Para bien y para mal

Jesús Mateo Pinilla


Ética utilitarista

01/09/2020

No está de moda, se extiende más su puesta en práctica, hasta haber conseguido su desarrollo en el tejido social mundial. Nosotros utilizábamos el depravado dicho: «tanto tienes, cuanto vales». Einstein se encontraba incapaz de clasificar al hombre cuando decía: «el valor de un hombre para su comunidad se fija según oriente su sensibilidad, pensamiento y acción hacia el reclamo de los otros hombres». La muerte de los ancianos sedados es una forma de eutanasia pasiva, que quisimos combatir, y se disfrazó hábilmente con la muerte dulce para evitar el dolor. Se viste esta epidemia, que no cabe la menor duda ha sido provocada, de injustificada guerra, donde se aplican protocolos de muerte. Los médicos pasan a ser verdugos, aunque sanidad no lo comparta. Se nos ha hecho ver la acumulación de personas en UCI y hospitales, como el estado de alarma propio de un conflicto; cuando solo hay guerra de propaganda, de noticias arregladas o de fake news. Turquía se queda con los respiradores y los damos por perdidos, como en batalla. Se esconden los cadáveres de residencias de ancianos como si fueran bajas bélicas. Imponen un sistema contable que a mitad del proceso se cambia con objeto de silenciar, como dijo Monago. Las comparecencias, sus partes de guerra, se amañan. El lenguaje es goebbeliano. La falta de test cubre a los muertos fuera de la UCI: «si no se está seguro no atribuirlos a la pandemia» y así se engrosa la lista de estrategias. Una vez creado artificialmente el estado de guerra, el relato; por triaje se deja morir sedados a ancianos, cuando no hay medios rápidos de cura, prefiriéndose la salvación de los jóvenes. Así se consiguen dos objetivos: seguir con la mano de obra joven y arreglar la quiebra de jubilación y pensiones.Como colmo de desfachatez, unos médicos franceses instaron a usar como cobayas a los africanos. Noticia terrible, para la que no se aplican protocolos éticos y se filtra a la prensa internacional.Tras el relato oficial el pueblo calla, sale al balcón a escuchar las sirenas, gritos, aplausos frente a la muerte, ya no busca siquiera el derecho a la felicidad. Esa ha sido nuestra contribución a la ética utilitaria.