Para bien y para mal

Jesús Mateo Pinilla


Aladina

28/07/2020

El espionaje es tan viejo como la historia. Cuando Josué atacó Jericó derribando sus murallas con el sonido de las trompetas de su ejército, mandó previamente dos espías a la ciudad, que se alojaron en casa de Rajab, la ramera. Después habría boda entre Rajab y Josué.
Ahora años después, Pablo Iglesias, el vicepresidente, el que ha aterrizado en el Cesid, el amigo del spanking punitivo extremo que hablaba de azotar hasta sangrar a la presentadora Mariló Montero, nos explica el caso Dina Bousselham, la marroquí alumna suya.  La explicación que nos ofrece es inverosímil, increíble. Según él, se apropia de la tarjeta de memoria del teléfono móvil de Dina para ver su contenido, posteriormente, meses después, la destruye para evitar que otros pudieran ver la desnudez íntima de la marroquí en fotos     comprometidas.
¿Eran celos de amante los de Iglesias o pretendía espiar a la espía marroquí?
El currículo de Dina es un vademécum de bandazos ideológicos. Colabora en París en un partido de centroderecha, el PAM, Partido de la Autenticidad para la Modernización Marroquí… hasta que Iglesias le otorga matrícula de honor en su asignatura.
Ya ha aparecido que el conmilitón Ramón Espinar fue encargado de saber los intereses de la discípula.
Dilma la marroquí parece tener conexión con la Familia Real musulmana y si fuera espía destinada a seguir los pasos de Podemos todo se entendería. Se comprendería la desconfianza de Iglesias, el interés de Marruecos por conocer el futuro de un partido emergente en España y la oferta de Marruecos a Estados Unidos para crear bases americanas en su suelo, pudiendo clausurar las de España con un grito de Podemos que a nadie extrañaría: ¡No a la militarización de Estados Unidos en España! ¡Bases fuera!   
La estrategia mundial cambiaría en horas por un vicepresidente espiado, que opina: ¡Bendita sea la aceitera que da para casa y para fuera!    
Lo que rodea al asunto: las relaciones del fiscal y la abogada… son florituras para marear la perdiz, como ha demostrado el juez casi palentino, García Castellón. Aún así nos falta por explicar la actuación del expolicía Villarejo en el asunto, quien no da puntada sin hilo. 



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