Javier Villán


Macintos, una corte ilustrada

30/12/2020

Mis recuerdos de Macintos nada tienen que ver con las navidades. Macintos era el verano, luego prácticamente desaparecía de mi existencia. Macintos era la finca, el caserío a medio camino entre Torre de los Molinos y Villoldo. Propiedad, a partes iguales, de los Arroyos de Palencia, familia ilustre e ilustrada y de los Gete que no recuerdo qué títulos tenían, Eugenio y Fernando Gete me parece recordar. En verano, los Gete y los Arroyos vivían en la gran casa donde pasaba algunas semanas Francisco Vighi, el noveno poeta español según Valle Inclán, y eventualmente algunos escritores de vanguardia, amigos de Vighi, de los que aparecen en el cuadro de Solana, la Tertulia del POMBO, la sagrada cripta de la calle Carretas de Madrid. Valle quería mucho a Vighi y lo llamaba sobrino. Nunca se preocupó de sistematizar sus versos y era ingeniero, «los poetas me llaman ingeniero y los ingenieros poeta». Poeta humorístico e irónico. Que apareciera un volumen titulado Versos Viejos, fue más bien cosa de su mujer, Julia Arroyo, la gran matriarca de Macintos que el día de la Virgen del Carmen, 16 de julio, patrona de la finca, daba una gran fiesta y una comida para quien quisiera apuntarse. Llegaban, a este reclamo, muchos pobres de la comarca. La gente de Torre llevábamos nuestra propia merienda y la comíamos, intercambiando viandas, en una gran pradera. En Macintos  veraneaba también una escritora, Ana María Calera, que recopilaba como después supe, recetas, de cocina. Ana María Calera, para mis ojos pecadores de niño fantasioso, era unas piernas larguísimas, desnudas y morenas en pantalón muy corto. Soñaba con ellas y luego iba a confesarme de malos pensamientos con el cura. Este me preguntaba si esos malos pensamientos eran consentidos, o sea con voluntariedad de persistencia, o no. Y me imponía una penitencia terrible: no leer durante un mes periódicos o revistas que publicasen fotografías de mujer. También confesaba Vighi, en un breve poemilla, haber metido un limón en una jaula y esperar a que cantase como un canario. 
 Mi padre, además de herrero, maestro de la fragua, era tabernero y peatón cartero. A Macintos llegaban El Diario Palentino-El Dia de Palencia, ABC y Diario de Barcelona. Yo me los leía todos a la sombra de un árbol, antes de entregarlos a aquella corte fascinante de escritores ociosos y jaraneros. Ser escritor empezó a parecerme lo más importante del mundo. Francisco Vighi ha pasado a la historia de la literatura como poeta festivo. Pero tiene  unos sonetos formidables de corte existencialista. Amigo de la gente sencilla, Vighi dedicó un  poemilla al Chato de la Estación, un personaje de las madrugadas ferroviarias y frías de Palencia.  En Macintos había cuatro colonos que vivían de las tierras pagando, supongo, un canon arrendatario mínimo en especie. Me acuerdo, sobre todo, del señor Enrique y el señor Francisco y sus respectivas familias, de cuyos hijos de mi edad llegué a ser buen amigo.



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