Para bien y para mal

Jesús Mateo Pinilla


El doctor Sahagún

17/11/2020

Con la pandemia desayuné, casi a diario, con el hijo de Sahagún, y desgranamos el rosario de recuerdos de nuestra Palencia. Estar con un palentino fuera de nuestras tapias es buena manera de hacer día. 
Yo conocí a su padre a través del mío, compañeros, los dos galenos, mi padre domiciliado tras el Consistorio que edificó como contratista mi bisabuelo Pedro Romero y Sahagún en la casa en cuyos bajos Pañerías Cebrián estableció el comercio de telas, buen local con entreplanta y donde el amo tuvo el acierto de adornar una de sus paredes con una pintura homenaje al vendedor de tejidos, obra del magnífico dibujante y pintor Germán Calvo.
Aquellos escaparates expusieron con el género y las carteleras de los cines, los objetos que subastaba Radio Palencia para reponerse de las inundaciones que cantaba en sus poemas Balbina: unas veces enorme puro habano, un cuadro pintado por María Romero, un manta de Casañé, o un balón de reglamento firmado por los jugadores del Palencia, destacando la rúbrica de Gento. Hoy, la tienda pasó al mejor de los recuerdos y en su lugar nada la rememora.
Sahagún hijo y yo nos encontramos en la primera Venta, que fue, del camino a Simancas; alejada de Valladolid, parada de carromateros de Tordesillas para ordenar la carga antes de llegar a Consumos, encuentro reservado a parejas descarriadas y hoy completamente renovada: El Barrio es restaurante de desayunos de trabajo, comidas de tratos y negocios y merendero de cenas familiares. 
Se dirigió a mí: -Perdone, pero ¿qué libro lee con tanta atención? Le resumí el trabajo del premio Nobel egipcio Nagub, una trilogía, muy bien escrita, lenta en el trascurrir y que imbuye paz estos días de cercanía con la muerte. Desde entonces somos amigos de almuerzo.
Sahagún se asomó a la calle Mayor a ver la procesión, buscó sombra de verano en las tapias del Corral de la Cerera, y hoy vive tras el San Benito vallisoletano, en solares del convento. En la casa que se vierte sobre su jardín comunitario, silencioso y recoleto y donde mi amigo echa de menos un corral de gallinas con pequeño huerto.
Palencia y Valladolid, manteros y pucelanos, artistas del burle, se hermanan.