Editorial

El PSOE acelera los cambios internos sin apenas autocrítica

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El Partido Socialista no esperaba, ni mucho menos, la debacle del 4-M. Es tan así que el propio presidente Sánchez no ha emitido ningún análisis público más allá de un breve mensaje en las redes sociales felicitando a Isabel Díaz Ayuso y otro referente al gran derrotado de la noche, Ángel Gabilondo. La abultada victoria de la popular rozando la mayoría absoluta y asumiendo parte de votos de la izquierda, ya ha tenido su más inmediata consecuencia: el adelanto de las elecciones primarias en la Federación Andaluza. Ferraz no está para más sorpresas como le ocurrió con el anticipo electoral en la Comunidad de Madrid, donde mantuvieron a Gabilondo pese a no ser el preferido por Moncloa.

Ferraz, como suele ocurrir con las borracheras de éxitos electorales, ha subestimado la capacidad del principal partido de la oposición para emerger en uno de los momentos más delicados de su reciente trayectoria. El movimiento torpe de las mociones de censura en plena pandemia y con Ciudadanos como aliado no ha hecho nada más que reagrupar el centroderecha en una líder a quien han atacado sistemáticamente mientras que la ciudadanía le aplaudía en cada movimiento y decisión que acometía.

Al PSOE le debe preocupar esa parte de su electorado que ha preferido bien a Ayuso o a Más Madrid y no ha sido capaz de rescatar apoyos de la ya desaparecida formación naranja en las Cortes madrileñas. Por más que insistan en desvincular estos resultados con el resto de España y de proteger a Pedro Sánchez de la debacle madrileña, existen voces internas que piden que haya algún tipo de movimiento para, al menos, revitalizar el mazazo de las urnas y dar por recibido el mensaje que han trasladado los ciudadanos. La dimisión de José Manuel Franco, secretario general del PSOE de Madrid, y la renuncia de Gabilondo a recoger su acta de diputado no debería ser suficiente.

Por más que estuviera ya previsto relanzar las primarias andaluzas, hacerlo dos días después de la cita madrileña es señal inequívoca de que se quiere distraer la atención. También de insuflar a los suyos la tensión necesaria para no magnificar la victoria de los populares, pues con Podemos fuera de foco y los partidos nacionalistas acechando a la vuelta de la esquina, la legislatura podría acabar mucho antes de lo previsto.

Sánchez fía su credibilidad y estabilidad al ritmo de la vacunación y a la lenta recuperación en una sociedad golpeada anímica y económicamente por un año de pandemia por el virus y de improvisaciones que han hecho aún más compleja y dura la gestión.



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