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José Luis Díaz Sampedro

José Luis Díaz Sampedro


¿Diversidad?

18/10/2021

Como aplicación de la denominada «política de diversidad», el Nasdaq -la segunda Bolsa americana donde cotizan las mayores empresas tecnológicas- ha decidido exigir que entre los miembros del Consejo de Administración haya al menos una mujer y un persona procedente de minorías sexuales o étnicas.
En esta neolengua que nos está tocando padecer todo se rebautiza: el aborto se denomina «interrupción voluntaria del embarazo», la eutanasia ha pasado a ser una «muerte digna», la censura se convierte en «moderación del discurso», la exclusión del disidente se trata como «cultura de la cancelación» o la exigencia legal de cuotas viene justificada por la susodicha «política de diversidad». En fin, todo lo que ya George Orwell describía en su novela 1984 como pilar básico de un régimen totalitario y de un pensamiento único.
Pero las cuotas tienen el inconveniente de que arrojan sombras sobre los méritos de las mujeres como si fueran una especie protegida, porque ser promovida por criterios de diversidad de género no da mucho lustre al currículum y hasta podría convertirse en una rémora. Tampoco está claro que la orientación sexual sea un elemento que permita garantizar su bien hacer como administrador/a/e de empresas, cuando tan siquiera en una entrevista para la selección en el empleo resultaría inconcebible que se le preguntara a una persona sobre tal condición. En el caso de los Consejos de Administración ¿habría que dar por buena la «autocalificación» del candidato/a/e, incluso como mujer? o ¿emitirán algún tipo de certificado las asociaciones LGTBIQ+?.
Ya se ve que el concepto «minoría» va ineludiblemente unido a la sexualidad de la persona, pero no a la que la naturaleza le confiere (evidente y objetiva) sino a la que la impuesta e impostora ideología de género le reconduzca (confusa, dudosa y subjetiva). Por ello, para aspirar a esas cuotas en los Consejos de Administración bastaría con no ser hombre blanco heterosexual y declararse homosexual, amerindio o budista, aunque siga actuando y pensando como aquél. Y, sin embargo, otros colectivos auténticamente minoritarios que merecerían influir más en la sociedad (como por ejemplo los padres de familia con tres o más hijos por su aportación a la continuidad vital o las personas mayores por su experiencia) quedarían descartados. En fin, todo un homenaje al sinsentido y al despropósito sobre la auténtica capacidad y valía de las personas.