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Antonio Álamo

Antonio Álamo


Soponcio

21/04/2022

Según la Real Academia Española (RAE) un soponcio es en su primera acepción un desmayo o una congoja. Hay quien prefiere usar telele o patatús pero lo que es cierto es que, pese a que estos cinco vocablos sirven maravillosamente para definir una situación puntual del estado de ánimo de una persona, apenas se encuentran en el lenguaje de la prensa escrita. Cuesta encontrar una razón para tales ausencias aunque es posible que a nosotros los periodistas nos pase con estas palabras lo mismo que a los demonios les sucedía con el agua bendita, tal como explicaba Santa Teresa de Jesús… que huían. En nuestro caso, sin embargo, quizá haya una explicación más terrenal, según la cual se trata de vocablos impropios de una persona culta y adecuados en el lenguaje coloquial.
Pues qué pena… soponcio, desmayo, congoja, telele y patatús sirven para condensar en una palabra el estado de ánimo de quienes no estaban de acuerdo con el pacto de gobierno registrado en Castilla y León, tal como se ha visto esta semana. También servirían para plasmar las sensaciones de quienes se hallaron en idéntica circunstancia cuando se produjo el que dio lugar al actual gobierno de la nación. Salvo que alguien encuentre que atentan contra la Constitución, se debería mirar ambos pactos con cierta distancia porque son simples acuerdos entre fuerzas políticas.
Y por cierto, soponcio, desmayo, congoja, telele y patatús sirven para resumir en un pispás el estado de ánimo de los ciudadanos cuando algunos de nuestros políticos se disfrazan o posan como las starlettes de antes. Acabamos a ver a Macron, sentado en un sofá y con la camisa abierta… vuelve el hombre. Es una conocida operación de imagen propia de avezados especialistas aunque no alcanza el nivel de las de Putin, a lo Madelman, o de las que figuran en el delicioso catálogo hispano. Disponemos de pastorcitas, labriegos, moteras con chupa de cuero, un Cid Campeador, un noble feudal (con Rolex en la muñeca), un payaso, un modelo masculino (posando para Esquire), una bailarina de chotis sobre la mesa de su despacho oficial y un largo elenco de figurantes a quienes sus asesores de comunicación no les han explicado la tenue distancia que hay entre la naturalidad y hacer el canelo.