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Personajes con historia - Andrés de Urdaneta

El fraile que descubrió el Tornaviaje de Asia a América


Antonio Pérez Henares - 06/09/2021

La expedición de Magallanes no tenía ni por lo más remoto la intención de circunnavegar el mundo. De hecho, y aunque al gran navegante se le hubiera ocurrido, lo tenía severamente prohibido por el Rey Carlos. Debía respetar los acuerdos con Portugal y no meterse por la zona que había quedado establecida como de su dominio. Lo que la Corona española quería es llegar al Moluco, o sea a las especias, que valían más que el oro, navegando hacía el oeste, y que había sido la intención de Colón. Lo que le sucedió es que en medio había un continente y más allá un océano, América y el Pacífico. Como ya sabían a ciencia cierta las dos cosas, hasta el propio Almirante se lo barruntó aunque se resistía a aceptarlo y Vasco Nuñez de Balboa se mojó en sus olas las botas y supongo que se bañaría en sus aguas, de lo que se trataba era de hallar un paso por mar para llegar a la canela, la nuez moscada, el clavo y la pimienta, que valían una pasta gansa con la que los portugueses llevaban ya lustros forrándose.

Magallanes lo encontró, tras haberlo buscado infructuosamente Colón por Panamá, por donde ahora, ¡qué cosas! transcurre el Canal, algo que aunque parezca increíble ya se les ocurrió a los ingenieros de Carlos, mucho más al sur en el extremo casi de la Patagonia, y logró cruzar al otro lado. También consiguió llegar hasta las islas de las especias, que resultaron estar bastante más lejos que donde pensaba y que casi les hizo perecer a todos, pero no pudo volver al Moluco, porque se enzarzó en un combate con los indígenas y lo mataron. 

Los portugueses, además, andaban ya a la caza de todos los demás españoles que se habían metido en su terreno. Quien emprendió el camino convenido a abrir la ruta hispana a las especias fue el burgalés Gómez de Espinosa, que intentó regresar por donde habían venido a las Américas y desde allí a casa. Juan Sebastián Elcano tuvo otra idea, seguir adelante y, por ello, la hazaña mayor es por entero suya, darle navegando la vuelta al mundo. Lo que logró, a pesar de que casi acaba preso de los portugueses que capturaron a más de la mitad de su tripulación en Cabo Verde.

Diario de la expedición del guipuzcoano.Diario de la expedición del guipuzcoano.También Gómez de Espinosa acabó preso de ellos. Zarpó hacia América, pero los vientos y las corrientes lo hacían imposible y los echaban atrás una vez tras otra. Hubieron de renunciar, retornaron y los lusos les echaron el guante. Con el clavo y la pimienta, pocas bromas. Tardarían, al igual que los de Elcano, que habían bajado a comprar provisiones en Cabo Verde, muchos años en retornar a España.

La cuestión, pues, siguió donde estaba. Se podía llegar a las especias por la ruta española, pero no se podía volver con ellas por ella. Y así fue hasta que un monje, Andrés de Urdaneta, un guipuzcoano, encontró la solución. O sea la corriente y los vientos favorables.

Fray Andrés de Urdaneta y Ceraín era un religioso español de la orden de los Agustinos, pero amén de clérigo había sido un reputado militar, cosmógrafo y marino. Se sitúa su nacimiento en un caserío familiar, el de Oyanguren, (1508) en el término de Villafranca de Ordicia. Era hijo de gentes de posibles. Su padre, Juan Ochoa de Urdaneta, había sido el alcalde de la localidad y su madre era de una acaudalada familia dedicada a las ferrerías y emparentada con los Legazpi. Fue por ello por lo que, tras sus estudios, participará en las grandes exploraciones de su vástago más renombrado, Miguel López de Legazpi, conquistador de las Filipinas y fundador de Manila. 

Estatua que conmemora la figura del clérigo, situada en su localidad natal: Ordicia. Estatua que conmemora la figura del clérigo, situada en su localidad natal: Ordicia. Pero antes de ello, jovencísimo se embarcó en una de las más inauditas y poco conocidas expediciones acometidas por los españoles. La de García Jofre de Loaísa, enviada por el emperador Carlos, con siete naos y 450 hombres a conquistar las Molucas. Para ello llevaba como segundo nada menos que a Juan Sebastián Elcano y a varios de los supervivientes de la vuelta al mundo, así como al primero en avistar tierra americana en el primer viaje de Colón, Rodrigo de Triana. Casi ninguno de ellos volvería a España.

La pericia de Elcano, a pesar de que llegado a las costas de la Patagonia equivocó de principio la entrada del Estrecho -cometiendo el error de intentar penetrar por río Gallegos que corrigió de inmediato, bajando ya hasta el cabo de la Once Mil Vírgenes-, salvó una vez tras otra naos y tripulantes de las más terribles tempestades que de continuo les azotaron. Su espera prudente le permitió reagruparse con la Loaisa y su nao que se habían separado, luego salvó a otras y a no pocos de sus tripulantes, tanto fuera como dentro ya del terrible laberinto del Magallanes, y consiguió reparar utilizando la baja mar a las que ya parecían inservibles. Urdaneta se convirtió en su hombre de confianza por su serenidad y valor, participando en el rescate de compañeros naufragados a pesar de tener solo 20 años y fue quien dejó ya fiel memoria de las increíbles peripecias que les acaecieron. 

A la entrada del Magallanes llegaron siete naos: Santa María de la Victoria, de 360 toneladas, al mando del propio Loaísa; Sancti Spiritus, de 240, al mando de Juan Sebastián de Elcano, como piloto mayor de la expedición y segundo jefe; Anunciada, de 204, al mando de Pedro de Vera; San Gabriel, de 156, al mando de Rodrigo de Acuña; Santa María del Parral, de 96, al mando de Jorge Manrique de Nájera; y la San Lesmes, del mismo tonelaje y al mando de Francisco de Hoces, quien al ser arrastrado por el mar hacia el sur antes de comenzar el paso dio con el Cabo de Hornos, 50 años antes de que lo hiciera el pirata Drake y lo cruzara, por lo que el paso es conocido en Sudamerica no por el nombre de pasaje de Drake de los anglosajones sino por el mar de Hoces del capitán español. Completaba la escuadra el patache Santiago, de 60 toneladas, al mando de Santiago de Guevara. 

De ellas solo cuatro lograron atravesarlo. La Sancti Spiritus pereció antes incluso de adentrarse, estrellada contra las rocas y debiendo hacer heroicidades tanto Elcano como Urdaneta para salvar a sus hombres, aunque no pocos perecieron. Ya había sucumbido cuando llegaron las tres, la capitana, el patache y la San Gabriel, que habían perdido contacto en alta mar por otra tormenta y a quienes las señales dejadas por Elcano en un cabo estratégico permitió recuperar contacto. 

Seis pues se prepararon a atravesarlo, pero dos se volvieron atrás al ver el panorama. Primero fue La Anunciada, cuyo capitán decidió regresar diciendo que el iría por el Cabo de Buena Esperanza, aunque no tardó en zozobrar, y de sus tripulantes nunca más se supo, en la propia bocana de entrada. Luego fue la San Gabriel, cuyo capitán, Acuña, ya había dado muestras de querer abandonar, por lo que dio también media vuelta y no hubo orden que le convenciera para no poner rumbo a España, a donde acabó por llegar al puerto de Bayona, dos años más tarde, aunque Acuña pereció en el intento, apresado y luego liberado por los franceses. 

 

La experiencia previa de Elcano

La expedición de conquista quedaba con ello herida de muerte, pero Loaisa y Elcano decidieron seguir adelante. Las naos restantes estaban en pésimas condiciones pero, según relata Urdaneta, Elcano empleó toda su experiencia para volverlas a hacer navegar, sobre todo a la capitana, que parecía condenada al abandono. Tras un mes de reparaciones y 48 días más por el laberíntico canal, el 26 de mayo de 1526 alcanzaron al fin las aguas del Pacífico. Pero seis días después fueron presa de un huracán que deshizo la escuadra. La naos perdieron totalmente el contacto y la capitana se encontró sola. El destino de las otras tres tardaría muchos años en saberse. 

La San Lesmes fue vista por última vez por el patache. Más de dos siglos después, en el año de 1772, la fragata Magdalena encontró restos de presencia española, una gran cruz, cerca de Tahití, que estaban en la derrota que señaló el patache que llevaba. Y ya en el siglo XX (1929), cerca de Tahití, aparecieron cañones de su siglo, el XVI, en una isla cercana. 

La Santa María del Parral logró cruzar el Pacífico y alcanzar las Célebes. Un motín acabó con el capitán, su hermano y el tesorero. Desembarcaron en Cebu y fueron atacados por los indígenas, que mataron a algunos y apresaron al resto. Dos años más tarde, otra expedición española, la de Avaro de Saavedra, llegó hasta allí y los liberó, pero enterados de lo sucedido y al llegar a Tidore, donde había llegado la nao capitana los dos cabecillas de la rebelión, fueron juzgados y ejecutados.

El patache Santiago, al mando de Santiago de Guevara, fue el que tuvo mayor fortuna, pues puso rumbo norte y tras hacer un prodigioso periplo de 10.000 kilómetros logró llegar a la costa de la Nueva España, a la bahía de Tehuantepec, donde ya se fue a pique. Parte de su tripulación se embarcó con Saavedra y acabó por reunirse de nuevo con sus compañeros.

La Santa María de la Victoria había alcanzado su destino, pero había perdido a todos sus capitanes a causa de las penurias y el escorbuto. El primero, el piloto, luego Loaísa y a los seis días Elcano, siendo Urdaneta uno los testigos firmantes en su testamento. Después pereció también el nuevo capitán general y así uno tras otro hasta más de 30. A la postre, dos de los compañeros de la primera vuelta al mundo de Elcano, Bustamante y Zarquizano, se disputaron el mando, quedando para Zarquizano tras alguna trampa y mas o menos avenidos comandaron a las huestes.

Antes se habían llevado la sorpresa al llegar a la isla de Guam de encontrarse entre los indígenas a un blanco que los saludó en perfecto español, pues era González de Vigo, uno de los tres desertores de uno de los buques de la escuadra de Magallanes, que se había separado de Elcano en las Molucas intentando retornar a América, el comandado por Gonzalo Gómez de Espinosa. «Hallamos a un gallego que se llama Gonzalo de Vigo, que quedó en estas islas con otros dos compañeros de la nao de Espinosa, e los otros dos muriendo, quedó él vivo, el cual vino luego a la nao e nos aprovechó mucho porque sabía la lengua de las islas». Se le concedió el Seguro Real, o sea el perdón por la deserción, y se unió a la tripulación que llego hasta Mindanao.

Con los buenos oficios de Gonzalo de Vigo las relaciones con los nativos mejoraron al principio y se pudieron abastecer sin problemas, pero no tardaron en empeorar y aunque escaparon de alguna traición indígena similar a la que costó la vida a Magallanes y salieron luego vivos de milagro de otra, sobre todo el gallego que había quedado como rehén, decidieron zarpar y llegaron al archipiélago de las Celebes, o sea ya en pleno Moluco, en la isla de Gigolo, y desembarcaron en Tiaore el día de año nuevo de 1527. Era territorio luso y los portugueses entendiéndolo como intromisión y violación del tratado de Tordesillas, les atacaron. A pesar de sus menores fuerzas, los españoles les rechazaron con el apoyo de los indígenas, que otra vez de nuevo por Gonzalo de Vigo les eran favorables. Pero la Santa María de la Victoria, alcanzada por cañonazos enemigos y desvencijada del todo por el mar, hubo de ser abandona y se decidió trasladar todo su armamento y enseres a tierra a un puesto fortificado. 

Los portugueses iniciaron conversaciones supuestamente de paz, pero lo que hicieron fue envenenar a Zarquiniano en una comida. El nuevo capitán, Hernando de la Torre, y los 120 españoles que quedaban construyeron una fortaleza y la defendieron con dos docenas de cañones. Con ello y la llegada del Saavedra, al que había enviado Hernán Cortes desde Nueva España en busca de Loaísa, recuperaron ánimos y cargaron su nao Florida de especias, con 70 quintales de clavo, para que regresara. Saavedra lo intentó en tres ocasiones, perdiendo la vida en la última, pero no pudo conseguirlo. El Tornaviaje se antojaba un imposible.

 

Difícil regreso a España

La presión lusa, ademas, se hizo cada vez más fuerte y finalmente, tras muchos meses intentándolo, lograron tomar el fuerte. Hernando de la Torre siguió combatiendo fuera hasta que finalmente el capitán portugués de los Molucas, Jorge de Meneses, pactó con él que los españoles se quedarían en la isla de Maquien, sin intentar comprar especias y allí estuvieron hasta que fueron trasladados a Goa. 

Allí se encontraron con los supervivientes del barco de Saavedra y se enteraron de que el Emperador había firmado un tratado con el Rey de Portugal, le había vendido los derechos sobre las Molucas y ya no le disputaba su dominio. Los supervivientes, tan solo 24, no pudieron regresar a Lisboa hasta 1536, en un barco bajo el mando ya de Andrés de Urdaneta. El Rey portugués se incautó de toda la documentación recogida y solo entonces pudieron volver a España. 

Urdaneta había partido con 20 años y volvía con 31. Regresaba también con una hija, habida en las Molucas, que entregó en adopción a unos de sus hermanos. Fue recibido por el Cesar Carlos a quien entregó una memoria, la suya era prodigiosa, que además pudo refrescar con un diario que había conservado de todo el viaje, y sin demora partió de nuevo hacia las Indias, en este caso hacia la Nueva España. Allí intimó con el otrora capitán de Cortes, Pedro de Alvarado, quien lo introdujo en las cercanías del virrey en cuyo círculo de confianza continuó estando tras la muerte de Alvarado combatiendo en el norte una rebelión indígena. En la Nueva España ostentó cargos notables pero, de manera sorprendente en el año 1553, a los 45 años, ingresó en la orden de San Agustín y profesó como fraile en un convento de la capital mexicana.

Ello no le impediría intentar de nuevo conseguir su meta, que ya se había marcado, de realizar el ansiado viaje de vuelta desde el otro lado del Pacífico hasta el continente americano. La expedición a la que fue convocado por su pariente Miguel López de Legazpi por sus conocimientos y experiencia y cuyos barcos fueron para ello expresamente construidos en Acapulco, estaba compuesta por la Capitana, donde iban Legazpi y Urdaneta, los galeones San Pablo y San Pedro, y las gabarras San Juan y San Lucas. 

Fue Urdaneta quien seleccionó a la tripulación para que en lo posible pudieran prevenirse los motines sufridos en la anterior. Incluyó un tercio de guipuzcoanos a los que ya conocía previamente y puso particular empeño en embarcar alimentos frescos para evitar el temible escorbuto, incluyendo cocos, ananás y habichuelas. La expedición zarpó, al mando de Legazpi y con él al lado, del puerto de la Navidad en el actual Jalisco, el 21 de noviembre de 1564. La ida a Filipinas fue plácida, por la ruta conocida ya y sin contratiempos. Lo peor, sabía bien el fraile, era el regreso. 

Llegados allí, Garay se quedó en Filipinas, fundaría Manila, y los agustinos iniciarían su evangelización. Hoy es el único gran país católico de Asia y Urdaneta se preparó para la vuelta, pero antes permaneció cuatro meses reparando las naos y esperando el mejor tiempo para intentar lograr su objetivo, el Tornaviaje, pues aquello era vital para España, ya que permitiría el comercio desde la Nueva España con el Este de Asia sin tener que navegar por aguas portuguesas. Iniciaron el regreso el 1 de junio de 1565 y Urdaneta, conocedor de las dificultades con las que siempre se habían topado todas las naos que lo habían intentado, puso rumbo noroeste aprovechando los vientos del monzón y buscando en esa deriva encontrar una corriente que les fuera favorable y les permitiera llegar hasta la costa americana.

La halló en el paralelo 40, la ahora conocida corriente Kuro Siwo, que les llevó por todo el pacífico hasta California, al cabo Mendocino, bautizado así por el fraile en honor al virrey, Antonio de Mendoza, de la poderosa familia alcarreña e hijo del conde de Tendilla y primer alcaide de la Granada cristiana. Consiguió, desde allí y costeando, llegar a Acapulco el 8 de octubre, tras haber recorrido 14.157 km, 7.644 millas náuticas a una media de casi 60 millas al día, mas de 100 kilómetros. La meta había sido conseguida y la ruta quedaba abierta.

Lo que, sin embargo, descubrió Urdaneta al llegar es que no había sido el primero. Resultaba que un capitán de su propia expedición, Alonso de Arellano, que se había separado de la flota, se había adelantado y había llegado antes, en agosto. Urdaneta se presentó en la Real Audiencia y tras Arellano, que había emprendido viaje a España, lo hizo él también hasta la Corte donde fue recibido por el Rey, ya Felipe II, quien no le escatimo méritos al haber sido suyo el proyecto y el mando de la expedición de vuelta. 

La ruta , que hoy todavía se practica, fue empleada por los españoles durante 250 años, y daría lugar a un muy floreciente comercio ejemplificado en el famoso Galeón de Manila. Urdaneta regresó a su convento, donde falleció en el año 1568 a los 60 años. Su hazaña fue cayendo en el olvido, quedando como uno de los descubridores más desconocidos. Su convento sufrió un incendio y reconstruido se convirtió en la Biblioteca Nacional de México. Sus restos deben reposar en lo que fuera su claustro.