César Merino


La pendiente

04/01/2021

En su Teoría de los Sentimientos Morales, escrita en 1759, Adam Smith afirmó que la simpatía es un principio natural que Dios ha puesto en el hombre como criterio para obrar el bien y lograr la felicidad. En el origen de nuestra sensibilidad hacia el sufrimiento de los demás, está nuestra capacidad para compartir sus sentimientos y emociones, para ponernos en su lugar, aunque no lo logremos completamente. De ahí que sentir compasión sea lo mismo que sentir la máxima simpatía.
Cualquiera de nosotros puede considerar en su propia experiencia este principio: cuando vemos alegrarse a otra persona, nos parece normal alegrarnos nosotros, igual nos ocurre cuando es tristeza lo que muestra. Esta armonía, esta comunidad afectiva resulta indispensable para la convivencia.
Cuando alguien tiene un problema o está pasando una mala racha, lo que nos está pidiendo -sin decirlo habitualmente- es que seamos también simpáticos con su situación y le ayudemos a superarla, porque a nadie le agrada encontrarse mal. Si en lugar de hacer esto, mostramos indiferencia hacia su necesidad, lo único que conseguiremos será aumentar su desdicha. 
Decenas de miles de personas y sus familiares, dejan de recibir cada año en España los cuidados paliativos que necesitan para aliviar el sufrimiento físico y espiritual, que les provocan las enfermedades crónicas o terminales que padecen. Todas estas personas desean vivir y confían en recibir esa ayuda. 
El Derecho y la Medicina fueron concebidos, principalmente, para hacer justicia a los más débiles y para curar cuando fuera posible, pero nunca para provocar la muerte. Apelar a un concepto indefinible como la calidad de vida, y no digamos ya a razones humanitarias, para terminar con la vida de una persona, es sencillamente terrible.
Lo que es verdaderamente humano es no alterar el curso natural de la vida de una persona, sin alargarla artificialmente pero sin negarle auxilio, reducir hasta donde sea necesario su dolor y ofrecer cercanía y cariño a su familia. Debemos resistirnos a aceptar ese «no quiero verle sufrir», que a veces encubre un «no quiero sufrir viéndole», porque todos podemos, aunque resulte duro, ofrecer un pequeño consuelo, una pequeña esperanza, nuestra sola presencia, nuestra simpatía. 



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