El inicio del horror

M.R.Y. (SPC)
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La invasión de Polonia por la Alemania nazi, el 1 de septiembre de 1939, fue el punto de inflexión para que comenzase una Segunda Guerra Mundial que se fraguó desde la llegada de Hitler al poder y que cambió el panorama geopolítico al acabar en 1945

El inicio del horror - Foto: www.rarehistoricalphotos.com

La firma del armisticio que puso fin a la Primera Guerra Mundial fue solo el punto y seguido para un conflicto enquistado. La conclusión de la conocida hasta entonces como la Gran Guerra fue una realidad casi un año después, tras la rúbrica del Tratado de Versallese, en 1919. Un texto que, lejos de acabar con la tensión, fue un capítulo determinante para gestar la continuación de la contienda bélica, con una Alemania derrotada y humillada que se preparó para una revancha. La venganza definitiva comenzó, oficialmente, el 1 de septiembre de 1939, cuando el régimen nazi invadió Polonia y, dos días después, Inglaterra y Francia declararon la guerra al Tercer Reich dirigido por Adolf Hitler. Pero por el camino hubo varios episodios que ayudaron a que esta mecha se encendiera y estallase finalmente aquel viernes de hace ahora 80 años.
Al acuerdo al que se llegó tras la Gran Guerra -por el que la nación germana tuvo que pagar indemninzaciones a los aliados, reducir su flota y Ejército y renunciar a territorios en favor de los aliados- se unió la inestabilidad política y financiera que reinó años después en todo el planeta. El crack del 29 y la Gran Depresión posterior llevaron la incertidumbre a buena parte del planeta, donde los regímenes autoritarios cobraron mayor peso. Fue el caso de Italia, con Benito Mussolini; la URSS, con Josef Stalin; o Alemania, donde Hitler se erigió como canciller tras las elecciones de 1932. Un cargo que revalidó meses después con una mayoría absoluta firmada en 1933.
Años antes, en 1931, Japón intentó tomar provincias de China, una acción que fue abortada, pero que prosiguió con conatos hasta que en 1937 comenzó la segunda guerra sino-japonesa, que se prolongó hasta 1945.
La alianza determinante. La tensión en Europa la protagonizaban en esas fechas Mussolini y Hitler, ambos con políticas autoritarias en el interior y agresivas en el ámbito exterior. Mientras el primero forjaba su expansión por África, el segundo intentaba recuperar los territorios perdidos tras el Tratado de Versalles y anexionar países vecinos para configurar un nuevo orden basado en la hegemonía nazi en Europa. 
Ese afán expansivo por el Viejo Continente fue el que convirtió a Hitler en el enemigo a batir. Pero, previamente, fue el aliado con el que negociar. No en vano, en 1938, sin oposición alguna -incluso, tras una conferencia con Francia, Gran Bretaña e Italia-, Alemania, ya convertida en el Tercer Reich, se anexionó parte de Checoslovaquia, tras hacer lo propio con Austria.
Ese mismo año comenzó la persecución contra los judíos, iniciada oficialmente con la Noche de los Cristales Rotos. Previamente, Hitler ya había realizado una purga contra los comunistas e, incluso, en el seno de la SA, la milicia que apoyaba al gobernante partido nacionalsocialista.
Con poco que perder y mucho que ganar, el führer dio uno de los pasos definitivos para emprender la Segunda Guerra Mundial: su pacto de no agresión con la URSS.
Hitler y Stalin se veían como rivales ideológicos, pero su colaboración se antojaba clave para los intereses de ambos. Por eso, el 23 de agosto de 1939 acordaron no atacarse y se dividieron Europa del este entre sí.
Ese concordato fue el empujón definitivo para el dictador alemán, quien actuó apenas nueve días después. Consciente de que la idea de atacar a Polonia provocaría una reacción inmediata de sus grandes defensores -Francia y Gran Bretaña-, el mandatario germano evitó una guerra en dos frentes, ya que Moscú no movería ficha contra Berlín, sino que se mantendría ajeno a una contienda entre enemigos tradicionales. 
Así fue cuando el 1 de septiembre las tropas nazis cruzaron la frontera vecina. La ofensiva se justificó en un ataque previo de una unidad polaca a una estación de radio, si bien después se supo que había sido un montaje alemán para poder llevar a cabo su plan. Y lo hizo con éxito, utilizando la técnica blitzkrieg -guerra relámpago-, basada en el movimiento rápido de los blindados y la máxima potencia de fuego brutalmente aplicada. 
Dos días después, Londres y París declaran la guerra a una Alemania crecida que rápidamente conquistó sus objetivos, no solo por su actuación, sino también porque a los 15 días, el Ejército Rojo invadió Polonia desde el este y ocupó las áreas asignadas para los soviéticos en el reparto, hundiendo al país europeo y forzando una contienda que fue a más con el paso de los años.
Exceso de confianza. El pacto entre Hitler y Stalin se mantuvo durante casi dos años, con notables beneficios para las dos partes. Alemania había ocupado más de la mitad de Europa occidental, tenía bajo su control buena parte de Francia -París incluido- y había bombardeado Londres. 
Sin embargo, 1941 sería el año que cambió el rumbo de la Segunda Guerra Mundial. Japón arremetía contra China, los británicos comenzaban a recuperar territorios africanos y el régimen nazi decidía que era lo suficientemente fuerte como para atacar y tomar la URSS.
El führer sobreestimó sus propias capacidades e inició la operación Barbarroja, a la que se unieron Italia y Rumanía rápidamente, así como otras naciones bajo la influencia fascista. Con un Ejército de más de dos millones de efectivos, las tropas germanas arremetieron contra el que era su gran valedor, con lo que la guerra dio un giro total, con la potencia soviética como nueva enemiga de Berlín.
Fue la sentencia a muerte de los nazis, a la que se sumó, meses después, la inclusión de Estados Unidos en la contienda tras el inesperado ataque japonés sobre Pearl Harbor, reforzando así el bloque de los aliados.
Desde entonces y hasta mayo de 1945 -cuando se rindió Alemania, aunque EEUU continuó su particular batalla contra los nipones hasta septiembre, con el lanzamiento de las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki-, la crueldad de la Segunda Guerra Mundial se intensificó. Superó con creces a la Gran Guerra, tanto en duración como en intensidad de los combates, así como en la cifra de pérdidas humanas -se estiman unos 60 millones de fallecidos, la mayoría víctimas civiles- y económicas.
Pero también supuso un mayor cambio en el orden geopolítico mundial, con el surgimiento de dos grandes bloques ideológicos -el capitalista, encabezado por EEUU, y el comunista, con la URSS al frente-, aprovechando que las potencias europeas estaban prácticamente destruidas. Esa bicefalia sigue en la actualidad, y la Guerra Fría iniciada entonces parece cada vez más cerca de reproducirse con Trump y Putin en la Casa Blanca y el Kremlin, respectivamente.
El surgimiento de nuevos países también fue consecuencia del conflicto. Austria y Checoslovaquia volvieron a ser independientes, Corea se dividiría en Norte y Sur -siendo la primera soviética y la segunda norteamericana- y se compensó al pueblo judío -gran atacado por el nazismo- con la creación de Israel, una decisión que aún hoy trae de cabeza al orden mundial con el conflicto entre judíos y palestinos.
Tras la finalización de la guerra, y en previsión de que pudieran ocurrir otros sucesos similares, se puso en marcha un organismo internacional que desencadenaría en la actual ONU, nacida con el objetivo de mantener la paz e impulsar los esfuerzos de las partes para provocar relaciones positivas y amistosas.
Ahora, 80 años después de que Hitler diese el pistoletazo de salida a uno de los mayores horrores de la Historia, en donde no solo se vivió el horror de toda guerra, sino también la persecución y exterminio sistemáticos de grandes grupos de población, el mundo parece haber aprendido la lección. Al menos, en Occidente, donde las dictaduras, los genocidios o la privación de los Derechos Humanos han quedado en el olvido. No así en otras partes del planeta, donde estos crímenes continúan. Pero eso será un capítulo diferente al que el llamado primer mundo sigue mirando de reojo.