Tres meses fuera: la vuelta a casa más esperada

A. Benito
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Ana Aguado y Lara Andreu llevan alrededor de cien días sin ver a sus familias. Además, ambas han vivido en primera línea la pandemia

Tres meses fuera: la vuelta a casa más esperada

Ana Aguado es enfermera y, aunque procede de Aguilar, lleva varios años ejerciendo su profesión en Madrid. No estaba trabajando cuando comenzó la pandemia, pero a los pocos días de decretarse el estado de alarma recibió la llamada del Servicio Madrileño de Salud, por lo que tuvo que dejar la villa galletera para regresar a la capital y hacer frente al virus. Lara Andreu es mitad barruelana, mitad palentina. León es la ciudad en la que reside desde hace un tiempo. Allí trabaja como educadora social para la Cruz Roja. Ambas llevan alrededor de tres meses sin ver a sus familias. 


«Si todo va bien, iré a Aguilar el 6 de julio», comenta Aguado. Antes, eso sí, visitará la pequeña localidad vallisoletana de Rábano, de donde es natural una parte de su familia. «Por ahora no tengo pensado ir a casa, porque mis padres se van de vacaciones y no me apetece estar allí sola», continúa la joven, que como otras muchas personas se ha visto obligada a respetar las normas que, hasta ayer, impedían la movilidad entre provincias y regiones. Sin embargo, su ansiado regreso a la localidad norteña aún tendrá que esperar algunas semanas.


«Al principio asimilé la situación más o menos bien, pero según fueron pasando los días se fue poniendo todo cuesta arriba. Era como estar en un túnel y no ver la salida», indica la joven enfermera que durante este tiempo ha prestado sus servicios en las urgencias del hospital de Móstoles. «El Covid ha sido el monotema durante estos meses, y hablar de fallecimientos, lo más normal del mundo», continúa al tiempo que expresa su tristeza por haber sido la única compañía de muchos pacientes en su lecho de muerte. Miedo, incertidumbre y tristeza han sido, por tanto, los sentimientos que más han aflorado en ella a lo largo de la crisis.


En este sentido, volver a casa después de una complicada jornada de trabajo y no tener el «apoyo incondicional» de su familia y de los amigos más cercanos es lo que le ha resultado más difícl a Ana Aguado. «No quiero hacer nada especial cuando regrese a Aguilar, solo deseo estar con los míos, respirar aire fresco, ver a mis animales y desconectar», confiesa al tiempo que asegura que nunca ha estado tanto tiempo separada de su gente.


La familia de Lara Andreu procede de Barruelo de Santullán, pero hace tiempo que vive a caballo entre el municipio minero y la capital palentina. La joven sabe bien lo que es estar separada de sus seres queridos, puesto que residió durante un tiempo en Melilla, pero eso no ha mermado ni un ápice la dureza de esta situación.


«He llegado a estar ocho meses fuera de casa, pero esto ha sido mucho más complicado», asegura Andreu, que desde hace casi dos años trabaja dentro del Programa de Drogodependencia y Patología Dual de Cruz Roja en la capital leonesa. Su empleo le ha mostrado una de las caras más crudas de la crisis. «Muchos de nuestros pacientes han recaído y también ha aumentado el número de personas sin patologías que ha desarrollado problemas psicológicos», indica.


Tampoco ella ha podido escapar a la montaña rusa de emociones que la mayoría de la gente viene experimentando desde el inicio de la crisis. «Todo este tiempo he estado sola en el piso donde vivo. Además, no puedo negar que al principio sentí miedo, ya que el contacto en el centro es casi inevitable. A ello hay que sumar la preocupación de mi familia, y que trabajo con personas, por lo que muchos días vuelvo a casa con la cabeza y el corazón rotos», continúa. 


Y es que, como ella misma señala, «hay dos UCI: la hospitalaria y la social». Andreu se refiere a que mientras mucha gente ha fallecido por coronavirus, también ha habido otras personas que han muerto de hambre. «El Banco de Alimentos de León ha triplicado su actividad y entre los beneficiarios no solo hay inmigrantes, como solemos pensar, sino también muchas familias obreras de clase media-baja que aún no han cobrado los Ertes o que se han quedado en la calle», apunta.


Digerir todas estas situaciones no es fácil para nadie y por eso el mayor deseo de la educadora palentina es volver a casa y, rodeada de sus seres queridos, echar una «buena charla». El día que se decretó el estado de alarma, Lara Andreu estaba en Barruelo y tuvo que marchar «escopetada» para León. Más de tres meses después, esta semana volverá a casa. «Mantener la cordura hubiera sido imposible sin mis dos grandes compañeros de trabajo y sin mi madre, el bastón invisible», concluye.