Jose Luis Ibarlucea


Lo vulgar    

08/03/2021

Decía Ortega y Gasset : «La característica del momento es que el alma vulgar, sabiéndose vulgar, tiene el denuedo de afirmar el derecho de la vulgaridad y lo impone dondequiera». Ortega se inquieta ante la posibilidad de que no se pueda aspirar a la excelencia y se pretenda imponer la homogeneidad y la nivelación social y cultural. El hombre vulgar, «el hombre-masa» pretende imponernos su vulgaridad, y esto estremece, pues este tipo de hombre no se distingue por su cualidad y calidad humana sino por la cantidad (siempre va en grupo). Está hecho de un material plástico que no ofrece mucha resistencia para ser moldeado; por eso, es material buscado por los populismos.
Se trata de un tipo de hombre que no se cuida, como mucho cuida su cuerpo yendo al gimnasio, pero no cuida su alma. Es un haragán satisfecho en sus deseos por la sociedad de consumo, pero abandonado a las circunstancias que le rodean; vapuleado por lo novedoso e incapaz de reflexionar. Es manipulado por el marketing y sojuzgado por intereses políticos, económicos y sociales. No lee habitualmente, banalizado por las redes sociales y la televisión, está acostumbrado a que el tiempo le transite sin humanizarle. Lo que le constituye son fuerzas cada vez más primitivas: violencia, ira, soberbia… Este «hombre sin atributos», como diría R. Musil, es el componente cada vez más mayoritario de nuestras sociedades occidentales. Normalmente está envuelto en esa ideología sin sujeto ni argumento que es lo políticamente correcto, y deslumbrado por los destellos de este tipo de ideologías se convierte en un instrumento para que el totalitarismo siga caminando hacia su objetivo, pero poco más tarde se encontrará purgado y desahuciado. Y me pregunto: ¿Dónde ha quedado el «cuidado de uno mismo» del que hablaba Sócrates y que le costó la vida? Sin el cuidado de uno mismo no hay democracia posible, solamente hay manipulación.
La consecuencia de este hombre vulgar, sin sentido común y sin cuidado de sí, es una sociedad epidérmica y superficial, una sociedad que reivindica la frivolidad como virtud cívica y sin moralidad. Esta sociedad no tiene ni estructura ni soporte para aguantar los temporales de populismo que se nos avecinan, y por el contrario, es el terreno cultivado para dictaduras. Algunos con capacidad de reflexión terminarán recuperando la vista, pero mientras tanto, observemos el comportamiento de este hombre vulgar para que no nos imponga lo políticamente correcto, lo vulgar.



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