Antonio Álamo


De vuelta

14/01/2021

En 1977 comencé a publicar textos en este periódico y ahora -cuarenta y cuatro años después- vuelvo a hacerlo. Bastaba entonces con una máquina de escribir y un par de cuartillas. Una vez escritas, se llevaban al taller para que el linotipista convirtiera su contenido en líneas de plomo que luego, ajustadas y entintadas sobre un papel, era necesario releer para evitar gazapos. Aquel método era capaz de amplificar los efectos de la información porque, gracias a la tinta fresca, también podía leerse en la manga de la camisa o en el brazo al menor descuido. Ahora basta con un ordenador y una conexión a Internet para que el texto, redactado sobre una pantalla, llegue a su destino y termine en una página de papel.
Ambas rutinas enmarcan de alguna manera una época del periodismo escrito caracterizada por la transición entre dos modelos muy diferentes si solo se tienen en cuenta las herramientas. En aquella época comenzó el declive de las máquinas de escribir y su lugar fue ocupado por teclados electrónicos. Y comenzaron también a desaparecer los teletipos a quienes paulatinamente reemplazaron otros artilugios –los móviles, por ejemplo- que cumplen idéntica misión aunque su eficacia puede ser discutible salvo cuando lo que emiten procede de fuentes de información rigurosas.
El Diario, que recurría a ellos para la información nacional e internacional, tenía en 1977 cuatro alojados en un cuarto contiguo a la redacción. Tres eran silenciosos y de color gris, mientras que el otro, negro y muy antiguo, era ruidoso y daba bastante más guerra que sus compañeros aunque menos que la mayoría de los líderes políticos cada vez que se animan a hablar en los medios de comunicación. Por lo demás, la prensa escrita sigue cocinando con los tres ingredientes -información, opinión e interpretación- habituales.
En la sociedad, por el contrario, los cambios son más notables y visibles… La Guerra Fría ha sido sustituida por el multilateralismo, los principios fundamentales del Movimiento por la Constitución de 1978, la peseta por el euro, las cajas de ahorro por un rescate cuya factura es mejor no citar, la inauguración de pantanos por la de autovías y así sucesivamente. Lo que no cambia es la vulnerabilidad humana ante los patógenos.