sigue el pausado ritmo de la naturaleza que la envuelve. Siempre ha sido fuente de vida para los xikrin, pero su agua ya no aplaca la sed. Está cada vez más turbia y los niveles de mercurio han aumentado en los últimos años debido a las minas.
Un estudio de la Universidad Federal del Pará detectó en 2016 un alto nivel de mercurio y metilmercurio en los peces de este río. Nueve de sus principales especies presentan niveles por encima de lo recomendado por la Organización Mundial de Salud (OMS).
Además, el ecosistema ha sido alterado por la planta hidroeléctrica de Belo Monte, cuya construcción ha desviado y reducido drásticamente el caudal del Xingu.
Para reparar y compensar los daños medioambientales, el consorcio encargado de las obras de este gigante hidroeléctrico construyó casas de cemento para sustituir las antiguas «ocas indígenas», a petición de los más jóvenes. Sin embargo, los ancianos no se acostumbran a las nuevas viviendas y han levantado pequeñas cabañas de paja en esta aldea donde conviven tradición y modernidad.
Cuando cae la noche, las pantallas de los teléfonos móviles iluminan la oscuridad, mientras los guacamayos sirven de sistema de alarma, advirtiendo con sus graznidos de la presencia de enemigos.
A las 22,30 horas se apagan los generadores de electricidad y los xikrin enfilan hacia sus viviendas. Es en ese momento que el silencio de la selva se apodera de una aldea siempre en alerta para defenderse de la intromisión del hombre blanco.