LA RAYUELA

Óscar del Hoyo

Periodista. Director de Servicios de Prensa Comunes (SPC) y Revista Osaca


Tradiciones

28/03/2021

El graznido de un buitre rompe el silencio de una noche cerrada que se les echa encima. Están muy cerca de alcanzar su objetivo, pero, cansados del largo peregrinaje, el maestro y sus discípulos deciden parar en Betania, un pequeño pueblo situado en las faldas del Monte de los Olivos. Allí, descansan, comparten cena con Lázaro, Marta y María y pernoctan antes de reemprender la marcha hacia su destino: Jerusalén.
A la mañana siguiente, centenares de judíos se concentran en las inmediaciones de la ciudad, proceden de diferentes enclaves para celebrar la tradicional Pascua. Al llegar a Betfagué, el líder, consciente de la amenaza que supone el decreto del sanedrín que le condenará a muerte si se erige en Rey, prepara su entrada y pide a Pedro y a Juan que acudan a una aldea cercana para tomar prestada una burra. «Si os preguntan, decid que el Señor la necesita, y que les será devuelta luego». De este modo, la profecía que Zacarías lanzó medio siglo antes cobra vida. Llegará humilde, montado en un pollino, como símbolo de paz y buena voluntad. 
La comitiva es cada vez mayor. Tras poner varios mantos encima del lomo del animal, el adalid, cuyo nombre es Jesús, se sube en él y se dirige a Jerusalén con el objetivo de acceder por la Puerta Dorada. A medida que se acercan, la multitud le reconoce. De manera instintiva, algunos lanzan al suelo sus ropas al mismo tiempo que cortan ramas de los árboles para crear una alfombra natural sobre la que el Mesías pueda pasar.
Las decenas se convierten pronto en centenares y muchos preguntan con insistencia a quién aclaman. Es el Profeta de Galilea del que tanto han oído hablar. El gentío lo alaba, se postra a su paso, pide bendiciones y suplica milagros, mientras los fariseos que están desperdigados entre la multitud, preocupados por el entusiasmo que genera su presencia, tienen claro que, más pronto que tarde, deberán detenerlo para juzgarlo. Sus horas en este mundo están contadas. No hay marcha atrás.
España celebra el Domingo de Ramos, preludio de una de sus semanas más grandes, condicionada por segundo año consecutivo por una pandemia que no va a permitir que las ciudades y los pueblos se engalanen para revivir sus ritos, lucir sus Pasos humanizados y recordar la muerte y resurrección de Jesús de Nazaret. Esta vez tampoco habrá multitudinarias procesiones que, antes de la llegada del coronavirus, suponían un enorme atractivo turístico fuera de nuestras fronteras, causando admiración. Exaltaciones de fe, de firmes creencias transmitidas de padres a hijos, de generación en generación.
La Semana Santa es parte de la cultura de un país que, a pesar de su carácter laico, ha profesado mayoritariamente la religión cristiana a lo largo de los siglos. Sin embargo, hay voces que critican su celebración, desprestigiando las creencias de aquellos que ven en la vida y las enseñanzas de Cristo un modelo a seguir, lapidando la fe, de la misma manera que pretendían hacer los fariseos con la adúltera en el templo. Una tendencia peligrosa que choca de manera radical con el cuidadoso tacto que esos mismos tienen con otras religiones, sabedores de que cualquier comentario inapropiado les puede acarrear la muerte.
Cada uno es libre de pensar, opinar y creer. Nadie está en posesión de la verdad absoluta ni debe imponerse a los demás, pero el respeto, ese que se ha ido perdiendo en muchos de los aspectos de la vida, es una línea que no se debería traspasar.
Existe otro tipo de acoso, mortífero, mucho más dañino y más propio del medievo que del siglo XXI. La persecución que están sufriendo los cristianos en buena parte del mundo, sobre todo en aquellos países donde el islamismo más radical se hace fuerte. Los cristianos coptos de Egipto son un ejemplo. China, Somalia, Siria, Iraq e Irán se suman a esta siniestra lista. Muertes por profesar una religión distinta, que no atenta contra nadie, y que abandonó el ojo por ojo para terminar por poner la otra mejilla. 
Jueves Santo. Uno de los mayordomos sale al centro de un concurrido corrillo conformado por bancos de madera, donde se sientan las gentes del pueblo y algún que otro forastero que quiere ver in situ la singular tradición. Cae la tarde y se celebra el cabildo, cita en la que se puja para sacar a los santos en procesión. «¿Hay quien dé limosna por sacar a San José?», pregunta uno de los mayordomos a los asistentes, portando una boina del revés en una de sus manos. «50 euros», replican desde un esquina. «50 euros, dan 50 euros. 50 euros a la una. ¿Hay quien dé más? 50 euros a las dos. ¿No hay quien dé mas? 50 euros a las tres», sentencia quien subasta, al mismo tiempo que da la vuelta a la boina.
Así, sucesivamente, se van subastando los Pasos, al mismo tiempo que se reparten pastas y vino entre los asistentes, que beben de unos antiquísimos recipientes de metal con grabados. Tradiciones ancestrales que tampoco este año se podrán celebrar físicamente por esa maldita pandemia, pero que en algunos lugares, sin embargo, gracias al ingenio y al uso de las nuevas tecnologías, continuarán vivas. La fe mueve montañas.



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