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«La comunidad gitana necesita más inclusión, no caridad»

A. Benito
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«La comunidad gitana necesita más inclusión, no caridad» - Foto: Sara Muniosguren

Seis de cada diez niños gitanos abandonan la escuela sin acabar la ESO. La tendencia va cambiando poco a poco, pero aún queda un largo camino por recorrer. Celia Gabarri, primera gitana palentina con carrera, demuestra que otra realidad es posible

Para cumplir su sueño de ir a la Universidad tuvo que compaginar trabajo y estudios. Es la quinta de seis hermanos y en su casa no sobraba el dinero, por lo que no le quedó más remedio que arrimar el hombro. Su historia de esfuerzo y superación es la misma que la de otras muchas personas, pero Celia Gabarri se ha convertido en un icono de la sociedad palentina por otro motivo: lleva años luchando por la integración de los gitanos y fue la primera mujer gitana en sacarse una carrera. Siempre tuvo claro lo que quería, por eso estudió Educación Social. Ahora, desde su puesto en la Fundación Secretariado Gitano, trabaja como orientadora laboral, aunque no desaprovecha ninguna oportunidad para reclamar ante la administración medidas de «inclusión real». También aboga por un cambio de mentalidad en la comunidad gitana para impulsar desde dentro una mayor educación y participación social. Además, acaba de ser nombrada coordinadora del Grupo de Mujeres Gitanas a nivel estatal.


Empecemos por el principio. ¿Cómo fue su infancia?
Mis padres vivían en el barrio del Cristo, pero por un problema médico de mi hermano tuvimos que dejar la vivienda de allí y trasladarnos a San Juanillo. Mi infancia, por tanto, no fue solo con la comunidad gitana, sino también con payos. Allí entablamos una gran relación con la vecina de arriba, que había perdido a un hijo. Siempre decía que éramos sus salvadores y la verdad es que nos inculcó mucho el tema educativo. Mi madre y ella se apoyaron mutuamente y nosotros tuvimos siempre como dos madres.
Por otro lado, mis mejores amigas de la infancia eran payas, eso te hace ver una perspectiva diferente de las cosas, y el colegio al que fui no era segregacionista.


Ese es uno de los grandes problemas, ¿no? Cuando un centro educativo se convierte en una especie de gueto y en él se juntan niños con múltiples necesidades y problemas de integración social
Efectivamente, yo siempre digo que no se puede agitanar un centro educativo. Por desgracia, muchas veces se hace, y la gente piensa «bueno, total, como son gitanos...». Un colegio tiene que ser homogéneo para todos y luego dotarlo para que sea también inclusivo. Los niños deberían tener las mismas oportunidades, independientemente del centro al que vayan. Y eso no pasa.


En total, ¿cuántos gitanos hay en Palencia?
Se estima que en la capital hay 1.600 y otros 1.000 más en el resto de la provincia.


Y la escolarización, ¿a qué nivel se encuentra?
De los 3 a los 6, que no es obligatoria, estamos en un 94%, lo cual es muy positivo. 


En su caso, ¿en qué momento decidió que quería seguir estudiando?
Yo tenía el ejemplo de una de mis hermanas que hizo FP1, algo que por aquella época no era muy habitual entre los gitanos. También se sacó el carnet de conducir muy pronto. Es decir, que mi padre y mi madre siempre nos educaron en igualdad y en poder conseguir cosas que quizá ellos no tuvieron a su alcance. 
El caso es que terminé la EGB y empecé BUP en el Victorio Macho, pero luego mis hermanas se fueron comprometiendo y hacía falta ayuda en casa. Entonces decidí cambiarme al horario nocturno y empecé a trabajar por las mañanas. Cuidaba niños, hice el curso de monitor de ocio y tiempo libre y empecé a colaborar con la Asociación de Payas y Gitanas Romí. Esa fue mi base a nivel social y psicológico. Y también mi motivación. 
A través de ellas pude llegar en la Universidad, que era mi sueño. Luego me surgió la oportunidad de trabajar de mediadora en el Ayuntamiento y ahí pude ver la realidad del trabajo diario con la comunidad gitana, sobre todo a través de un programa de realojo de vivienda. Fue algo diferente para mí, porque aunque yo sea gitana nunca he vivido una situación de desventaja tan grande. También descubrí que ese trabajo me gustaba. Luego volví a Romí y finalmente ingresé en la Universidad, donde la experiencia fue positiva desde el primer momento.  
Como anécdota, justo antes de entrar a la Universidad, me hicieron un reportaje en Línea 900, de La 2. Me hubiera gustado pasar más desapercibida, pero como muchos profesores lo habían visto, me fue imposible. Lo más curioso es que había una chica muy morena, con un aspecto muy étnico, y la gente se pensaba que la gitana era ella. A los tres meses me dijo «oye, dilo ya, porque estoy harta de que la gente cuchichee cuando paso». Y yo le respondí «¿ves? Eso sí que es ponerse en el lugar del otro».


No cabe duda de que habrá vivido muchos momentos buenos pero también habrá atravesado situaciones complicadas. Alguna vez ha comentado que le ha tocado ser la paya entre los gitanos y la gitana entre los payos
Es como vivir en dos sillas y mal sentada. Yo siempre he tenido muy claro lo que soy y estoy muy orgullosa de ello, pero las personas también vivimos por el reconocimiento y el autorreconocimiento. Eso es así y más cuando eres una adolescente. 
Ahora tengo una madurez emocional que con 18 ó 20 años no tenía, porque mi ritmo y mi ciclo de vida han sido muy distintos al de mis hermanas o al de cualquier otra gitana de ese momento. La soledad en esos ciclos es dura porque tú te sientes de una forma, pero la gente no te ve como tal. Entonces sí, en el mundo gitano era la paya y en el mundo payo era la gitana. Conjugar esas dos cosas y transformarlas en positivo fue complicado. 


¿Cree que están cambiando las cosas en ese sentido?
Por supuesto que sí. Cada vez hay más referentes. Esos miedos fueron consecuencia de estar sola en el aula y en los espacios de participación, de no tener ejemplos en los que fijarse. Antes, por ejemplo, era muy difícil encontrar textos de mujeres gitanas antropólogas. En este sentido, la Fundación Secretariado Gitano me ayudó mucho, porque antes de empezar a trabajar fui voluntaria a través de un programa de becas. Nos seleccionaban y teníamos encuentros educativos conjuntos. Y eso nos servía sobre todo para motivarnos y para ver que había personas con las mismas inquietudes en diferentes puntos del país. 
Ahora, como te digo, hay más referentes, y, además, las familias están más concienciadas, pero sigue habiendo algo en el sistema educativo que no funciona bien. Por ejemplo, con mis padres creo que fue un proceso de aprendizaje mutuo. Ellos nunca me obligaron a estudiar, pero tampoco me lo impidieron. Eso sí, tenían ciertos miedos. A mí me hubiera gustado estudiar fuera de mi ciudad, pero sabía que eso iba a ser más difícil. Entonces, dentro de mis posibilidades, hice lo que pude. 


¿Cómo vivieron tus padres ese proceso?
Fue algo novedoso. Sentían orgullo hacia mí, pero también muchos miedos. Vieron que mi ciclo no era el que seguían el resto de mujeres gitanas y sus expectativas sobre mí fueron cambiando. También vieron que los cambios que yo estaba formulando eran positivos a nivel de mejora de la situación de mi empleo y de mi participación social, y que eso repercutía positivamente en toda la comunidad gitana. Al final, los miedos se convirtieron en orgullo.


Y todo ello le llevó a ocupar su actual puesto de trabajo
Sí. Desde hace unos años trabajo en la Fundación Secretariado Gitano como orientadora laboral y estoy sacándome el título propio de Estudios de Género y Políticas de Igualdad de la UVa.


Ese es otro tema que la define. Las mujeres aún sufren cierta discriminación, independientemente del grupo étnico y social al que pertenezcan, pero lo cierto es que en la comunidad gitana las diferencias son aún más acusadas
Sí. Yo me considero una mujer igualitaria y feminista. De hecho, en la Fundación me acaban de nombrar coordinadora del GMG, que es el Grupo de Mujeres Gitanas a nivel estatal. Somos un órgano que asesora a la Fundación en cuestiones de género. Se trata de un nuevo reto porque es algo que me encanta. Formaba parte del grupo desde el año 2005 y este año voy a dar un paso más. 
Cuando hablamos de mujer gitana y feminismo, hay mucha más interseccionalidad de la que se piensa. Hay muchas mujeres gitanas que no se identifican como feministas, pero yo creo que sí que lo son. Hay una parte de participación y empoderamiento que se da en ellas dentro de la propia familia que puede ayudar a ese movimiento feminista. ¿Qué ocurre? Que quizás hay que saber cómo mirar ese empoderamiento. Todas las mujeres tenemos un largo camino que recorrer para alcanzar la igualdad y, en este sentido, considero que la mujer gitana debe entrar ya en esta lucha. La lucha de las mujeres es de todos y de todas. 


Supongo que se refiere a ese matriarcado similar al que existía hace tiempo en las comunidades payas del medio rural
Estoy estudiando la historia del feminismo y a veces la cultura gitana se confunde con la situación de las mujeres no gitanas hace 20 ó 30 años. Lo digo muchas veces, nosotros vamos a un ritmo y el resto de la sociedad a otro, pero también por la historia. En el ámbito educativo hay una situación que tiene que mejorar, pero lo cierto es que a los gitanos no se nos ha permitido ir al colegio hasta hace cuarenta años, momento en el que empezamos a ser considerados ciudadanos después de llevar en España más de ocho siglos. Se han conseguido muchas cosas, pero a un ritmo diferente. 
No tenemos que olvidar que el pasado es la base del presente de cualquier persona. No obstante, creo que ahora la comunidad gitana está en el tiempo de poder y tiene las herramientas necesarias para esa promoción, para que su voz sea escuchada y las cosas no nos vengan dadas, sino que decidamos lo que queremos -y lo que no, que también es muy importante-. Y eso solo te lo da la educación, el empoderamiento de las mujeres y la interculturalidad. Ese es el camino, porque aunque haya espacios multiculturales como aulas en las que hay un niño chino, otro paraguayo y otro gitano, luego entre ellos no se conocen. 
La multiculturalidad no sirve de nada si no existe esa interacción de conocer al otro, pero sobre todo de valorarlo y respetarlo. De hecho, muchas veces ocurre todo lo contrario, se generan enfrentamientos racistas y xenófobos.


Está claro que el proceso de acercamiento y aceptación a otras culturas tiene que ser bidireccional. ¿Cómo trabaja este tema para que la comunidad gitana no vea atacada su cultura?
Yo lo que siempre digo es que ser gitano no está reñido con estudiar, ni con trabajar, ni con participar. Y además, cuando uno entra en esa dinámica y empieza a sentirse realizado, se producen muchos cambios positivos. Por ejemplo, ahora hay muchas personas gitanas que han entrado en Siro, chicos y chicas, que tienen que conciliar y en los que se están generando nuevos hábitos. En definitiva, son nuevos modelos alejados del tradicional mercadillo o del campo, que era lo que ocupaba antaño a los gitanos. 


¿Cuáles son los cambios que aprecia desde que empezó hasta ahora?
Yo creo que lo que ha cambiado es la forma en la que la comunidad gitana proyecta su futuro. También veo una mayor disposición a la hora de buscar empleo y una visión menos cortoplacista. Desde que trabajo en el Programa Acceder para la orientación laboral, los cambios han sido brutales. Los propios participantes son muy diferentes, antes los cursos eran muy básicos, y también está desapareciendo el sesgo de género. Ahora hay mujeres carretilleras y hombres camareros. Eso antes era impensable. 
El año pasado en Palencia conseguimos 75 contratos temporales y 4 indefinidos gracias a nuestro apoyo a la búsqueda activa de empleo y a la formación propia que impartimos. En total, atendimos a 254 personas, de las cuales 101 eran mujeres y 153 hombres. No solo trabajamos con gitanos, sino también con otros colectivos en riesgo de exclusión social como los inmigrantes, las mujeres solteras o las personas mayores de 45 años. Eso sí, cada vez que extraemos datos de este tipo nos damos cuenta de que hacia la mujer gitana hay más discriminación que hacia el hombre, principalmente porque su formación es menor y porque los empleos siguen estando sexualizados. 


En ese sentido, ¿qué pide a las administraciones para favorecer esa integración?
Yo pido una igualdad de oportunidades equitativa, justicia social. Está muy bien el discurso legal de que todos somos iguales ante la ley, pero luego en lo social hacen falta medidas. También pido políticas inclusivas reales, no de caridad. Eso hace muchísimo daño y la gente tiende a pensar que a los gitanos les viene todo dado. Son parches que no ayudan a la participación plena. Esas políticas sociales tienen que ser en el ámbito del empleo y en el ámbito de la educación. También hay que dar voz a los gitanos para que sean ellos mismos los que planteen sus necesidades. 


En su opinión, ¿cuál es la mayor barrera que tienen que derribar los payos para aceptar a los gitanos?
Hay algo que todavía cuesta muchísimo desmontar y es la etiqueta que se tiene sobre la comunidad gitana. Es tan sólida que incluso amigas mías de toda la vida que son payas a veces me dicen «es que tú no eres como los gitanos». En ese momento, me doy cuenta de que después de 30 años, todo el tiempo que he pasado con ellas no ha servido de nada, entre comillas. 
La idea que yo quiero transmitir es que no todos los gitanos somos iguales y que no se puede etiquetar a todo un grupo por los actos de unos pocos. El estereotipo que se mantiene sobre los gitanos es enorme, incluso cuando te conocen, porque la primera imagen que le viene a la cabeza a la mayoría de la gente es la de la marginalidad. Marginalidad no es lo mismo que gitanidad, pero la sociedad tiene ese estereotipo. Un payo puede conocer a doce gitanos que no encajan en esa etiqueta, pero en lugar de entender que los gitanos somos diversos, lo que hace es sacarnos de ese grupo, cuando lo correcto sería eliminar esa idea preconcebida. La verdad es que eso es lo que más rabia me da. No sé como trabajar ese tema.

 

¿Y en el sentido opuesto le ha ocurrido algo parecido? ¿Le han dicho alguna vez que no es gitana?
En esos términos no, pero alguna vez sí que me han dicho que no actúo como los gitanos. Sin embargo, me cuesta menos rebatir el tema de la interculturalidad con mi propia comunidad que hacer frente a los prejuicios contra los gitanos.


Y los gitanos, ¿qué estereotipos tienen de los payos?
Yo creo que lo que hay son miedos y el miedo genera incertidumbre. Existe el miedo a perder la cultura propia, a no sentirse bien dentro de los demás círculos, a no poder dar lo que se espera de nosotros, a que no se nos entienda... Cuando estamos entre iguales, a nivel cultural, nos sentimos mejor. Por eso creo que lo que tenemos que hacer es romper esos miedos y darnos cuenta de que cualquier cultura tiene que cambiar acorde a los tiempos. Y también entender que cualquier ciudadano tiene sus derechos y sus deberes. 
Cuando uno entiende que es ciudadano y forma parte de un todo, defiende y aporta a ese todo. Mientras no se tenga ese sentimiento de ciudadano con plenos derechos, seguirá habiendo ciudadanos de primera y ciudadanos de segunda. Y para llegar a ser ciudadanos de primera se tienen que eliminar los estereotipos sobre la comunidad gitana, pero la comunidad gitana también tiene que luchar para estar en esa posición de primera. 


Para finalizar, ¿cómo encaja el hecho de haber sido el referente de otras mujeres gitanas palentinas que han ido a la Universidad?
Me da mucha satisfacción, la verdad. Desde pequeña me he hecho muchas preguntas. Nunca he entendido por qué las personas, por naturaleza, somos tan absurdas. Se me hace muy extraño ver cómo nos fijamos más en una diferencia cultural y dejamos de lado todo lo que nos une como seres humanos, que sin duda es mucho más. Y por eso, no entiendo por qué existe esa barrera tan grande frente a la comunidad gitana, cuando hay cosas que nos igualan. Lo que siempre tuve claro es que en el ámbito de lo social está la clave, así como en la educación y en la participación. Por eso decidí estudiar y me alegra que otras mujeres gitanas hayan decidido seguir mis pasos.