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Jesús Quijano

UN MINUTO MIO

Jesús Quijano

Catedrático de Derecho Mercantil de la Universidad de Valladolid


Incendios

27/06/2022

El pavoroso incendio que en días pasados arrasó esa parte tan singular de la provincia de Zamora que es la Sierra de la Culebra, además de requerir una rigurosa exigencia de responsabilidades allá donde las haya, debe inducir también a una reflexión profunda sobre la estrategia de prevención que se está aplicando, con el objetivo fundamental de adecuarla a las características de un tiempo distinto como es el que vivimos.

Me refiero a la siguiente circunstancia que me llamó poderosamente la atención. De entre las explicaciones que se han dado sobre la operatividad de los servicios de extinción en el momento en que se declaró el fuego, una de ellas iba dirigida a justificar que, por las fechas en que ocurrió, aún no estaba activada en plenitud la estructura para combatir el fuego. ¿Hay que entender entonces que tal estructura alcanza su plenitud cuando comienza oficialmente la campaña de vigilancia y extinción en la época veraniega, al parecer el 1 de julio? De manera que se puso en marcha el operativo existente al completo, pero tal operativo resultó perfectamente inadecuado e insuficiente para el volumen de la tragedia desatada. ¿Ha sido así? Al menos, es lo que deduzco de los alegatos y las declaraciones que se han sucedido estos días.

Pues si ha sido así, hay que darle una vuelta en serio y cuanto antes. La experiencia que vamos teniendo cada vez con más frecuencia, a medida que el cambio climático va ganando espacio lamentablemente, es que los ciclos estacionales son más bien relativos. Los episodios de olas de calor extremas a destiempo, como ésta que padecimos últimamente, se han hecho frecuentes. Sobrevienen de manera un tanto imprevista y su duración es variable. Y parece obvio que tal circunstancia genera un contexto perfectamente favorable al inicio y la expansión del fuego, si además coincide con épocas de sequía prolongada y va acompañada de la presencia de vientos cálidos, restos vegetales secos, etc., especialmente en zonas despobladas en que la reacción inmediata tiene más dificultad.

La reflexión es evidente: se hace obligada una flexibilidad suficiente que desvincule las campañas contra el incendio forestal de épocas fijas preestablecidas y las vincule a las necesidades reales de esta climatología cambiante. Lo pide la realidad.