Ajo, guindilla... y limón

Javier San Segundo


Natalicio

12/09/2020

Este año, mi trigésimo novena columna coincide con el día de mi cumpleaños, y nada tiene que ver con los cuarenta anteriores de mi existencia. Las celebraciones de antaño, hogaño no tendrán lugar. Los abrazos y besos de otros tiempos se han sustituido por saludos a distancia y codazos que suenan a miedo y a alerta constante; y la pertinente y esperada reunión de secuaces no verá la luz y quedará a la espera en el cajón de las tantas cosas por hacer. En el ágape familiar faltará alguien que se está dejando la piel en un instituto para sacar adelante la formación de sus alumnos a golpe de medios insuficientes y de un sálvese quien pueda que apesta a falta de previsión por parte de la autoridad competente y que se ha resuelto en el descuento del verano, me atrevo a decir en los penaltis, porque hay quien no puede obviar sus vacaciones, aún en el epicentro de una pandemia con la incertidumbre de un incipiente segundo arreón vírico.
No podremos echarnos unos bailables hasta que el cuerpo aguante ni ir recogiendo gregarios en los albores del día que se sumen al festín.
Quizás sea el momento de que las medidas que sean menester vengan de la mano de algún leído y estudiado en la materia y no dé la impresión de que ha sido un mono con los ojos vendados tirando un dardo a la doble diana del equilibrio entre salud y economía. 
Porque este a salto de mata lo están sufriendo los negocios y, en este caso y como siempre, en esta epístola quincenal, me refiero a la hostelería.
Es momento de echar un cable y de incentivar cuando los datos de contagios provienen de reuniones clandestinas, que nada tienen que ver con el trabajo, profesional y responsable, que, en su gran mayoría, están desarrollando los hosteleros. 
Personas que sienten una demonización sin sentido dentro de un sinsentido de normas incoherentes que atacan a degüello su línea de flotación. Personas de las que dependen personas. Negocios de los que dependen negocios. Industrias de las que depende el pan de un hogar.
Valga como ejemplo una cuestión. ¿Qué ocurre a las doce de la noche para que se prohiba servir una consumición en una terraza? Y como esta… tantas otras que no hacen sino joder bien jodido a un tejido muy herido en el riñón de su economía y en el corazón de sus fuerzas.
Salvemos la Hostelería.
¡¡¡Ánimo, compañeros !!!