Pillado por ir a defecar al campo

Fernando Pastor
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/ Cerrato insólito

Pillado por ir a defecar al campo

Las prácticas frecuentes de robar en los corrales no estaban exentas de incidentes y denuncias, por las que los autores eran objeto de métodos expeditivos para que confesaran, y a veces incluso pasaban días en la cárcel.

Como es lógico, los damnificados reaccionaban. Muchos interponían denuncia y si no había seguridad respecto a la identidad de los verdaderos autores, siempre había alguien que pagara el pato (o el pollo, o le conejo, para ser más exactos).

Así, en las eras de Alba de Cerrato había una caseta llena de paja por donde las gallinas andaban sueltas. En una ocasión escarbaron tanto que la paja les cayó encima, quedando sepultada una gallina. Elicia, la dueña, culpó a los mozos de haberla cogido, y lo denunció. Varios fueron llevados al Ayuntamiento, y aunque lo negaban las presiones y amenazas recibidas provocaron que Balbino acabara diciendo que sí la habían cogido ellos y que los demás le decían «pela, pela, que si no no comes». Como consecuencia de esta confesión, tuvieron que pagarla. Tiempo después la gallina apareció en el pajar.

Pillado por ir a defecar al campoPillado por ir a defecar al campoEn otra ocasión sí cogieron una gallina del corral de Crescencio. Era roja, tan bonita que no se atrevieron a matarla y tras varios días la devolvieron al corral.

Tras la matanza, un pastor tenía los chorizos colgados cerca de la ventana. Sebastián López y unos amigos los vieron por la ventana y quitaron el cristal para cogerlos. Pero se les cayó el cristal y se rompió, y de esa forma les pillaron. La multa que tuvieron que pagar fue mucho más elevada que lo que valían los chorizos.

La astucia les evitó una denuncia a unos chicos de Alba cuando estaban cogiendo uvas en el majuelo del señor Cándido. Fernando Alonso, uno de los chicos, dijo de forma rápida y natural “¿pero este no es el majuelo de mi padre?”. Bien sabía que no, que era el colindante, pero les salvó ya que el señor Cándido, tan cándido como su nombre, respondió «no, hijo, no; el de tu padre es el de al lado». Ni qué decir tiene que, cuando se alejaron, se miraron en medio de un ataque de risa.

En Baños de Cerrato una cuadrilla saltó un corral y cogió un gallo, del que dio buena cuenta en la bodega. La dueña, Elisa, lo denunció al juez de paz y este les llamó a declarar. En la vista, Elisa exigió que le devolvieran el gallo. Los chicos indicaron que no era posible porque se lo habían comido, ofreciéndose a cambio a pagarlo. Pero Elisa no se daba a razones e insistía en que no quería el dinero sino el gallo. Y así una y otra vez sin lograr hacérselo entender, hasta el punto de que entonces a Elisa se le conoció como ‘la tía del gallo’.

También en Villafuerte tuvo que intervenir el juez de paz. La señora Eloisa denunció que le habían robado dos pollos. El juez llamó a declarar a todos los chicos del pueblo, que lo fueron negando, por lo que el caso llegó hasta la Guardia Civil. Había sido la cuadrilla de Eliseo, que finalmente tuvo que abonar una buena multa.

Incluso días de cárcel les costó a unos chicos que había robado cecina en Villaverde Mogina.

En Fombellida a Manolo le quitaron dos pollos y puesto que sabía quiénes habían sido, les dijo: «No os voy a denunciar, que yo también he sido joven y lo he hecho, pero tenéis que darme otros dos pollos; si los compráis o se los quitáis a otro, eso ya es cosa vuestra». Se los compraron al señor Martiniano para dárselos a Manolo.

En Villarmentero de Esgueva los mozos no cogieron comida sino simplemente manojos de leña para realizar una hoguera en la plaza. Ello supuso un pingüe negocio para un vecino que aprovechó la circunstancia. Los mozos intentaron entrar en su corral pero no pudieron, por lo que cambiaron el objetivo hacia un corral de más fácil acceso. Pese a ello les denunció aportando como prueba los arañazos dejados en su puerta en el intento. Los mozos no pudieron alegar que finalmente les fue imposible entrar en el corral, ya que ello les hubiera obligado a declarar a quién le habían cogido entonces realmente los manojos utilizados en la hoguera, así que tuvieron que abonar a la falsa víctima dos reales cada uno por unos manojos que no le habían sustraído.

En Herrera de Valdecañas, donde lo que robaban solían guardarlo en una pipa de vino vacía en la que ponían un palo o un alambre atravesado para poderlo tener colgado hasta que fueran a comerlo, en una ocasión el dueño de unos corderos denunció ante la Guardia Civil que se los había robado. Detuvieron a Paco y a unos amigos, pero a pesar de recibir una paliza ellos lo negaron. En la paliza también influyeron las cuentas pendientes y las rencillas entre la Guardia Civil y esa cuadrilla.

El caso se resolvió cuando Fidel, el carretero, fue a la era a hacer sus necesidades y al bajarse los pantalones se le cayó una carta que llevaba en el bolso. La encontró un pastor y la leyó. Era una carta de un antiguo compañero de la mili de Fidel en la que le preguntaba si alguien se había enterado de lo de los corderos que habían robado. De esa forma se supo que los autores habían sido la cuadrilla de Fidel.