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Asonadas contra la naturaleza

Carlos Dávila
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La 'Ley Trans' trata de remover los usos sociales tradicionales y de establecer una algarada contra el pensamiento que tiene muy compleja, o ninguna, reversión

Asonadas contra la naturaleza - Foto: Rodrigo Jiménez

Me pondré en modo erudito. Ustedes, como en el teatro antiguo, disimulen. El moralista suizo Henri-Fréderick Amiel, un tipo incomprendido que oscilaba del pesimismo al optimismo, de la disforia (término muy utilizado en estos días) a la euforia en el mismo tiempo de beberse un café, dejó escritas miles de frases, alguna de ellas figuran en el cajón de las más célebres de la Historia. Con una de ellas me quedé hace años. La expresó así: «Dime lo que crees ser y te diré lo que no eres». La sentencia me vino a la memoria en el mismo minuto en que la insólita ministra de Igualdad, Irene Montero, exseñora parece ser ya del leninista Pablo Iglesias, presentaba ante un país asombrado, la llamada Ley Trans. Lo hacía en coincidencia con la Semana del Orgullo Gay, con su magna manifestación, con carrozas, mozos de correaje, y también los políticos de la izquierda, ultra izquierda más bien, que pretenden pescar políticamente en la enorme cesta de los homosexuales, un grupo heterogéneo que en España se cifra en poco más del 10 por ciento de la población.

La tal Ley es una más de las que conforman el proceso de transformación comunitaria, social, que el Gobierno social comunista de Pedro Sánchez está realizando traumáticamente en nuestro país. Verán: en poco más de 15 días la coalición PSOE-Podemos, aparte del bodrio citado, va a llevar al indefenso e inane Congreso (nunca se han visto unas Cortes más domeñadas) tres iniciativas legislativas realmente espeluznantes dirigidas a dividir aún más a la maltrecha sociedad española: la eutanasia, la Ley de Secretos Oficiales y, otra que va a empeorar, la de Memoria Histórica que perpetró aquel gran indigente intelectual que atendió, y atiende, por José Luis Rodríguez Zapatero. La segunda se ocupará de reglamentar el descubrimiento de los secretos oficiales que, desde 1978 hasta la fecha, haya podido acumular el Estado; todos, pero, ¡qué casualidad! con una sola excepción: los que atañen al golpe de Estado de 1981. O sea, y con referencia a este último proyecto, España se quedará sin conocer, por ejemplo, el informe anticipatorio, aún inédito que, Alfonso Armada, uno de los espadones del golpe, entregó al socialista Enrique Múgica (y éste a su vez a Felipe González) en el que se detallaba el estado de alarma que existía en los Ejércitos y, en buena parte, la solución que Armada y algún otro de sus cuates proponía para terminar con aquello que se calificó como «Estado de necesidad».

Esta Ley es una asonada, un disfraz para el PSOE, como lo es la mencionada la de Memoria Histórica cuya sola intención es ésta: convertir en reo a todo aquel que, en uso de su libertad ideológica, admita sus preferencias por Franco. Quien se atreva a tanto será en la remozada Memoria un auténtico delincuente que podrá dar con sus huesos en la cárcel. Más ruptura de la nación y, en consecuencia, la plasmación de uno de los grandes objetivos de Sánchez: partir al país en dos grupos, los buenos, nosotros, y los malos, los demás. 

Estos, los malísimos españoles que se oponen a la revancha histórica, son los mismos, idénticos, a los que están clamorosamente escandalizados por la bazofia más cercana: la Trans que concede a escolares la posibilidad de, por gusto unos, por inclinación otros, cambiar de sexo en el Registro Civil sin que exista el menor análisis médico que proclame la idoneidad de una transformación tan radical. En una nación donde ningún español puede votar o no puede conducir hasta que no cumple los 18 años, se permite a los adolescentes tomar una decisión que arrastrará el resto de su vida. Es un motín contra la propia naturaleza que no guarda otra intención que ésta; atraerse los votos de un sector social que se puede identificar con la opción homosexual. 

¡Cómo será esta pretensión que hasta las feministas enragés han protestado contra ella por atentar contra su propia esencia! Tienen razón: promueve la eliminación de la mujer. Eso es a lo que aspiran analfabetas como la antigua cajera Montero empeñada ahora en demostrar que el masculino neutro, o sea, «lo bonito», «lo caro», «lo tormentoso» es, en realidad, la decantación de las intenciones del hombre de rebajar a las féminas hasta poco más que una consideración zoológica. Si no fuera porque esta señorita va a en serio y porque su jefe, Sánchez, le aplaude con las orejas, se podría afirmar con toda propiedad que la señorita Montero o es boba, sectaria hasta el vómito o, directamente, se ha vuelto majara. O no tan loca. Conoce perfectamente al preboste que desgobierna este país y sabe que cualquier medida atrabiliaria, por anormal que parezca, puede ser aprobada en el Congreso de los Diputados. 

Se trata de remover los usos sociales tradicionales y, en definitiva, de establecer una asonada contra el pensamiento y la naturaleza misma que tiene muy compleja, o ninguna, reversión. 

Este motín esté pergeñado por indoctos o indoctas (ambos están proporcionalmente a la par) que desdeñan un principio con el que la humanidad se ha manejado durante no sé cuántos miles de años: el sexo es una realidad biológica. Un adolescente podrá cambiar infinitamente su inscripción de género en el Registro pero no su propia cualidad por mucha cirugía invasiva o eliminatoria que se utilice en el intento. La ciencia no es que esté alarmada, es que brama contra esta barbarie que desdibuja otra constancia: la humanidad es binaria, una parte es hombre y otra mujer, aunque claro está, cada una de las partes decida entenderse con la otra en la forma que mejor le venga en gana o le cuadre.

El ahora converso Alfonso Guerra ya adelantó que con los socialistas en el poder a «España no la va a conocer ni la madre que la parió». Acertaba; ya no hay quien se refleje en la España sempiterna. «Dime lo que crees ser y te diré lo que no eres» es una sentencia maldita para este país dormido, acalambrado que ya no puede contar con sus instituciones para, siquiera, censurar lo que está pasando. 

 

Escándalo

Estamos entre la complicidad y la abulia. La sociedad ha estado secuestrada y ahora está hibernada. Esto es aún peor. Fíjense: a algunos que transigen con la sedición de los delincuentes catalanes y aplauden su exoneración se les puede aplicar el pasaje evangélico del pecado de escándalo. Contra España estalla en este momento una asonada, varias, sin precedentes, un cañonazo contra su personalidad del que difícilmente podremos reponernos.